Creador del programa de educación alimentaria Educocina, Diego Ruete les enseña a niños y padres a cultivar, cosechar, cocinar y comer de todo

“Los niños urbanos están desconectados del origen de los alimentos”

10min 1
Nº2028 - al de Julio de 2019
por Marcela Baruch Mangino.

Formado en Educación Inicial y Gastronomía, Diego Ruete fue maestro preescolar durante años antes de encontrar su camino en la educación alimentaria. Su trabajo se centra en enseñar a niños de escuelas públicas y privadas a cocinar, comer, plantar y cosechar a través del concepto Educocina, que creó junto a su esposa Inés Marracos. Bajo este paraguas, juntos llevan adelante Petit Gourmet —una escuela en Pocitos— y recorren cientos de instituciones al año dictando cursos. “Cada año llegamos a unos 3.000 niños de escuelas públicas del país”, cuenta Ruete. Con el título Educocina, además, acaban de publicar un libro-manual que recoge historias y herramientas para encarar la tarea de introducir a los niños en la alimentación. “Lo pensamos para educadores, pero es un material de apoyo para todos los padres”, dice Ruete al respecto. Esta obra se suma al título Hoy cocinamos nosotros, de 2016.

Histriónico, a sus 43 años Ruete habla con pasión de su profesión, recuerda en voz alta la canción que crearon sus hijas Lola (11 años) y Juana (9 años) para venerar al alcaucil —su comida preferida—, y el nacimiento accidental de su plato estrella, la tortilla voladora de verduras. “Con Inés no inventamos nada, pero creemos que hay un gran debe en las escuelas y en las casas respecto al contacto entre el niño y los alimentos, principalmente porque ya nadie cocina”, opina. 

¿Cómo surgió Educocina?

Soy educador preescolar desde el año 95 y trabajo desde los 18 con niños. También estudié Educación Física e intenté cursar Ciencias de las Comunicación, porque me encanta filmar y editar, pero me di cuenta de que no era para mí. Me gusta la acción, entonces estudié cocina en el ITHU. 

¿Cuándo empezó a cruzar la educación inicial con la gastronomía?

Me acuerdo que ya en 1999, cuando hacía la producción gastronómica en el programa de Sergio Puglia en el Canal 5, un día entrevistó a una directora de Codicen. Salí al aire y le pregunté: “¿Van a cocinar los niños en la escuela?”. Se lo tomó como un comentario divertido, pero se ve que yo ya tenía la semilla de esto adentro.

Después de eso trabajé y viví en José Ignacio y Europa. Volví a Uruguay para el casamiento de mi hermano, donde conocí a Inés. Con ella y otro amigo, ese verano agarramos la concesión del club de Playa Verde e hicimos el primer taller de cocina para niños. Después nos fuimos de viaje y cuando volvimos ya no pude trabajar más en la cocina, era muy sacrificado para ganar dos pesos. Entonces volví a la educación, primero en el St. Catherine’s, St. Brendan’s y por último en el Alemán, pero esta vez la agarré por otro lado: motivé a los directores para hacer una huerta y usar más la cocina. Al principio me costó que vieran el potencial, pero después de que funcionó, eran ellos los que les mostraban la huerta a todos los padres nuevos en las visitas al colegio. 

Uno de tus hits es la tortilla voladora de verduras, los niños se enloquecen con la canción y la acción. ¿Cómo surgió?

Un febrero vuelvo a clase y la dirección del colegio me dice: “Diego, ordená la huerta que empieza el año y tenemos que limpiar todo eso”. Estaba todo crecido. Donde ellos veían un asco yo encontraba zapallos enormes, tomates, acelgas, era una selva de alimentos. Les dije que no, que íbamos a cosechar, limpiar y cocinar con los niños. Conceptualmente, no existía eso como una herramienta educativa. En esa vuelta a clases surgió la tortilla voladora; había acelgas, huevos y nos pusimos a cocinar. La canción de la tortilla voladora es un hit, se te pega más que la de Maneco.

¿Solo enseñás a los niños a cultivar, cosechar y cocinar?

Las modalidades son infinitas y se personalizan para lo que quiere y puede cada institución. Llegamos a ofrecer talleres para favorecer conocimientos de biología, matemática, inglés. A veces vamos nosotros, y otras vienen ellos. El formato más estándar es que los niños vienen dos horas, hacemos tres recetas, merendamos, sembramos una semilla en una maceta, y se llevan a la casa la receta, la maceta y algo de lo que no se llegaron a comer acá.

¿Cómo nace Petit Gourmet como espacio?

En el colegio los alumnos me pedían cocinar más. Entonces, con Inés vivíamos por el Zoológico y decidimos acondicionar un cuarto que no usábamos y los empezamos a llevar a casa a hacer talleres. De esos encuentros subimos unos videos a YouTube, que todavía están, y así se empezó a correr la voz. Esos chicos ya tienen 19 años. Todo se dio en 2006 a través de las redes sociales, siempre les agradezco. 

