La píldora como castigo

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Nº2020 - al de Mayo de 2019
por Pau Delgado Iglesias

Caster Semenya no puede correr más. O puede, pero no la dejan. El pasado 8 de mayo entró en vigor la norma que la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) estableció para las atletas que producen más testosterona que la considerada “normal” para el género femenino biológico: a partir de ahora, las que entren en esta categoría deberán hormonarse para poder competir. El Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAS) acaba de respaldar dicha regla, entendiendo que si bien es “discriminatoria”, se necesita para “preservar la integridad del atletismo femenino”. Aquellas mujeres clasificadas como “atletas con DSD” (Diferencias de Desarrollo Sexual) tienen “una semana para reducir sus niveles de testosterona, así que les aconsejamos que comiencen inmediatamente el tratamiento”, comunicó la IAAF. Solo así podrán competir en el Campeonato Mundial de Atletismo, que tendrá lugar en setiembre en Catar.

Mucha información ha circulado en los últimos días en la prensa internacional, de relevancia para quienes quieran analizar un poco más detenidamente esta decisión. Por un lado, resulta curioso que la prohibición solo abarque las pruebas entre los 400 metros y la milla, en las que las atletas africanas suelen ser mejores. Sin embargo, pruebas como el lanzamiento de martillo o el salto con garrocha, en las que el dopaje con testosterona sintética está muy extendido, no entran en la prohibición. Lo que sugiere el gobierno de Sudáfrica es que se trata de una normativa racista para afectar a las competidoras africanas y específicamente a Semenya (que destaca en distancias entre 400 y 1.500 metros). Mientras que todas las atletas afectadas por la norma son africanas, en las pruebas que quedaron curiosamente fuera de la prohibición, destacan las europeas y las norteamericanas.

Por otro lado, sorprende el trato diferenciado que se da a mujeres y hombres: mientras que a las mujeres se las obliga a medicarse, a los hombres con niveles de testosterona que superan lo que se considera habitual, se les permite demostrar que se debe a un tema genético y se les otorga un carnet que los habilita a competir sin ser sancionados por dopaje. ¿Cómo se explica este doble estándar? ¿Por qué se justifica en los hombres una ventaja genética –avalándola con un simple carnet– pero se penaliza en las mujeres, obligándolas a doparse para competir en “peores condiciones”? ¿Por qué se discrimina solo a las mujeres y específicamente por sus características sexuales? ¿A quién molesta y por qué, que Semenya no “luzca” como se espera que luzca una mujer? ¿Por qué no se le permite aprovechar sus ventajas naturales? ¿Quién define, y con base en qué, lo que significa ser mujer?

Semenya nació en Limpopo, una provincia rural al noreste de Sudáfrica con altos niveles de pobreza. Fue asignada como mujer al nacer, así fue criada y así se identifica. Nunca pretendió engañar a nadie con su sexualidad. La testosterona no es una hormona exclusivamente masculina, la producen tanto hombres como mujeres, y existe una amplia variación entre individuos. De hecho hay un porcentaje significativo de mujeres que tienen niveles de testosterona más altos que los de muchos hombres. Y en última instancia, tampoco es cierto que un mayor nivel de testosterona asegure un mejor rendimiento —como recuerda Anne Fausto-Sterling (2000), cuando Hermann Ratjen se inscribió en 1936 en la prueba de salto de altura femenino bajo el nombre Dora, “su masculinidad no se tradujo en una ventaja”, ya que terminó en cuarto lugar, por detrás de tres mujeres.

El tratamiento para reducir los niveles de testosterona de una persona es complejo y tiene efectos secundarios indeseados e indeterminados. La IAFF, sin embargo, lo describe simplemente como “el uso de anticonceptivos normales por vía oral”. Y esta es, quizás, una de las aristas más reveladoras en esta historia: ¿qué es, en definitiva, lo que realmente se impone a las mujeres a través de las tecnologías cotidianas de anticoncepción?

Resulta inevitable repasar a Paul Preciado (2008) y su definición de la píldora anticonceptiva como una “microprótesis hormonal que permite, además de regular la ovulación, producir el alma del sujeto heterosexual mujer moderno”. Preciado encuentra difícil de explicar el hecho de que la píldora haya sido siempre privilegiada como método anticonceptivo, frente a otros métodos menos tóxicos y con menos efectos secundarios, y sugiere que en definitiva lo que se ha buscado siempre es normalizar los cuerpos de las mujeres, administrándoles la dosis necesaria de estrógenos y progesterona para transformarlas en “una hembra sumisa, de grandes senos, humor depresivo pero estable, sexualidad pasiva o frigidez”.

Tal vez, la ingesta forzada impuesta a Semenya de un “anticonceptivo oral” que la equipare al resto de las competidoras, es una buena manera de empezar a visualizar la normalización silenciosa que día tras día se impone sobre los cuerpos de las mujeres.

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