La piel de la pelota

5min
Nº1974 - al de Junio de 2018
por Fernando Santullo

Una de las cosas que se vuelven claras en los mundiales de fútbol es que el asunto aquel de la variedad de los colores de piel, ese que importa y mucho a los racistas, está más asentado de lo que ellos desearían. Son hoy demasiados los países que en sus selecciones muestran señales evidentísimas de cómo se han transformado sus sociedades a través de los flujos migratorios recientes y no tanto.

Esto es algo visible también si se viaja un poco. No tiene por qué ser Nueva York o París, pienso en Buenos Aires, que no es tan lejos ni tan ajeno: en la capital argentina es posible encontrarse gente de muchas partes y, sobre todo, hijos de esas gentes que ya nacieron en Argentina. Hablando de hijos nacidos en otro país, si les sacamos lo de “recientes” a los flujos migratorios, se puede ver que casi todos los que vivimos en Montevideo o en Buenos Aires somos el resultado vivo de flujos migratorios previos. Y eso sin ponerse a hablar de los hijos de los inmigrantes más recientes que estamos teniendo la fortuna de recibir.

Lo que permite un Mundial de fútbol es ver cómo mucha gente reacciona ante esa nueva realidad y (acá me tiro un farol en plan sociólogo berreta) cómo persiste en muchos una mirada de clase que se preocupa por señalar la etnia de un jugador solo cuando ese jugador tiene aspecto de venir de un país más pobre que el país que representa en la cancha.

Me lo preguntaba en las redes, de forma más bien cruda: ¿qué es racismo? Racismo es señalar el origen de un jugador inglés cuando es negro y no señalarlo cuando es blanco. O cuando es alemán de origen turco y no cuando es de origen, qué sé yo, francés. Es cuando asociás, sin darte cuenta seguramente, ciudadanía y etnia. Es cuando además, tus cajitas mentales señalan la etnia a cuenta del origen socioeconómico de esa persona: la etnia importa solo si tu familia viene de un sitio más pobre. No hay que olvidar que el racismo es siempre clasista.

Esta mirada es, además de discriminadora, estática y ahistórica. Discriminadora porque el comentario sobre el color de piel siempre viene acompañado de una expresión denigrante, eso es algo que nunca falla. Estática porque no es capaz de asumir que esos cambios se están produciendo. Si será estática que muchas veces quienes comentan a escupidas esta clase de cosas son personas que en algún momento de su vida han migrado a otros países en busca de un futuro mejor. Pero, claro, son blancos o al menos así se perciben a sí mismos. Entonces no creen ser parte de esa nueva movilidad global, eso es cosa de personas de piel menos clara. Y ahistórica porque se trata siempre, casi sin excepción, de gente que es hija, nieta o bisnieta de algún migrante. Desconocedores de su propio pasado, no atinan a entender el presente que los rodea como un proceso que los abarca a ellos y a sus bisabuelos. Apenas logran verlo como una foto fija que se desliza ante sus ojos sin ninguna conexión inteligible con su propio pasado personal. O colectivo, como sería el caso de ciudades como Montevideo y Buenos Aires.

A la vez, en los mundiales es fácil ver que esas selecciones multiétnicas representan a países que, por lo general, suelen ser económicamente más ricos. Y es que siempre se vuelve a lo mismo: es la economía, estúpido. La gente migra buscando mejorar su vida material, sobre todo cuando su vida material es prácticamente inexistente, mera supervivencia. Por eso la señalización negativa de la etnia del jugador (“Estos negros no pueden ser franceses”, lo escuché mil veces cuando Uruguay perdió con Francia en la final del Mundial Sub-20 de 2013.) ocurre solo cuando se trata de gente que en origen viene de países más pobres. Migrante es el pobre; el rico, no importa su etnia, es inversor o emprendedor. Clasismo puro y casi siempre invisible. Y muchas veces, quizá por moda (la de recordar el origen de la familia de tal jugador, sin darse cuenta jamás del sesgo del que hablo) son los propios periodistas deportivos quienes reproducen estos tics nefastos.

Este clasismo-racismo de baja intensidad (sus promotores no se consideran ni una cosa ni la otra, obviamente) necesita siempre construir un “otro” sobre el cual ejercer. Cuando no lo construye, claro y visible, el mal olor que desprende como ideología apenas se nota: en Uruguay casi nadie se ha escandalizado nunca porque la proporción de negros pobres duplique la de blancos pobres, eso es parte del paisaje y se lo disfraza de folklore: ellos no quieren progresar, quieren tocar el tambor en la esquina. Y con eso se pretende explicar que no haya casi ciudadanos “de color extraño”, como diría Ruben Blades, en el sistema universitario. En el fondo, esta visión reproduce el paternalismo que caracterizó la esclavitud en el país: los negros eran sirvientes, no esclavos en una plantación. Esa cercanía diluye las apariencias y tranquiliza los corazones: el racista es siempre otro.

Por eso es interesante ver cómo ese clasismo-racismo brota, automático y nítido aunque nunca asumido, en los mundiales. La pelota enrojece corazones y activa xenofobias hasta entonces opacas, sin un objetivo claro. Cuando la pelota rueda y la tocan los rivales, las fobias encuentran su objetivo y se vuelven explícitas: estos no son ingleses, ¿dónde se vio un inglés negro? Ni franceses, ¿cómo van a ser franceses si sus padres nacieron en la isla de Reunión? Lo triste de estas preguntas tiradas al viento por el racista 2.0 es que la respuesta es simple y directa: se los ve en Francia y en Inglaterra, sin ir más lejos.

En una entrevista reciente con Le Monde, Fernando Savater recordaba algo que es clave en este asunto: “La ciudadanía moderna es no tener necesidad de sangre de ninguna parte para ser ciudadano de un país”. Eso es algo que le cuesta entender al etnicista, quien cree que los derechos ciudadanos se deben asociar a un color de piel, a un origen, a una genética.

En fin, que hay novedades para la barra xenófoba: el mundo ya nunca va a volver a ser lo que sus fobias y filias creen que era. Y digo “creen que era” porque las purezas imaginarias nunca fueron reales: las migraciones nunca han dejado de ocurrir desde que salimos del cuerno de África y nos expandimos como especie por todo el mundo. Ni van a dejar de ocurrir: mientras las personas entiendan que vale la pena moverse y hasta arriesgar la vida en busca de una vida mejor, los procesos migratorios seguirán ocurriendo y seguirán enriqueciéndonos.

Gracias a eso, no dejaremos de disfrutar de los gestos técnicos alemanes de un Özil, la potencia francesa de un Pogba y el pie de guante de gamuza uruguayo de un Sánchez. Por más que les pique su etnia y el color de su piel. Qué remedio, van a tener que aprender a rascarse.

✔️ Entre la inoperancia y la desidia

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