Me gusta mucho lo audiovisual, tendría un programa de televisión, pero no me da el tiempo, tengo mucho material que queda como una historia en Instagram o una foto. De las salidas a las escuelas públicas y los talleres en los colegios donde hacemos músicas con el amasado salen cosas espectaculares.

En 2007 compramos esta casa en Viejo Pancho. Demoramos un año en reformarla para construir un taller de cocina separado de la casa, donde además vivíamos. Había nacido Lola e Inés estaba embarazada de Juana. Nos dimos cuenta de que era mejor trabajar con muchos colegios que con uno solo, entonces invitamos al Alemán a hacer un taller acá. Ese mismo año el Hospital Británico nos convocó para hacer los primeros talleres. El contacto con esas dos organizaciones nos dio respaldo y contagió a los demás. 

Al poco tiempo hubo que agrandar el espacio. Hoy perdí la cuenta de las instituciones que trabajan con nosotros, llegan colegios que no conocemos. Hace dos años y medio como familia decidimos mudarnos para dejar este espacio solo para Educocina.

¿Cuántos años pueden tener los niños que vienen?

Antes dejábamos venir niños de cuatro años en adelante, por un tema de tiempo de atención, pero después fuimos encontrando estrategias para poder atraerlos, y ahora aceptamos de dos años. Hacemos plástica, huerta, les hago cuentos.

¿Hay padres que envían a sus hijos a Petit Gourmet para que les enseñen a comer solos o a cortar con el cuchillo, por ejemplo? 

Si son tan directos de decirme eso les respondo: “Nosotros no hacemos magia”. Nuestro trabajo consiste en estimular a los niños, presentarles alimentos de verdad de diferentes formas y muchas veces tenemos éxito, pero nosotros no arreglamos esto. Los niños a la escuela van a aprender, pero los educás vos. Si en tu casa no comés verduras, no esperes que tu hijo coma verduras, porque si las come va a ser casualidad o de contra. No repitas nunca delante de él: “Te lo traigo porque no come nada”. Porque le reafirman eso de que no come nada, de que no le gustan las verduras.

La cocina, además, es una herramienta para fortalecer las habilidades motrices, la tolerancia a la frustración, trabajar la paciencia, la comunicación. A veces, padres e hijos no encuentran un lugar común, no saben cómo invitarlos a la cocina, atraerlos y sostenerlos. No van a hacer ravioles del principio hasta el fin, pero a veces son 10 minutos en los que les prestás un cuchillo, que les favorece la autoestima, les da seguridad. Más que cortarse un dedo un poquito o quemarse no le va a pasar. 

Si sabés manejar un cuchillo desde los dos años, a los siete sos independiente. Hay niños de siete años que no saben cuánta fuerza hay que hacer para romper un huevo, agarran el huevo y lo tiran en el bol con todo, porque nunca lo hicieron. Esos niños no saben lo que es un puerro, un nabo, ni de dónde salen porque nunca los comieron ni los vieron. 

Los niños urbanos están desconectados del origen de los alimentos. Hicieron un germinador en la escuela, llevaron un poroto, lo pusieron en el germinador y el poroto creció, largó hojitas verdes y terminó ahí. Alguno, capaz, lo llevó a la casa y salieron vainas y más porotos, y guau. Ese es el 1%. Ese es su contacto con la naturaleza.

Las escuelas públicas tienen patios enormes y más tierra, pero tampoco se usa mucho la cocina y la huerta. Dependen del amor de un maestro que diga: “Me lo pongo al hombro”. Sostener eso sin el apoyo de una institución es muy difícil.

Diego Ruete cocina con sus tres hijos: Lola, Juana y León
Diego Ruete cocina con sus tres hijos: Lola, Juana y León

¿Qué le recomendaría a un padre que quiere empezar a cocinar con sus hijos?

La gente no cocina. Los padres tienen miedo de meter a los niños en la cocina, creen que es un lugar peligroso, que sí lo es, pero es donde se desarrollan los mejores aprendizajes. El cuchillo, el horno. Es una buena forma de aprender que si no seguimos las reglas van a suceder cosas que no queremos, tenemos que entenderlo y explicarlo, como lavarse las manos, no correr, no empujarse. 

Hay que asimilar que no se está perdiendo el tiempo, es salud física y familiar, es educación. Podemos usar la cocina para dar ejemplos concretos a cosas que en la escuela son abstractas. Podés pedirles que te midan una taza de harina, que calculen cuánto pesa cada mandarina. Son ejercicios simples, prácticos, divertidos, que si los tomás como un juego puede ser divertido.

En casa, por ejemplo, mis hijas ahora se turnan para hacer el arroz. Estuvimos un buen rato para que calcularan cuánto lleva de agua una taza y media de arroz, pero lo sacaron. Son detalles. 

