Obras maestras: a 50 años de su estreno, Busco mi destino, de Dennis Hopper y con Peter Fonda y Jack Nicholson

Las motos, el pelo largo y los gorilas

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Nº2029 - al de Julio de 2019
Eduardo Alvariza

Suena el teléfono en la madrugada:

—¿Dennis? Es Peter. Tengo una idea para una película de motociclistas.

(Las madrugadas de los 60 eran muy singulares y por lo general todos estaban despiertos)

—Ah, qué bueno. ¿De qué va?

(Snifff, snifff…)

—Serían dos motociclistas que viajan desde Los Ángeles hasta Nueva Orleans para ver el Mardi Gras.

—¿Y qué más?

(Sniffff, snifff…)

—Bueno, en el camino les pasan cosas… Y quiero que la dirijas tú.

—Perfecto, perfecto. ¿Cuándo empezamos?

No había más nada. No había guion. Tampoco dinero. Apenas esa idea inicial para encandilar a un nuevo empresario cinematográfico con inquietudes, como Bert Schneider, que tal vez financiaría la película. Peter Fonda sería el productor y Dennis Hopper el director. Ambos interpretarían a los motociclistas que atraviesan los Estados Unidos, Wyatt y Billy, dos cowboys mecánicos. Y Terry Southern, que había colaborado como libretista en realizaciones pesadas como Doctor insólito, de Stanley Kubrick, sería el guionista. Al final figuraron los tres en la autoría de la historia. Pero la historia real, la historia detrás de la historia, es que terminaron todos peleados y con demandas cruzadas; así lo cuenta Peter Biskind en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes.

Eran los años 60 y las drogas desbordaban cualquier recipiente. Fonda y Southern fumaban marihuana sin parar, pero sabían comportarse. Hopper era el que agregaba más a todo: más alcohol, más marihuana, más ácido, más cocaína. Y sobre todo, más paranoia. Además, era un tipo violento. Y vestía como en la película: chaqueta y tejanos mugrientos, collar con dientes de lobo, barba y coleta, sombrero, lentes negros. Y si se sacaba los lentes, te enfrentabas a un par de ojos inyectados en sangre. Si semejante combo representaba a los nuevos creadores, daba un poco de miedito.

Él y Fonda se reunieron con Schneider y finalmente se fueron del despacho del productor con 360.000 dólares para The Loners, como todavía se llamaba lo que después sería Easy Rider, Busco mi destino en estas latitudes. Y arrancaron mal: Fonda confundió las fechas y, cuando creían que tenían un mes para filmar el Carnaval de Nueva Orleans, en realidad solo les quedaba una semana. Es lo que pasa cuando vivís en el tiempo de las drogas.

Hopper reunió a tres camarógrafos —uno de ellos era Les Blank, quien estuvo en Montevideo hace muchos años para presentar su documental sobre Werner Herzog Burden of Dreams— y les aclaró que él era el jefe y el talento, y solo de él recibirían las órdenes. Lo que tenían que hacer era filmar el Carnaval y un viaje de ácido en un cementerio. Se registraron horas y horas del Carnaval y del viaje de ácido, con improvisaciones por doquier. Fonda tuvo que trepar por una lápida y contra su voluntad abrazar una estatua e improvisar un shock emocional similar al que tuvo cuando su madre se suicidó. Hopper, drogado hasta las patas, gritaba a los técnicos, a los actores, a quien viniera y se le pusiera delante, mientras los dientes de lobo y los propios le crujían. Y además, estaba armado. Y dormía abrazado a las latas de película para que no se las robaran. En medio de todo este jaleo se divorcia de su mujer, Brooke Hayward, a quien golpeaba con frecuencia.

