La periodista argentina Luciana Peker escribe sobre la revolución del deseo femenino en su último libro Putita Golosa

A las mujeres inconvenientes

8min
Nº1998 - al de Diciembre de 2018
Patricia Mántaras

Luciana Peker es periodista, argentina. Escribe para el suplemento Las 12, de Página 12, publicó varios libros sobre género y feminismo, y recibió premios vinculados a su activismo por los derechos de las mujeres. En Putita golosa, su último libro, se ocupa de un tema que ella llama “feminismo del goce”.

“Pecho: putita golosa”, decía una bandera que Rosario Central colgó detrás del arco de Newell’s en un partido que disputaron ambos equipos hace tres años, y ganaron. “La metáfora lineal quería decirle al rival rojinegro (…) que le gusta que le metan goles. No me dan urticaria las metáforas futboleras. Pero preferiría que no sean en contra del placer femenino”, escribe Peker, que explica el feminismo del goce como una revolución del deseo que “se opone al abuso, al acoso y a la violencia”. “El freno a la violencia no es puritanismo, sino, por el contrario, una pelea por el placer”. Como si anticipara algunas respuestas defensivas masculinas, aclara que no es un ataque a los varones. “La revolución es un sismo que genera —muchas veces como el erotismo o el amor— fricciones, desencuentros, destemporalidades y dolores, pero también habilita nuevas formas de encuentro”. Para eso, solo hacen falta varones “dispuestos a escuchar y a ser parte del cambio”. “El feminismo del goce también es una revolución (que exige, a veces, dar un paso al costado y renunciar a algunos privilegios) que da más libertad, placer y posibilidad de exploración a los muchachos”.

En sus casi 400 páginas divididas en subtítulos como No sé lo que es empalagarme; Menos visto, más chape; No seré feliz pero tengo marido; Amor romántico, peronista y culebrón; Erotismo compañero; El machinazi me la baja; ¿La liberación masculina para cuándo?; Endurecerse sin perder la ternura; You’re One Hot Mummy; ¿Qué hace una feminista en Tinder? ¡Coger!; Nunca estarás buena; Mojaditas es mejor; la autora plantea sin sutilezas ni eufemismos su visión sobre los prejuicios con que todavía cargan las mujeres respecto al sexo.

La espera y la violencia implícita. “Se espera en el médico, se espera en la parada del colectivo, se espera en la entrevista laboral para un nuevo trabajo y en un embotellamiento de autos. Y también se espera en el amor: que se repita una cita, que se enamore, que aparezca el amor de la vida. La espera en las relaciones amorosas —ese tiempo suspendido—, nube de expectativa y ansiedad que flota en el universo cotidiano de cada uno sin poder predecir su fecha de vencimiento, pero que además se potencia por el uso de tecnologías como Facebook y WhatsApp”, dice un estudio que cita Peker. Se titula Me clavó el visto: cómo las nuevas tecnologías pueden generar control y violencia o potenciar el amor, y lo realizaron sociólogos del Instituto de Investigaciones Gino Germani basándose en 25 entrevistas a jóvenes de entre 18 y 24 años heterosexuales de clase media del área metropolitana de Buenos Aires.

La investigación profundiza en la “indiferencia tecnológica”, con la ansiedad que produce y el peso simbólico que tiene en estos tiempos el clavado del visto en WhatsApp. Estas herramientas, que dan la sensación de acortar la espera y terminar antes con la incertidumbre, pueden generar todo lo contrario: “Es un engaño: creemos que podemos romper esa espera rápidamente, pero como a la vez no se rompe, si yo puedo ver que el otro no me está respondiendo, se fabrican otras esperas, más dolorosas”, dijo uno de los autores. El estudio confirma además que la espera está mucho más asociada a las mujeres que a los hombres: “Quienes más detalles dan sobre las esperas son las mujeres y los varones gays. Los varones heterosexuales tienden a minimizarlo, al menos en su discurso”, agregó.

