Foto: Leo Barizzoni

Natalia Oreiro: su tema suena en Rusia, escribe una miniserie y protagoniza Re Loca, sobre una mujer que a los 40 se anima a decir todo lo que piensa

“Los mejores personajes me están llegando ahora”

12min
Nº1976 - al de Julio de 2018
Enrtevista: Patricia Mántaras

Al personaje de Natalia Oreiro en Re loca le cuesta decir lo que le gusta y lo que le molesta. Vive con un artista plástico que, aunque se pasa en la casa, es incapaz de hacer una tarea doméstica. Y ella lo acepta. Su jefe en la agencia de publicidad la ningunea frente a una influencer casi teenager con aires de saberlo todo. Y ella lo acepta. Acepta los insultos y la condescendencia de otros conductores en la calle simplemente por ser mujer. Acepta que el técnico del gas se vaya sin dejar solucionado el problema del agua caliente. Acepta un vínculo de amistad con su ex (que se está por casar) que roza el coqueteo. Pilar está por cumplir 40 años y siente que está varada en un aeropuerto “esperando un avión que no sale nunca”. Pero toda persona tiene un límite, y Pilar (la protagonista de la película) también. Un día decide que no va más y, con algunas reacciones algo extremas, empieza a poner a todo el mundo en su lugar, y su vida también. Ahí empieza la diversión y la catarsis, para ella y para el espectador.

A Natalia Oreiro, en cambio, no le cuesta decir lo que le gusta y lo que le molesta. Hace unos días visitó Montevideo para promocionar la película y, en una entrevista pactada con galería, le pidió (con gran amabilidad) a la periodista (que hasta el momento consideraba que lo llevaba con disimulo) que por favor se deshiciera del chicle. “Es algo que tengo de toda la vida, tiene un nombre y todo”, explica, refiriéndose a esta rara aversión. Se llama chiclefobia (dice Google, no Natalia). “Si te tengo de frente no puedo ver otra cosa que el chicle”, insiste. Una vez eliminado el problema, empieza una conversación que va desde su necesidad de dejar todo claro para evitar malos entendidos y su preferencia por la ironía ante el insulto, hasta sus decisiones artísticas, el vínculo de amor recíproco con Rusia y cómo se lleva con los 40.

Natalia Oreiro. Foto: Leo Barizzoni
Foto: Leo Barizzoni

¿Cómo es que nunca parece dar un paso en falso, que cada decisión artística que toma es un acierto? 
Cuando era chica le decía a todo que sí, imaginate. Era lo que quería hacer y quería, literalmente, comerme el mundo. Después, a medida que fui creciendo y que fui buscando nuevos desafíos interpretativos para resignificar también mi profesión, empecé a intentar no repetir personajes, no repetirme a mí misma, porque cuando hacés algo luego es fácil que te encasillen y que te ofrezcan siempre lo mismo, y es muy difícil dar un giro y hacer algo muy distinto, porque el otro se asusta. Me ha pasado varias veces en mi oficio que quedan un poco descolocados si vengo haciendo comedia y de repente hago drama. Siempre lo llamé el precio de mi libertad, porque tocar solo una tecla o un color me resulta aburrido y creo que eso además se siente, se transmite. También creo que la intuición ayuda. ¿Viste cuando te palpita algo y lo apagás porque te da miedo, o porque te conviene otra cosa? A veces el afuera hace mucho ruido y uno deja de escucharse, entonces en esos casos trato de bajar un cambio, y de meditar. Yo leo bastantes guiones y me cuesta encontrarlos compactos, que si es una comedia me haga reír y si es un drama me pueda comprometer con la situación. Con Re loca lo que me pasó fue que me encantó. Se trabajó mucho el guion, en improvisaciones con los actores. Se fueron generando situaciones de mucha verdad para que los personajes no fueran estereotipos, pero la base me parecía buenísima y no me solía pasar, sobre todo con las comedias, porque yo siento que es más fácil hacer llorar que hacer reír: vos tocás un tema sensible y es un dramón, y la gente se conmueve. Ahora, para hacer reír, el guion tiene que ser un reloj. La idea era muy buena, y era muy actual, entonces le dije que sí a Martino Zaidelis, el director, inmediatamente, y nos embarcamos en esta comedia. Y después es un poco soltar, porque para mí el éxito radica en el esfuerzo, en poner todo mientras uno lo hace; en mi caso es la búsqueda del personaje, la investigación, la composición desde todo punto de vista, el pelo, el vestuario, la forma de hablar. Creo que nunca hay que subestimar al espectador porque la gente ve todo, quizás no todos ven lo mismo, pero cuando vos te detenés en algo y elaborás algo, por más chiquito que sea, alguien lo va a ver y eso se agradece mucho.

