La vida y las familias

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Nº1997 - al de 2018
por Pau Delgado Iglesias

Cientos de personas se reunieron el fin de semana pasado en Uruguay para manifestarse “por la vida”.

Por un lado, el 22, 23 y 24 de noviembre, representantes de varios países latinoamericanos se encontraron en Punta del Este para el Congreso Regional Sudamericano Por la Vida y la Familia, parte de una iniciativa surgida en México en 2016. Entre los ponentes se encontraban los diputados nacionalistas Gerardo Amarilla y Álvaro Dastugue, el pastor Jorge Márquez de la Iglesia Misión Vida, el politólogo peruano Christian Rosas de #ConMisHijosNoTeMetas y el politólogo argentino Agustín Laje, entre otros (un total de 20 hombres y cinco mujeres). Los temas se centraron en cómo “protegerse” y cómo “combatir” la “ideología de género”, y se complementaron con un intercambio de testimonios sobre las principales estrategias utilizadas en países de la región en contra de la “nueva agenda de derechos”, terminando con un estudio de caso de la legislación uruguaya.

Por otro lado, el mismo fin de semana, personas de diferente edad, etnia y orientación sexual se reunieron en la explanada de la Intendencia de Montevideo para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Convocadas por la organización Mujeres de Negro y la Intersocial Feminista, estas personas también se unieron para manifestarse “por la vida”: por una vida sin violencia, y por el derecho a no ser asesinadas. En la proclama leída al final de la marcha, las organizaciones recordaron a las víctimas de femicidio en lo que va del año y, entre otras cosas, reclamaron al Estado recursos genuinos que permitan hacer cumplir la ley de Violencia hacia las Mujeres, Basada en Género (Ley 19.580), aprobada en diciembre de 2017.

A pesar de las molestias que genera, el análisis de género resulta clave para comprender la problemática específica de los asesinatos a mujeres, y debería ser fundamental para todas aquellas personas interesadas en “defender la vida”. Aunque los homicidios a mujeres son un hecho relativamente “poco común” (los varones poseen una probabilidad cuatro veces mayor que ellas de ser intencionalmente asesinados, según datos de la ONU), cuando consideramos los homicidios cometidos por familiares o por la (ex) pareja, las mujeres tienen mucha más probabilidad que los hombres de convertirse en víctimas (son el 79% del total de víctimas de homicidio en manos de una pareja o expareja).

Lo que estos datos están diciendo, es que los asesinatos a varones y mujeres tienen, a escala global, una naturaleza muy diferente: mientras los primeros están en su mayoría enmarcados en hechos delictivos, crimen organizado o conflictos armados, los segundos se dan principalmente en contextos de convivencia, en los que “víctima y autor” se conocen y mantienen un vínculo de carácter emocional. Así, una gran proporción de las mujeres víctimas “pierden la vida en manos de quienes se esperaría que las protegieran” (Estudio Mundial sobre el Homicidio, ONU, 2013). Como dato extra, puede interesar también saber que cerca de 95% de los homicidas a nivel global, son hombres.

Así, la esfera doméstica o familiar no es un ámbito de riesgo para los varones pero sí lo es para las mujeres. Esto se explica por la prevalencia de patrones culturales que reproducen la jerarquía sexual y legitiman el uso de la violencia contra la mujer, respondiendo a racionalidades colectivas en las que “lo femenino ha sido devaluado y la sexualidad de la mujer es espacio de dominio y lugar del ejercicio del poder masculino” (Centro Flora Tristán, 2005).

Este riesgo “adicional” que tienen las mujeres en el ámbito doméstico se combina con la dificultad que implica el hecho de intervenir en “la intimidad del hogar”: un espacio históricamente retirado del control del Estado y regido por normas de “respeto a la privacidad y a la vida familiar” (Ministerio del Interior, 2017). Para que la “violencia contra las mujeres” dejara de ser entendida como un problema “privado” y pasara a ser construida como un problema “político”, fueron necesarias varias décadas de trabajo incansable por parte de los movimientos feministas. Aún así, sigue siendo difícil desnaturalizar la violencia cotidiana que se vive en muchos espacios usualmente idealizados, como lo son las relaciones amorosas.

Es necesario tomar conciencia de que “la violencia letal en el marco de la pareja afecta selectivamente a las mujeres” y esto hace evidente que se trata de un espacio en el que sus derechos están “sistemáticamente en desventaja con respecto a los de los hombres” (Victoria Gambetta 2018, tesis de maestría en Sociología). Combatir los “femicidios íntimos” implica también, por lo tanto, combatir las desigualdades sociales y culturales basadas en género, y avanzar hacia una sociedad con igualdad de derechos.

Me pregunto cuáles son exactamente (y cuáles no) las vidas que defienden quienes bregan por “la vida y la familia”, y si son capaces de admitir las desigualdades y complejidades ocultas detrás de una institución familiar idealizada, dentro de la que, sin embargo, tantas mujeres encuentran su mayor riesgo de muerte.

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