“No contestar los mensajes es una forma de maltrato total y absoluto”, opina por su parte la escritora feminista española Coral Herrera Gómez, autora del libro La construcción sociocultural del amor romántico, a quien Peker también consultó. “Es curioso porque muchas mujeres no lo interpretan como violencia. Es tomado como una forma de seducción y juego amoroso. Y no: es una forma de disciplinamiento espantoso”. La autoestima debería correr por otro carril y no esperar el reconocimiento masculino para sentir la propia valía.

A su vez, la mujer tiene menos armas para lidiar con la indiferencia o, directamente, con el desdén masculino, pues, según analiza Herrera Gómez, la autoestima de las mujeres es más frágil por sentar sus bases en el reconocimiento de los hombres. “Si un hombre que te gusta te hace caso, te sientes guapa y que mereces la pena y estás alta en el ranking, y si el hombre no te ofrece el trono de la mujer más increíble, te hundes en la miseria”. Para ellos, la educación amorosa tiene que ver con aceptar la posibilidad de ser rechazados; a ellas, en cambio, se les inculca que deben ser conquistadas y elegir entre sus pretendientes: una posición bastante pasiva. Aunque según la autora el “esquema de Cenicienta” no ha cambiado demasiado, de a poco se va instalando el que las chicas sean las que avancen. “No necesitan que les calce el zapatito para ir a buscar baile”, escribe, y están más dispuestas también a insistir.

Por eso, la autora hace hincapié en que la revolución debe llegar hasta la crianza de las niñas. “El gran desafío es no esperar más”.

El cuerpo. Estaba en una cena cuando un amigo de esos frontales, militantes de la verdad brutal, le dijo: “El deseo es nazi”, y Luciana Peker supo interpretar el sentido de la metáfora y un poco, reconoce, se derrumbó: “Quería decir que todas mis dotes no alcanzarían nunca para conquistar si no largaba los postres, los brazos de cargadora de upas y los muslos redondos debajo de la cadera ancha”.

La benevolencia en la mirada (y la evaluación) del cuerpo del otro también varía, según Peker, entre los sexos. “Los varones —aún ahora que se cuidan de entrar a pantalones angostos y se emprolijan en barberías y mastican el mix de verdes y se miran el ombligo para tener abdominales— no gustan solo por lo que se ve, sino por lo que piensan, hacen, crean o cultivan”. En ellos, las canas, las arrugas o la panza no empañan las virtudes, la simpatía y, en pocas palabras, la belleza interior. “Un hombre que tal vez no sea tan atractivo físicamente pero que es muy inteligente, o muy exitoso, o muy rico, logra que mujeres jóvenes y hermosas lo deseen y quieran estar con él. En cambio, en el caso de las mujeres esto no ocurre así porque una mujer exitosa o poderosa o adinerada puede ser muy respetada como ser humano, pero no resulta atractiva eróticamente porque el erotismo femenino está históricamente asociado a la juventud, a la frescura, incluso a la dependencia y la inmadurez”, dijo a la autora la psicoanalista Irene Meler, compiladora del libro Psicoanálisis y género

Ahí entra también esa noción primitiva pero aún vigente de que el hombre, idealmente, tiene que ser un poco más alto que la mujer, un poco mayor, un poco más inteligente y un poco más rico; “esto era la base de relaciones jerarquizadas y quedan huellas inconscientes y muy profundas de estos arreglos ancestrales”. Si se aspira a que las mujeres tengan acceso a los mismos cargos, mismos salarios, mismos “saberes” y “poderes”, entonces estos “guiones eróticos”, que no se circunscriben al dormitorio, deberían caducar.

Como ejemplo de la permanencia de estos prejuicios, Peker se refiere al matrimonio de Brigitte Trogneux, de 65 años, profesora de Literatura, y Emmanuel Macron, de 40 años, actual presidente de Francia. Los 25 años de diferencia entre ambos fueron noticia y generaron cotilleo en el mundo, cosa que no sucedió con Melania y Donald Trump, que guardan la misma diferencia de edad, ni con el presidente de Brasil Michel Temer y su esposa, 43 años menor. Según dijo el antropólogo Alejandro Grimson, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y del Instituto de Altos Estudios Sociales (Idaes) de la Universidad de San Martín (Unsam), una de las claves de esta revolución que están llevando adelante las mujeres es permitirse establecer relaciones con varones más jóvenes.

