Los métodos para ellos

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Nº1981 - al de Agosto de 2018
por Pau Delgado Iglesias

Lo vivido en los últimos meses en torno a la legalización del aborto en Argentina ha demostrado la capacidad que tiene una sociedad para interpelar a su clase política, generando reflexión y promoviendo el diálogo sobre un tema históricamente relegado. Las miles de personas que se movilizaron por esta causa (en distintas ciudades del mundo), exigían a las instituciones argentinas respuestas concretas en materia de salud sexual y reproductiva, bajo el lema: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. Pero para alcanzar estos objetivos, no solo se necesita modificar los sistemas de educación, salud y justicia de un país, sino que también son necesarios profundos cambios culturales, que permitan expandir lo que entendemos por salud sexual y salud reproductiva.

En Uruguay, el proceso de despenalización del aborto también puso sobre la mesa, en su momento, el debate de temas largamente ignorados, y mientras la despenalización no se hacía efectiva, se fueron generando cambios en el sistema de salud, tendientes a ampliar algunos conceptos. Hace 10 años atrás, en diciembre de 2008, el Parlamento uruguayo aprobaba la Ley 18.426 de “Defensa del derecho a la salud sexual y reproductiva”, con el veto del doctor Tabaré Vázquez a los capítulos relativos a la interrupción voluntaria del embarazo. Aunque luego del veto presidencial la ley perdió “el espíritu” con que había sido redactada (despenalizar el aborto), su reglamentación representó un punto de inflexión en cuanto a los “discursos” de control de la fecundidad: por primera vez se empezaba a hablar sobre el control reproductivo de los varones, y la vasectomía entró en la “canasta básica” de los métodos anticonceptivos que las instituciones de salud mutual debían ofrecer.1

El enfoque “inclusivo” que tenía la norma la transformó en una ley “de avanzada” para la región; sin embargo, la vasectomía siguió siendo un método anticonceptivo muy poco utilizado en Uruguay. Podría argumentarse que el hecho de que se trate de un método definitivo (aunque pueda ser reversible) hace que sea menos elegido ante otras opciones, pero la realidad es que su falta de popularidad tiene también otras causas más complejas. Tanto en nuestro país como a escala internacional, la responsabilidad primaria (y a veces exclusiva) de prevenir el embarazo, ha recaído siempre en las mujeres. Esta carga desigual está asociada a amplias narrativas sociales, que son también reproducidas desde los propios “proveedores” de salud. En un estudio sobre anticonceptivos basados en el cuerpo masculino, en Estados Unidos, Katrina Kimport (Social Science & Medicine, 2018) estudia cómo los efectores de salud fomentan la “feminización de la anticoncepción”, desestimulando en sus pacientes el uso de anticonceptivos masculinos (coito interrumpido, preservativo masculino y vasectomía), al enfatizar las desventajas, pero sin señalar las ventajas de estos métodos (por ejemplo, la alta eficacia de la vasectomía o la ausencia de efectos secundarios de los preservativos).

El ejemplo más claro del desinterés social, cultural y científico por equilibrar mejor la responsabilidad de la anticoncepción, es la dolorosa lentitud en el proceso de aprobación de la píldora anticonceptiva masculina. Durante años, la falta de financiamiento para la investigación sobre el tema se debía al escaso interés de la industria farmacéutica en desarrollar un producto que consideraba que los hombres no iban a querer usar. En 2016, el desarrollo de una inyección anticonceptiva para varones fue detenida luego de que, tras haber sido probada en 320 hombres, 20 de ellos declararan que los efectos secundarios eran intolerables. Los efectos mencionados incluían: depresión, dolor muscular, cambios de humor, acné y cambios en la libido, que curiosamente son los efectos secundarios “menores” de la píldora anticonceptiva femenina (que reporta, además, otros efectos más riesgosos como trombosis venosa profunda o cáncer de mama). El hecho de que el testeo haya sido interrumpido por unos pocos casos de efectos secundarios menores, deja en evidencia el doble estándar con que se maneja la comunidad científica, que parecería considerar admisibles los costos físicos de la anticoncepción cuando estos recaen sobre los cuerpos de las mujeres, pero no los tolera cuando se trata de cuerpos masculinos.

Finalmente, en marzo de este año, la Universidad de Washington dio a conocer un estudio que demostró que la DMAU, una de las píldoras masculinas en desarrollo, es segura y eficaz —aunque probablemente todavía tendrán que pasar muchas otras pruebas antes de que la podamos encontrar en el mercado.

Tanto la incorporación de la vasectomía dentro de la oferta del servicio de salud mutual uruguayo, como el avance en el desarrollo de la píldora masculina a escala internacional, requirieron previamente de profundos cambios culturales para llegar a ser posibles. Más allá de lo que haya decidido ayer el Senado argentino, los cambios culturales que estamos viviendo en el mundo van a seguir generando consecuencias hacia el avance de la igualdad.

(1)Valeria Grabino 2014, Tesis de Maestría en Ciencias Sociales UNGS-IDES, sin publicar.

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