Editorial

Los artistas visuales en jaque

4min 2
Nº2016 - al de Abril de 2019
por Adela Dubra

El fenómeno se viene imponiendo: la cultura de lo visual tiene más peso. Para muchos entendidos, el siglo XXI será el de la imagen y las artes visuales. Varios factores contribuyen a ello. Si bien siempre los ricos tuvieron interés en el arte, hay cada vez más millonarios en el mundo y consumir arte provee aspectos, aristas intangibles que a los ricos les importan; el mercado y caudal del arte contemporáneo crecen. Hay cada vez más ferias, bienales, exposiciones costosas y remates. A los grandes sponsors —bancos, financieras y marcas de lujo— les interesa estar en ese mundo (también sucede que la plástica ha sido un territorio donde el lavado de dinero encuentra terreno fértil).

Que el arte esté tan en boga también es gracias a los medios digitales y a las redes sociales, que hacen que rápidamente circulen las imágenes. Nunca vimos tantas fotos, tantos cuadros, tantos videos. 

Si bien el arte siempre es político, está viviendo un momento especialmente político y cada vez más las fronteras se difuminan.

En las bienales las instalaciones y videos, donde se unen fotografía con cine, sonido y performance, es cada vez más común que tengan un claro mensaje político. Por poner un ejemplo: el último premio Turner de Londres fue la exposición más política de su historia; casi no había pintura ni escultura. En ese contexto, con artistas que buscan hacer llegar su mensaje, es preocupante la cantidad que están siendo encarcelados o perseguidos. “En PEN estamos recibiendo más y más pedidos de personas que no son escritores ni periodistas, muchos de ellos son artistas visuales”, dijo Julie Trébault, directora de Artists at Risk Connection (ARC, una iniciativa de PEN). Según sus estadísticas, 64% de los que están buscando ayuda son artistas visuales (los músicos, por ejemplo, están entre los menos perseguidos, representan 8%). 

Estos días llegan a La Trastienda de Montevideo las Pussy Riot y son un buen ejemplo de las formas que toma el arte hoy. El colectivo ruso de punk rock lucha por más libertades en su país; se hicieron conocidas para el gran público en la final del Mundial de Rusia, cuando tres de sus integrantes aparecieron  sorpresivamente vestidas de policía en el partido que jugaron Francia y Croacia; fueron detenidas. Han protestado contra el gobierno de Putin y estuvieron encarceladas. Después del Mundial, Peter Verzilov, un activista allegado al grupo, tuvo que ser hospitalizado porque fue envenenado. Se cree que los servicios secretos rusos fueron los responsables. “Lo que hace Pussy Riot muestra la tendencia de los artistas contemporáneos que se mueven entre el activismo político, el periodismo y el relato histórico”, escribió la crítica de arte Rachel Spence. Otro artista que fue perseguido y estuvo preso es Ai Weiwei. Nacido en Pekín, estuvo el año pasado en Argentina y su obra pudo verse en Fundación Proa. 

En Venezuela, los artistas han salido a protestar contra el régimen. Sigfredo Chacón ha dicho que muchos creadores están registrando y documentando en video y fotos las protestas. El régimen persigue a los que lo critican y a algunos se les ha rechazado la entrada al país; a otros les fueron cancelados sus pasaportes.

Los cubanos, mientras, siguen peleando y últimamente con más fuerza contra el Decreto 349, que impone restricciones a la creación artística y nuevos límites a la cultura. Luis Manuel Otero Alcántara fue encarcelado, al igual que Tania Bruguera, que de 2014 a 2015 fue detenida varias veces por su obra El susurro de Tatlin. La montó en Londres en la Tate Modern. Allí, los asistentes al entrar se enfrentaban con dos policías a caballo moviéndose, haciendo preguntas, tal como lo harían en las calles de La Habana. También la hizo en Cuba. La idea —subversiva— es poner un micrófono y parlantes para que la gente diga lo que quiera. 

“En estos últimos años se está viendo la tendencia a encarcelar artistas y es un cambio grande comparado con el siglo XX, donde los escritores eran más perseguidos”, dice el Financial Times. En parte, apuntan algunos analistas, el hecho de que presidentes como Donald Trump desprecien a la prensa hace que eso cale en otros países. “Regímenes autocráticos se sienten legitimados por los ataques de Trump a la prensa” —dicen—. “Sienten que ya no hay un gatekeeper”. 

En Uruguay han sido muy pocos los casos de censura desde el retorno de la democracia. La muestra de Oscar Larroca fue censurada por el entonces intendente colorado Elizalde. La canción del Cuarteto de Nos “El día que Artigas se emborrachó” fue prohibida en radios en su momento. Más de veinte años atrás, Ricardo Lanzarini intervino el monumento a Aparicio Saravia de Zorrilla de San Martín y el Partido Nacional presentó una denuncia penal. En octubre de 2016, Lucia Topolansky y José Mujica censuraron un cuadro pintado por Julio de Sosa que los mostraba desnudos junto a su perra Manuela. Dos policías se presentaron en la galería céntrica pidiendo que se retirara de la vista del público.

En ocasiones, las restricciones para los artistas son más sutiles. El Estado, con sus fondos, sus premios, sus salones, impone regulaciones; en otros casos pesa la autocensura. Ha sucedido que las salas más importantes son para los artistas afines al gobierno de turno; los viajes y las representaciones en el exterior son para un círculo un tanto sesgado. 

En Uruguay es difícil escuchar las opiniones de los artistas visuales. Las pocas veces que el arte llega a los titulares de la prensa, cuando se instala una polémica, si los artistas opinan, suelen terminar malheridos. Pierden. Por eso, muchas veces, prefieren recluirse en su trabajo. 

2.7.0.0

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.