Columna: Nobleza obliga

La soledad de los genios

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Nº2024 - al de Junio de 2019
por Claudia Amengual

Este es el año de Leonardo. El quinto centenario de su muerte propicia la celebración de su vida, y el mundo se inclina ante la magnificencia de uno de los hombres más universales de todas las épocas. Impulsado por un talento excepcional y una curiosidad ilimitada, Leonardo transitó la aventura humana completa y a cada paso dejó su frondosa huella. Con innumerables exposiciones y conferencias se le rinde homenaje al gran florentino. Cuanto más aprendemos, más amplia es la sorpresa ante su obra monumental, abundante y diversa. 

Esta columna, sin embargo, distrae la mirada de Leonardo y la posa en otro notable del Renacimiento. Una película aún en cartel ―Michelangelo infinito, de Emanuele Imbucci―, es la excusa para cometer tal insolencia. Los amantes de Leonardo sabrán disculparme, espero.   

La película propone un recorrido biográfico que parte de la infancia de Miguel Ángel y sus inicios en el taller de Domenico e Davide Ghirlandaio, y se extiende hacia su relación con los Medici —en especial, Lorenzo el Magnífico— y con el papa Julio II, quien le encargó nada menos que su mausoleo y, más tarde, la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. Décadas después, pintaría en el mismo recinto el Juicio Final, esa explosión de color que se despliega apasionada y vibrante en torno a la figura central de un Cristo erigido en juez y que, más allá de afinidades religiosas, deja al visitante sin aliento. 

La película es algo morosa en su relato y puede volverse en exceso solemne, pero vale la pena por la aproximación detallada que ofrece a algunas de las más soberbias obras del artista. El segmento dedicado al majestuoso David ―tan impactante en sus dimensiones, tan perfecto en sus formas― y a la resignada serenidad de esa madre que sostiene a su hijo muerto entre los brazos constituye uno de esos momentos sublimes en los que uno quisiera detener el tiempo. 

Y hay algo más. Una perturbadora sensación que navega entre el deslumbramiento y la tristeza, que se le mete a uno bajo la piel y lo acompaña después de que las luces de la sala se encienden. La película no termina cuando termina. Pero, ¿qué es esa incomodidad del espíritu que no permite el total abandono a la hermosura? ¿Por qué no retirarse en paz, embelesados por ese derroche de belleza? ¿Qué se interpone entre la admiración y el goce pleno?

El asunto me resultaba fastidioso. Intenté deshacerme de la sensación y me dije que no debía darle tantas vueltas. A veces, el intelecto aplaca la fogosidad de las emociones y nos estropea la fiesta. Pero no pude, porque es vano negar la existencia de algo que nos desordena. Así que me puse a buscar el origen de la molestia. 

No necesité mucho para entender que la pena venía de afuera y encontraba su eco dentro. Si la película es fiel a los hechos, ¡qué solo estaba Miguel Ángel! Incluso vitoreado por sus contemporáneos, ¡qué soledad espantosa la de los genios! En la luminosidad infinita de las canteras, de pie ante los colosales bloques, estudiando el efecto del sol en la superficie, la rareza de las vetas, calculando su dureza y su transparencia, parecía formular preguntas para las que solo el mármol tendría respuesta. ¿Qué hay dentro de ti? ¿Se esconderá allí el Moisés que busco? ¿Podré seducirte o tendré que vencerte?

Miedo al fracaso, a no estar a la altura de sus deseos o de los deseos ajenos. Miedo y un desa-forado espíritu de competencia. Él sabía que nadie le ganaba esculpiendo, pero, ¿los demás se darían cuenta? ¿Llegaría a pintar con la gracia de Rafael? ¿Alcanzaría la excelencia de Leonardo? Lleno de confianza en su talento, se dejaba vencer por las dudas, a veces. Trabajaba sin descanso, aspirando el polvo que el bloque a cada golpe le devolvía, sanaba las heridas de sus manos y curaba sus ojos cegados, se preguntaba si obedecía a su voz o a la de su mecenas. Consciente de su destreza, debió aceptar que incluso él tenía límites. Eso le provocaba desasosiego. Se volcó a cada obra con alma y cuerpo. ¿Y la vida, Miguel Ángel? Para la vida quedaba poco tiempo. 

Esa pena de Miguel Ángel era una pena de soledad. Su capacidad única para crear algo admirable y nuevo lo asemejaba a Dios. Él jugó a serlo. Pero Dios es todopoderoso y autosuficiente y Miguel Ángel, un hombre apenas. La vida irrumpió con sus exigencias mortales, la necesidad de aprobación y afecto, el sentirse útil y bueno, alcanzar los propios límites, desear más. Poderoso e insatisfecho, Miguel Ángel vivió para dar vida a sus obras y dejó por el camino su propia existencia. En su consagración encontró el premio y el tormento. 

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