Lo que somos y lo que creemos ser

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Nº2072 - al de Mayo de 2020
por Fernando Santullo

La desaparición de compatriotas, de conciudadanos, fue y es una tragedia para la República. Su ausencia, el vacío que dejaron, nos interpela como sociedad y nos recuerda que construir un futuro sobre esa ausencia es construir un futuro rengo. El terrorismo de Estado fue un ataque a la sociedad toda, no solo a los desaparecidos y sus familiares. Para que nunca más vuelva ese terrorismo de Estado es necesario saber dónde están. La responsabilidad colectiva no cesará hasta que esa pregunta tenga respuesta. Y, mucho me temo, acá no hay partido que valga, ya que en este asunto ninguno ha demostrado especial valía. Por eso creo que este es un asunto ciudadano, y ciudadanos somos todos. Así pues, ¿dónde están?

Dicho esto en apretado resumen, ¿es suficiente? Quiero decir, ¿nos damos realmente cuenta de lo que estamos validando si aceptamos que esa pregunta no tenga respuesta? Es facilísimo reducir este problema a un asunto de partidos o de un clásico “ellos” contra “nosotros” y de hecho ese ha sido el camino que mayoritariamente se ha elegido. Pero si a 35 años de recuperada la democracia, siendo Uruguay parte del grupo de democracias más consolidadas del planeta, no nos damos cuenta de la clase de puerta de atrás que dejamos abierta en esa falta de respuesta es que quizá no somos tan democráticos como creíamos. A ver si logro explicarme.

Los partidos son representación de la ciudadanía, aunque de esa idea no se deriva automáticamente que lo sean en todo asunto y todo el tiempo. Como ocurre con cualquier institución, sea un partido, una asociación filatélica o un club de bochas, una vez instituida comienza a tener una lógica propia que tiene que ver y mucho con su preservación. Esto es, con mantenerse, existir y, en el caso de los partidos, expandirse. Por eso insisto con regularidad en esto: el interés ciudadano puede ser articulado por los partidos, pero no se reduce a los partidos. Hay temas esenciales, incluidos aquellos que atañen a la consistencia misma de la democracia, que no siempre alcanzan a ser representados cabalmente por los partidos ya que, lo llevan en el nombre, solo representan a una parte de la ciudadanía.

¿Qué ocurre con esos temas esenciales, suprapartidarios, en un país tan profunda y radicalmente partidizado como Uruguay? Ocurre que o bien desaparecen de la agenda pública o bien son sostenidos por el grupo, más o menos pequeño, de personas que se interesan en el tema. Esa es la ironía que tiene el problema de los desaparecidos: los únicos que le han dado visibilidad constante, a lo largo de tres décadas largas, son los familiares de los desaparecidos y las organizaciones que trabajan en el tema de derechos humanos. Es verdad, los partidos han incluido de distintas maneras en su agenda el problema, algunos con sectores con franca oposición a cualquier respuesta al respecto, otros que, por razones de imaginario y programa, se han golpeado el pecho, han ido a marchas y han declarado un montón de veces sus mejores intenciones para al final dejar la pregunta sin respuesta o con respuestas parciales e insuficientes. La ironía es que se trata, justamente, de un tema que es central para nuestra democracia, para nuestro proyecto colectivo.

No entender que el terrorismo de Estado no es un ataque sobre unos individuos, sino un ataque a la institucionalidad democrática y a la ciudadanía es no entender lo que se juega en esa respuesta. O en la falta de respuesta. Es verdad, en otros países tampoco se sabe qué ha ocurrido con los represaliados/desaparecidos por dictaduras, pero esos países tampoco han solucionado el problema del impacto que esas sombras tienen para sus democracias presentes. Pienso por ejemplo en España y en cómo el debate en torno a la memoria histórica permanece torcido, completamente partidizado, sumergido en la más pura incapacidad de entender que, si no se supera el asunto de los bandos ideológicos, la única perjudicada es la democracia. Que otros hayan resuelto mal el tema no quiere decir que ese sea necesariamente nuestro destino.

Lo comenté en alguna columna previa: que Uruguay tenga un sistema partidario que funciona de manera estable y casi ininterrumpida desde hace más de 100 años es una de las razones que ayudan a explicar su alto nivel de desarrollo democrático. Pero si reducimos toda la problemática social existente a la cuadrícula partidaria (y eso es algo que hacemos todo el tiempo) hay asuntos que no se van a tratar nunca. Me temo que el tema de los desaparecidos es justo uno de esos asuntos: manipulado por los partidos para acomodarlo, en un sentido u otro, a su agenda, el problema permanece como un agujero negro a pleno sol en nuestra democracia. Uno podría empezar a sospechar que, si el sistema político partidario no ha logrado resolverlo en 35 años, es que quizá no tiene demasiado interés en hacerlo. Y quizá de tan abrumadora que es la capacidad que tienen los partidos uruguayos de controlar la agenda pública, simplemente hemos ido aceptando, como una mancha de humedad que crece en la pared, que su forma de leer la agenda es la única existente.

Mi argumento es, obviamente, que eso no es así. Y que, de hecho, hay temas que son tan nucleares para nuestro interés ciudadano que es simplemente un gesto de desidia, de irresponsabilidad, seguir comprando esa cuadrícula partidaria como único visor de la cosa pública. El tema de los desaparecidos por la dictadura es uno de ellos. Entiendo que existen mil problemas prácticos para instrumentar esa clase de agenda ciudadana para esta cuestión, pero entiendo también que seguir pensándolo en clave partidaria es la mejor forma de dejarlo como hasta ahora. Por supuesto, el de los desaparecidos no es el único problema de este tipo, hay decenas de ellos que necesitan una mirada que supere el marco partidario. Y entiendo que eso es difícil en un país en donde nos hemos acostumbrado a que la “fidelidad” a tal o cual partido puede (y casi debe) traducirse en un empleo estatal como premio a ese gesto perruno.

El problema es que sin ese quiebre, sin lograr estructurar una mirada ciudadana que, al menos en esta clase de asuntos esenciales para la democracia, se coloque sobre un eje distinto al partidario, seguiremos subordinados a lo que las agendas de esos partidos digan sobre esos temas. En algunas cosas eso funciona bien y allí los partidos cumplen con su función de articular y desarrollar políticas. Pero, como prueba la incapacidad partidaria de resolver este tema, eso no siempre ocurre ni siempre basta.

Dejar sin solución ni respuesta uno de los peores efectos de una política de Estado terrorista como fue la de desaparecer personas es una señal de inmadurez democrática que resulta del todo incompatible con los estándares que Uruguay ha alcanzado en la materia. Resolver temas democráticos esenciales, como lo es saber dónde están los desaparecidos, es una forma evidente de consolidar la democracia. Hagamos honor a esos rankings internacionales que nos hacen darnos palmaditas en la espalda. Salvemos, al menos en este tema, la distancia que hay entre lo que somos y lo que creemos ser.

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