Columna: Nobleza obliga

Las catacumbas de París

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Nº2029 - al de Julio de 2019
por Claudia Amengual

En 2015 visité la Capilla de los Huesos, en la ciudad portuguesa de Évora. Es una construcción del siglo XVI en cuya entrada un cartel reza: “Nosotros, los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos”. La inquietante sentencia anticipa lo que el visitante encontrará en el interior. Apenas atravesado el umbral, sorprende la sobrecogedora imagen de un recinto de doscientos metros cuadrados cuyas paredes y columnas están cubiertas por huesos de esqueletos humanos exhumados de cementerios vecinos. Al salir, uno se lleva no solo un recordatorio de lo efímero de la existencia, sino también unas acuciantes ganas de vivir. 

No estuve allí, pero sé que en Faro —en el Algarve portugués— hay otra capilla con similares características. El espíritu que sustenta lugares así es el mismo que llevó a los pintores holandeses del siglo XVII a incluir en sus obras algunas referencias a la muerte. No es extraño ver en estas vanitas ―así se llaman los bodegones que previenen acerca de la vacuidad de los placeres mundanos― una calavera o unas frutas a medio mondar, pétalos caídos o incluso diminutos insectos en torno a manjares, cristales tallados y platería. De ese modo, el arte cumplía la función moralizante de recordar al observador que, por cuantiosa que fuera su riqueza, nada le evitaría el trance de morir. 

La muerte siempre ha sido uno de los motivos preferidos del arte y no es exagerado afirmar que quizá sea el único tema que preocupa a los creadores y del que derivan todos los demás. El paso del tiempo, la soledad, el amor, la felicidad y la tristeza son lo que son solo porque la vida es finita. No tendría sentido filosofar acerca de ellos si no tuviéramos esa certeza total ―la única― de que algún día moriremos.

No porque me guste bucear en la oscuridad, sino porque creo que la muerte da significado a la vida, me resulta interesante explorar cómo se ha abordado el asunto en distintas épocas. En estos días, he estado en las catacumbas de París, un complejo laberinto de túneles ―antes canteras de piedra caliza― que guarda los restos de unos seis millones de personas. 

A comienzos del siglo XIX, el exceso de pequeños cementerios en la capital francesa y el miedo a una epidemia llevaron a las autoridades a trasladar algunos huesos hasta las viejas canteras de Tombe-Issoire. El osario municipal fue reorganizado con una perspectiva museográfica y a partir de 1809 comenzaron a llegar los primeros visitantes cuyo número ha ido creciendo hasta el medio millón anual del presente. 

El éxito de la empresa fue tal que hasta el famoso fotógrafo Nadar —el mismo en cuyo antiguo estudio se llevó a cabo la primera exposición de los impresionistas— se sumergió en la profundidad de las galerías para documentar los secretos de aquel mundo subterráneo. Nadar pretendía que los mineros posaran para él, pero los tiempos de exposición que la fotografía de entonces exigía —un promedio de dieciocho minutos por toma— dificultaban la empresa. Nadar decidió remplazar a los trabajadores por maniquíes y completó así tres meses de trabajo cuyo producto es un documento fotográfico de excepción. 

Lo primero que agradecí al entrar fue el regalo de la frescura después de una espera abrasadora en el calor de la calle. Las paredes aún rezuman agua y la humedad va en aumento a medida que uno desciende los ciento treinta escalones que conducen a veinte metros bajo tierra. Al llegar al fondo, las galerías reciben con carteles explicativos cuyos textos e imágenes refuerzan la información de la audioguía. 

El inicio de la visita es interesante, pero nada se compara con el impacto que produce la primera vista del osario. En la puerta, tal como a la entrada de la Capilla de los Huesos, un verso del poeta Jacques Delille advierte: “¡Detente! ¡Aquí es el imperio de la muerte!”. Y un metro adelante comienza el largo recorrido entre cráneos y tibias colocados como una macabra puesta en escena de la que ninguna sensibilidad puede abstraerse. 

El ingeniero Louis-Étienne Héricart de Thury fue el encargado de organizar las visitas y de disponer las salas de manera tal de ofrecer un paseo instructivo. Determinó que cada grupo de huesos fuera identificado según el cementerio de procedencia, los acomodó de forma decorativa y acompañó el trayecto con una serie de máximas esculpidas en las paredes o en los pilares, que invitan a la reflexión y al respeto. 

Un ojo avezado obtendrá información valiosa acerca de algunas patologías letales, el promedio de vida de los habitantes de París de aquellas épocas o detalles costumbristas referidos a la higiene y a la alimentación. Un ojo común, como el mío, solo imaginará historias detrás de los huesos. ¿Quiénes habrán sido esas personas? ¿Cuáles habrán sido sus sueños? ¿Cómo habrán transcurrido sus días? Y la pregunta más angustiante ante ese mar anónimo de seres que fueron: ¿será cierto que uno muere del todo cuando ya nadie lo recuerda? 

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