¿Se siente más identificada con su personaje, Pilar, al principio, cuando es más de aceptar lo que le pasa, o con la segunda parte, cuando se rebela?
Con la tercera parte, que en un punto es lo que intentamos todos: encontrar una especie de equilibrio interior, sin la necesidad de poner en el afuera o en otro la felicidad, porque da la sensación de que si no estás con alguien no estás completa. Yo creo que en ese sentido las mujeres somos más vulnerables, pero también entiendo que los hombres viven cotidianamente situaciones de estrés, de presión, de maltrato o de destrato; en la calle, con gente que no conocés, o en tu propia casa, con tus amigos, en tu trabajo, de subestimación. Yo siempre tuve mucho carácter, de chica tenía más carácter que ahora, me decían algo y saltaba. Allá le dicen pava a la caldera, y me decían “pava de lata”, porque me calentaba y contestaba. Me decían: “No le contestes así al director”. Era más pasional y más efervescente. Con los años entiendo que parte de conocerse y encontrar cierto equilibrio y seguridad es eso de “Bueno, no me gusta lo que me estás diciendo y te lo voy a decir”. Yo le doy mucho valor a la palabra, el malentendido es algo que trato de que no exista, aunque existe, pero trato de no dar por sobreentendidas ciertas situaciones porque son obvias. No, no es obvio, porque no todos creemos o pensamos lo mismo.

Lo que más me costó del personaje no fue la Pilar más apagada de la primera parte, sino la otra, la loca. Quizás por miedo a pasarme, yo me contengo mucho, no soy de gritar. Por ahí es un justificativo, pero siento que si vos querés defender tu verdad, gritaste y perdiste.

Se asegura de que estén todas las cartas sobre la mesa…
A veces peco de pesada, tipo, “ya me lo dijiste cinco veces, Natalia”. “Bueno, pero no sé si me lo entendiste. ¿Lo entendiste?”. Porque hay veces que te encontrás con situaciones de “ah, no me di cuenta”, y el otro no lo hace por maldad, simplemente porque no lo interpretó así.
Lo que más me costó del personaje, algo que con Martino ensayamos y charlamos mucho, no fue la Pilar más apagada de la primera parte, sino la otra, la loca. Quizás por miedo a pasarme yo me contengo mucho, no soy de gritar. Por ahí es un justificativo, pero siento que si vos querés defender tu verdad, gritaste y perdiste. Y además no digo malas palabras. Entonces pensaba: ¿cómo voy a hacer para decir toda esta catarata? No me salía. Me encerraba en mi casa porque no quería que me escuchara mi hijo, y tenía todo un prejuicio con eso. Después, cuando lo empezás a hacer, es muy liberador putear. Va a parecer que me hago la naif, pero la realidad es que no… yo quizás utilizo algo que es peor, que no me enorgullece en lo más mínimo y lo tengo que trabajar, que es la ironía. Cuando algo me molesta soy irónica, y eso puede ser muy hiriente; no creo que sea una cualidad, para nada. Creo que sería mejor mandar a alguien al carajo que decirle una ironía, pero es lo que a veces me sale, es mi método de defensa, y puedo quedar un poco soberbia.

