La trampa del subdesarrollo

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Nº2074 - al de Junio de 2020
La columna de Fernando Santullo

Postal 1

Charlo por teléfono con el exrector de la Universidad de la República Rafael Guarga. Tengo con él una relación heredada de mis padres, cuando el exilio en México. Heredada en el sentido de que la amistad se fue extendiendo a mí a medida que me hacía adulto. Tan así es que uno de mis trabajos finales para la carrera de Sociología fue precisamente sobre un invento de Guarga: el Sumidero Invertido Selectivo (SIS), un sistema de protección contra las heladas que muy pronto extendió su lógica al control de otros tipos de fluidos. Actualmente, me cuenta Guarga, están instalando esa tecnología en el canal de Panamá, para controlar las nieblas que impiden la navegación, solucionando un problema que tenía más de 100 años.

Hablo con Guarga sobre su papel activo en la creación de tecnologías pensadas desde este lugar del mundo. Precisamente sobre esto me comenta que la primera traba que se enfrenta al acometer la tarea es interna. Esto es, no lograr siquiera concebir la posibilidad de crear esa clase de tecnología en un contexto como el de Uruguay, que está lejos de ser percibido como un país innovador, aunque ha mejorado su desempeño en los últimos años. Por supuesto, hay un montón de condicionantes más tangibles, materiales, que complican aún más la posibilidad de imaginarse como creadores de tecnología. Pero la barrera interior es, asegura Guarga, una de las más difíciles de derrotar. ¿Será esta barrera una definición del famoso subdesarrollo?, le pregunto. Sí, me contesta, no lo explica todo, pero sin duda es parte del problema. “Sin que se extienda ese gusanillo entre los científicos jóvenes, es muy difícil moverse de donde estamos”, concluye el exrector.

Postal 2

No lo practicamos con tanta frecuencia como nos gustaría, pero cada tanto me junto con mi amigo Pedro Mastrángelo a jugar al tenis en las canchitas del Parque Rodó. Para unos indisciplinados como nosotros, incapaces de tener la constancia de ir a un club, la plaza de deportes pública es una opción razonable. A veces, cuando el día acompaña (hablo de antes de la pandemia, claro), nuestro encuentro deportivo se extiende en una charla cervecera. Así de buenos deportistas somos.

Con Pedro nos conocemos desde niños. Es ingeniero, tiene una amplísima experiencia en negocios tecnológicos y fue uno de los responsables de la expansión del SIS a comienzos de los 2000. Actualmente, lidera una pequeña empresa que se llama The Climate Box, que “ofrece herramientas innovadoras para ayudar a los productores a hacer frente a la variabilidad climática extrema debido al cambio climático”. Le pregunto cuáles son los problemas que enfrenta cuando sale a ofrecer su tecnología por el mundo (tiene proyectos en EE.UU., España, Portugal y México) y qué ha ocurrido cuando ha ofrecido esa tecnología localmente.

Su respuesta parece una variante de la de Guarga (con quien trabajó durante muchos años): pese a la dificultad agregada que supone venir con una tecnología creada en un país que no se percibe como tecnológico, en el exterior la respuesta suele ser más positiva que en el campo local. ¿Por qué? Bueno, comenta Pedro mientras sirve la cerveza que queda, primero, porque son países que tienen una mayor infraestructura de datos gratuita para aplicación de nuevas tecnologías. Segundo, porque hay una mayor conciencia general de la severidad de los problemas medioambientales y del cambio climático. Tercero, son mercados más grandes. Y, last but not least, porque se trata de países que tienen culturas más innovadoras.

Postal 3

Charlo por WhatsApp con mi hija Agustina, que está en Barcelona. La pandemia habría sido más llevadera teniéndola más cerca, pero las cartas son las que son y con ellas jugamos. Así que charlamos más o menos día por medio y aprovechamos para trasladarnos el uno al otro cierta sensación de “normalidad”. Ese es el poder de los afectos, creo yo. Mi hija está terminando el tercer año de la carrera de Biotecnología en la Universitat de Barcelona. Acaba de dar el primero de los exámenes finales del año. La materia que dio era Transgénesis y Mejora Vegetal y la aprobó con buena nota. Me alegro un montón (sin explicación racional, siento sus logros como si fueran propios), la felicito y nos ponemos a charlar sobre el problema que representa la baja “alfabetización científica” en tiempos tan delicados como estos.

Charlamos sobre cómo la idea de reducir la pandemia a un asunto político impide tomar conciencia de la magnitud real del problema. Y cómo esa mirada, que no es exclusiva sobre este instante, puede ocasionar serios problemas no solo a la hora de implementar políticas públicas, sino incluso llegar a condicionar la posibilidad de realizar ciertas investigaciones. Y cómo ese “analfabetismo científico” viene ocupando cada vez con más fuerza el lugar de las religiones en lo que se refiere a plantear temas tabú que no solo no pueden ser ya razonados, sino que comienzan a ser dejados fuera de la charla pública so peligro de anatema new age. Nos despedimos: Agus empieza a preparar su siguiente examen final.

Postal 4 (finales de los 90)

Estamos en un asado, en casa de unos amigos en La Floresta. Es 1998 y Peyote Asesino está por sacar Terraja, su segundo disco. Mi amigo, que es músico también, me pregunta por detalles específicos de la grabación: cómo grabamos, cómo era el estudio. Después de la comida y los correspondientes vapores alcohólicos, la charla se va tornando más filosófica. Y entonces llega la pregunta que Esteban, mi amigo, venía masticando a la par que el asado: ¿vos pensás que se puede hacer cultura de punta desde la periferia?

Me quedo pensando y contesto que primero habría que definir qué es “de punta” y quién decide qué lo es y qué no. Que muchas veces esas definiciones vienen como parte de un paquete más amplio que relega a los creadores de países no centrales, como Uruguay, al mero papel de reproductores de la cultura que se produce en los centros. Pero, lo digo entonces y lo sigo pensando hoy, asumir ese lugar es antes que nada asumir un lugar “mental”. Es decir, es asumir el rol que se nos asigna desde afuera y darlo por bueno. El tiempo transcurrido desde esa charla al presente muestra que se puede intentar romper con esa asignación de sentido. Que no hace falta pensar en términos “de punta” si se tienen las herramientas para construir un camino propio que pase por las puntas que uno desea.

Conclusión

De alguna manera vaga, pura sinapsis arbitraria y personal, las cuatro postales que reuní resumen un problema y sus posibles soluciones. El problema sería cómo lograr superar el papel que se nos asigna desde afuera como individuos, como creadores, como científicos, como ciudadanos. Las posibles soluciones vendrían de lo que hoy se conoce como empoderamiento y que, en su mejor versión, se llama educación. Una educación que nos permita ser autores de nuestro destino, sea este el de científico, tecnólogo, artista o ciudadano sin más. La trampa del subdesarrollo está afuera de nosotros, de maneras muy materiales. Pero es en su inmaterialidad interior en donde podemos comenzar a combatirla antes que nadie.

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