La autora, que en la mayoría de los párrafos propios recurre a los juegos de palabras para establecer su punto, habla de la importancia de resistirse a ser mujeres convenientes. “Convenir conviene no escribir, no desear, ser perra, ser sexy, ponerte tetas, hacer dieta hasta que la panza sea chata y el fuego también y no responder a nada más que a la pregunta de si tragás o escupís y si después sos madre modelo, recuperar la figura antes de que te escupan para buscar a otra que no decaiga con la atención, mamu. No es que convenga. Es que somos inconvenientes. Pero no queremos, aunque no negamos que suceda, pagar el precio de lo inconveniente”.

Tipos de amor. En Putita golosa, Peker hace una crítica a la institución del matrimonio. Si mantiene su popularidad, dice, no es tanto por lo que da, sino por “todos los imaginarios de los que salva”, “el reproche es presencia. Lo que me hiciste/lo que no me hiciste es una forma de presencia. La señora nunca está sola. El gran fantasma de las mujeres modernas. No seré feliz, pero tengo a alguien a quien reprochárselo”. La posibilidad de la soledad parece desvanecerse mágicamente con la sola aceptación de sus condiciones, de sus derechos y obligaciones mutuas.

La propuesta de la autora es, en cambio, el “amor compañero”, un concepto al que también apuesta Herrera Gómez. Este amor compañero del que hablan consiste en compartir la vida o los ratitos, a voluntad y sin presiones. “No se construye como el amor romántico desde el interés o la necesidad, sino desde la libertad y las ganas de estar juntos. En el amor compañero no se firman contratos esclavizantes ni se hacen promesas irreales de futuro: se disfruta como se disfruta la amistad, en el aquí y el ahora, libre de violencia y de machismo”, dice la española.

En el escenario de los vínculos más tradicionales, el desencuentro amoroso sigue existiendo y es una clara fuente de infelicidad para las mujeres: “Es real y se vuelca en los divanes”, dice Meler, y asegura que es un efecto de lo que ella llama machismo amoroso. “Una consulta que vengo escuchando con mucha frecuencia e insistencia últimamente deriva de las mujeres jóvenes de sectores medios, educadas, en general universitarias, independientes, que tienen un buen trabajo, en muchos casos que viven en un departamento que es de su propiedad, que están entre los 35 y los 45 años y que no logran hacer pareja estable y eso les causa sentimientos de infelicidad. Pese a la liberación sexual que existe en este momento, ellas anhelan tener un compañero, una relación permanente con la que puedan contar y además, desean procrear”. Muchas veces llegan a la consulta convencidas de que son “obstáculos psíquicos” los que se interponen entre ellas y ese deseo, cuenta Meler, pero después de escuchar el mismo dilema de una gran cantidad de mujeres, concluye que, más allá de que algunas de sus pacientes pueden cargar con conflictos propios, existe una tendencia social hacia este fenómeno.

La revolución que falta. “Las mujeres son demonizadas por no desear cuando el marido quiere tener sexo, pero también por desear sexo cuando ellas quieren, sin esperar a ser conquistadas, invitadas, cortejadas o aceptadas para tener sexo. En todas sus formas el deseo femenino todavía jode”, escribe Peker. En tiempos en que tres de cada 10 espectadoras de porno son mujeres, según un informe del sitio Pornhub, la del deseo es la última revolución, la que invitan ahora a llevar puertas afuera.

Según la autora, “la raíz del problema es que las mujeres hicieron una revolución y los varones no”, y entonces cita a Eva Illouz Ben Porath, profesora en el departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Jerusalén: “Habría que lograr un modelo de masculinidad moderno, valioso, que no tenga que ver con tener una acumulación de parejas sexuales”. 

El feminismo “no nació de un repollo”, escribe Peker; vino para quedarse y no lo para nadie. No se viste de luto, como en las primeras marchas, ahora se viste de brillantina porque “ya no pide permiso, ni está dispuesto a pasar inadvertido”, asegura. “No nos callamos más”. 

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