Después de terminada la película, Oreiro conservó algo de la verborragia impertinente de su personaje (“Cuando terminé salía y mandaba a todo el mundo. Todos me decían: “Che, pará que la película ya terminó”), y también el cambio de look, un corte de pelo con el que se sacó varios centímetros del largo. “Siempre que hago un personaje trato de componerlo de adentro para afuera, pero de afuera también es importante, porque es lo que primero ve el espectador. Ella es una chica muy moderna, trabaja en una agencia de publicidad, y yo no soy moderna, soy más… no sé. Yo no me pongo lo que se usa sino lo que me gusta; tenía el pelo muy largo y dije: 'Este es el corte que este personaje debería tener'. Y me lo corté”.

Diego Torres interpreta al ex de Pilar, con quien mantiene una amistad demasiado cercana por momentos.
Diego Torres interpreta al ex de Pilar, con quien mantiene una amistad demasiado cercana por momentos.

¿Cómo se lleva con el paso del tiempo? ¿Siente que le ofrecen otros papeles?
Creo que eso era antes. Yo no puedo generalizar, intento hablar desde mi lugar, y es difícil porque yo tengo un montón de trabajo. Pero el otro día vino el cumpleaños de una amiga y pedimos sushi­, y cuando llega el chico, que tendría 25 años, a traer el sushi a la puerta me dice: “Ay, si le digo a mi novia que sos vos, no sabés, te seguía desde chiquitita”. “Bueno, mandale un beso”, le digo yo. “¿No trabajás más, no?”, me pregunta, y yo, que venía de Rusia, estaba promocionando la película y me creía mil, haciendo 200 cosas, le dije: “No, sabés que me retiré”, y me responde: “A descansar…”. “Claro, estoy vieja”, le digo. El pibe se fue y yo, que estaba con un estresazo, leyendo guiones, que ahora me voy a Turquía, a Rusia, con el clip, la película… me dio un tortazo. Quedé como: ya me jubiló. Como no estoy haciendo televisión, hay mucha gente que si no te ve ahí, es como que no estás trabajando, te retiraste. Mucha gente también me dice: “¿No cantás más?”, y yo siempre me lo tomo con humor y les digo: “No, no canto más. Qué voy a cantar”, y de repente está en la radio sonando un tema mío. Uno no es el centro de nadie, ni siquiera debería de ser de uno mismo, cuando sos mamá menos aún. O capaz que el pibe sintió que ya es momento de que me jubile (risas). Pero no me voy a jubilar todavía. De chica decía que a los 30 me jubilaba, después dije: “No, a los 40”. Mirá la ignorancia, el prejuicio que tenía con eso. Hoy me siento bien con mi edad, siento que tengo un montón de energía y los mejores personajes como actriz me están llegando ahora; que me han ayudado a crecer un montón los directores con los que trabajé, los actores, sigo estudiando canto. Ahora estoy escribiendo una miniserie que transcurre en los años 20.

¿La está escribiendo sola?
Yo escribí toda la idea y ahora un grupo autoral con el que estamos trabajando hace el desarrollo de los capítulos en conjunto conmigo. Ya la presentamos en Los Ángeles y conseguimos coproducción­; para hacer época es muy necesario asociarte con grandes empresas. La idea es que salga por aire, por cable y streaming. Los años lo que te dan también es conocerte más y saber al menos lo que no querés. No sé si sabés exacto lo que querés, pero sabes lo que no querés. Y pensar que de chica sentía que los 40 eran como el fin, como el chico del delivery.

¿De qué trata la miniserie?
Transcurre en los años 20 y 30, entre Buenos Aires, Rosario y Montevideo, y habla del tango y de la mafia. Estoy contenta.

En este plan de expresarse libremente, hace un par de semanas Oreiro manifestó su disconformidad con la discriminación que aún viven los homosexuales en Rusia, un país en el que la actriz y cantante uruguaya es ídola indiscutida. La ropa también comunica, y en una especie de statement llevó a una entrevista en la radio pública un buzo con la estampa de un arcoíris en el frente, que —casualidad o no— también usó para Re loca. Lo vistió aunque allí está prohibida lo que llaman “propaganda homosexual”. Se ha dicho incluso que su canción United by Love, una de las melodías oficiales del Mundial, es también un alegato a favor de la diversidad y del amor en todas sus formas y direcciones.