Otra estrategia es llevarlos a hacer las compras, que aprendan a elegir, a mirar, que huelan, que escuchen en la feria cuánto salen las cosas,  hacerlas dialogar con el feriante, para que venzan la timidez. Incluso dejarlos pagar y pedir el vuelto.

También podés preguntarles de qué color querés comer hoy, y buscar recetas en Internet sobre cómo cocinar esos alimentos si no sabemos. 

En sus talleres los niños se animan a probar más cosas que en casa. 

Siempre cuento dos anécdotas. La primera es la de un niño con el que estábamos haciendo un licuado de frutas con palta y mango. Empiezo a servir y Mateíto dice: “A mí solo me gusta el multifrutal”. Otro le contesta: “Este licuado es multifrutal”, pero no, para él el multifrutal era el de caja. 

La otra es de una nena que mientras esperaba que la vinieran a buscar se quedó tomando un licuado de remolacha. Al verla, los chicos de la siguiente clase le preguntan: “¿Qué estás tomando?”. Ella responde: “Un licuado con remolacha”. “Qué asco”, gritan. Y ella les contesta: “Yo pensaba lo mismo y ya me tomé dos vasos”. 

En uno de los colegios donde trabajamos hacemos el almuerzo, y siempre preparamos cinco ensaladas de vegetales frescos, con lechuga, zanahoria y lo que haya de estación. Nos encontramos con niños que nunca comieron repollo, pepino o brócoli, pero de repente ven que el de al lado se come todo y se contagian. En parte esto pasa porque tenemos un sistema de puntos verdes, el que come todo y completa los puntos verdes en la lista de alimentos del día es declarado Rey tenedor, ahora hay Iron Man tenedor, Hulk tenedor. Este sistema también nos permite contarles a los padres qué alimentos comieron, porque ellos se llevan el menú a casa. 

¿El camino para conectar con la cocina y la comida desde niños sería incorporar la educación alimentaria en las escuelas, tener clases de huerta y cocina?

Sí. Hace 8 años que recorremos escuelas públicas en Montevideo y el interior del país, pero ANEP y yo no tenemos contacto. Cuando una madre quiere que vayamos, le respondemos que hable con el director y si él autoriza, vamos.

Tenemos que darle prioridad a la alimentación, basta con atender los números. Es impactante el incremento en niños de enfermedades no transmisibles, obesos, con sobrepeso, diabetes, enfermedades cardiovasculares.

Además de la educación alimentaria, durante años desarrolló un proyecto de huertas comunitarias en Montevideo. 

Un día llega Inés Velazco a ponerme el purificador de agua. Me felicita por la huerta. Y me dice: “Tengo un amigo que tiene una casa abandonada en el Cordón y me la presta para plantar”. Era en Pablo de María y Guaná, fuimos y había un laurel enorme, pitanguero, duraznero. Nos dimos cuenta de que solos no hacíamos nada, así que armamos una página en Facebook de huertas comunitarias y pusimos los dos días en los que íbamos a ir nosotros a cuidarla. A la semana teníamos 200 seguidores en la página y a las dos semanas eran 2.000. Ahora no sé cuántos seguidores tiene.

A partir de ese proyecto conocimos a otro señor que nos escribió desde la cárcel de Canelones, privado de libertad. Con él empezamos a intercambiar semillas, y logramos en una oportunidad armar más de  200 plantines de tomates con sus semillas, para niños de escuelas públicas.

¿Cómo se financian los talleres en escuelas públicas?

Hace dos años, Ashoka, que es una organización internacional que apoya a emprendedores sociales, me hizo fellow (becado), y me pagó un estipendio para que el trabajo honorario que hago con las escuelas públicas y las huertas comunitarias tenga un sustento. Y que yo con este dinero trate de darle sustentabilidad. 

Este año, BBVA es el sponsor que financia el trabajo en escuelas públicas en Montevideo y el interior. Ahora les llevamos delantales a los niños, podemos comprar las macetas, los ingredientes. Estas cosas antes se las pedíamos a las escuelas o en Twitter. En las redes sociales encontrás gente increíble, pero me gustaría que aparecieran más empresas que apoyen, que vean el potencial educativo y en salud. Para nosotros es responsabilidad social; si para ellos es marketing, bien también.

Viajan continuamente al interior a dictar talleres. ¿Con qué se encuentran allí?

Ir al interior es mi trabajo preferido. Están ávidos de actividades. Tenemos ese preconcepto de que saben ordeñar y cosechar, pero nos hemos sorprendido en escuelas rurales que ni huerta tienen, que la comida les llega en camionetas de ANEP. Fuimos a una escuela de Canelones rodeada de granjas a la que la comida llega en bandejas, y no pueden aceptar frutas y hortalizas de los vecinos. Está mal organizado.

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.