Sigue sin existir un guion. Hay motos, personajes reales que se incorporan a la trama, ideas antojadizas y montañas de horas de Carnaval. Hopper echa a patadas literalmente al actor Rip Torn (Hombres de negro, falleció este 9 de julio a los 88 años), quien debía interpretar a un abogado borracho, y lo sustituye por un tal Jack Nicholson. La jovencísima y futura estrella declama sus diálogos con mucho cannabis encima (y se nota en la secuencia de los venusianos), pero con una frescura magistral, a tal punto que le vale una nominación al Oscar al Mejor actor secundario.

—Por D. H. Lawrence, el primer trago del día —dice Nicholson y se manda un buen buche de su petaca. Acto seguido agita su brazo derecho como si fuese un ala y agrega—: ¡Yeahhh! ¡Ñic, ñic, ñic! ¡Fic, fic, fic! ¡Indios!

Magistral. Solo Jack puede hacer algo tan bizarro y brillante.

A partir de allí se unirá a Hopper y a Fonda para ver el Mardi Gras. Las imágenes de los tres ya son clásicas, con Nicholson en la moto detrás de Fonda, metido en su casco de fútbol americano y agitando los brazos como en un vuelo.

El metraje se comenzó a acumular. Hopper amaba todo lo que hacía. Quería presentar una versión de la película de cuatro horas y media, versión que, según el director Bob Rafelson, era la mejor. (Y le creo. Dicen que Fonda ha relanzado con motivo del aniversario una nueva de tres horas en alta definición que, ojalá, se pueda ver por estos lares.)

El asunto es que nadie se animaba a decirle a un demente armado y drogado que cortara el material. Tuvo que ser el propio Schneider, muy delicadamente, quien lo sugirió. Y lo hizo mandando de vacaciones a Dennis y a su novia a Taos con dos pasajes de avión en primera clase. Si no podemos domesticar a la bestia, por lo menos debemos relajarla. A la vuelta, Hopper encontró que su película, que sería distribuida por Columbia, duraba un poco más de hora y media. “¡La destrozaron! ¡La convirtieron en un programa de televisión!”, gritaba a quien se animara a pasar a su lado. Las vacaciones fueron productivas: no disparó ni hirió con su cuchillo a nadie.

Luego hubo que elegir la banda sonora, esencial en esta pieza de cine de carreteras fundacional. A Fonda se le ocurrió contactar a Crosby, Stills & Nash. Los músicos pasaron en una limusina a recoger a Hopper, quien ya poseía nuevas energías y había preparado el sabotaje. “Mirá”, le dijo a Stills, “ustedes son buenísimos, pero nadie que viaje en limusina puede entender mi película, así que tendré que decir que no”. Y optó por Jimi Hendrix, Steppenwolf (Born to Be Wild), The Byrds y Roger McGuinn.

Busco mi destino fue a Cannes, donde recibió un premio a la mejor ópera prima, y se estrenó en Nueva York el 14 de julio de 1969. Fue un tremendo éxito. Hablaba de gente real, con un lenguaje real, en un entorno real. Costó medio millón de dólares y recaudó más de 19 millones. Fue el comienzo de un nuevo cine, con un perfil más independiente y contracultural que aún hoy mantiene fresca sus imágenes. Y tiene un estilo fiel a los 60, marcado por el pestañeo de uno, dos, tres segundos, que anuncia el fin de una secuencia y el comienzo de otra. Hasta el guion escrito a tres manos se llevó una nominación al Oscar…

Esa historia que suena a poca cosa, un viaje desde Los Ángeles hacia el sur profundo y reaccionario, funciona. Lo improvisado, funciona. Lo desprolijo, también funciona. Buck Henry la definió con certeza: “Nadie sabe quién la escribió, nadie sabe quién la dirigió, nadie supo nunca quién la montó; se suponía que Rip iba a trabajar en la película, pero en su lugar entró Jack; parece un montaje de cientos de tomas eliminadas de otras películas, puestas todas una detrás de otra y con la banda sonora de las mejores canciones de los 60. Pero abrió un camino. De pronto, fueron los hijos de Dylan los que pasaron a tener el control”.

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