Lo que me pasa con Rusia es algo sentimental. No fue algo que yo planeara, sucedió de forma natural. La primera vez que fui tenía 20 años, y viajo todos los años; de hecho, vengo de ahí y viajo la semana que viene. Hago conciertos, he hecho series, intento aprender el idioma, ellos me cantan en español.

Su vínculo con Rusia viene desde hace mucho tiempo. ¿Cómo lo cultiva?
Lo que me pasa con Rusia es algo sentimental. No fue algo que yo planeara, sucedió de forma natural. La primera vez que fui tenía 20 años, y viajo todos los años; de hecho, vengo de ahí y viajo la semana que viene. Hago conciertos, he hecho series, intento aprender el idioma, ellos me cantan en español. Mis películas y las novelas las han dado 15 veces, vos vas ahora y hay cuatro canales pasando distintas cosas. Es algo muy raro. De hecho, fueron ellos los que me pidieron que hiciera una canción para el Mundial, y tomaron el tema que yo hice como el oficial, y yo vestida de rusa. Imaginate que si viene un ruso y se disfraza de gaucho, decís: “Pará”. Y sin embargo, para ellos fue un gesto de amor, y lo hice con ese sentido. Yo no encuentro una explicación lógica, quizás creo que lo que te pasa en la infancia te queda marcado para siempre, y nosotros crecimos juntos. Yo era muy chica cuando fui la primera vez, lo primero que se dio allá fue Ricos y famosos, y después Muñeca brava y todas las novelas, las películas, los discos. Viví en Rusia haciendo una serie en ruso, y es hermoso. Hay chicas que se han venido a vivir, o que vienen a conocer Uruguay. Ahora hay una cantante muy conocida rusa que me invitó a cantar con ella un tema, y yo muy agradecida, porque para mí es un pueblo hermoso, superculto, muy sufrido, que tiene una historia admirable. Yo recorrí en el Transiberiano gran parte del interior de Rusia y es alucinante. Con Martín Sastre­ hicimos un documental que intenta descubrir el porqué de este amor mutuo, de alguien que nació en el Cerro de Montevideo y termina hablando con una chica de Siberia como si fueran amigas, porque también lo que les pasa a ellos es que no me ven como una extranjera que viene a cantar. Ellos me llaman Nasha Natasha (y así se llama también el documental, con estreno previsto para este año), que significa “nuestra Natalia”. Ellos saben que yo soy de acá, pero me consideran rusa. Y eso es algo muy especial.

Ahora que vuelve a Rusia, ¿va a participar en la ceremonia de cierre del Mundial?
No, porque en Bielorrusia hay un festival de música muy importante y yo ya me había comprometido para estar los últimos tres días, que coinciden con la final del Mundial. Pero vuelvo ahora a hacer algunos programas, después regreso para seguir con la promoción de la película, que se estrena el 5 de julio, y vuelvo a ir para este festival. En diciembre voy otra vez, para mí es como ir a Colonia (risas).

Hugo Arana es quien, de alguna manera, ayuda al personaje de Oreiro a hacer el cambio y empezar a decir lo que piensa.
Hugo Arana es quien, de alguna manera, ayuda al personaje de Oreiro a hacer el cambio y empezar a decir lo que piensa.

¿Tuvo algún contacto con la selección uruguaya cuando estuvo allá?
Estuve en la despedida de los jugadores que se hizo acá, muy emocionante. Llevé a mi ahijado, Bruno, que es chiquito, y yo, que soy repudorosa, les pedí fotos a todos los jugadores. “¿Les puedo sacar una foto con mi ahijado?”, y les sacaba una foto con el celular de Bruno. Fue la primera vez que quiso ir a la escuela al otro día, para mostrarle a todo el mundo que tenía fotos con todos los jugadores.

Usted hincha por Uruguay, pero, ¿por quién hincha su hijo, Atahualpa?
Por Argentina. Y el otro día, que jugaban Rusia y Uruguay, hinchaba por Rusia. Y yo le decía: “Escuchame, ¡tu madre es uruguaya!”.

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