Santiago Bilinkis. Nicolás Der Agopián

“El desempleo tecnológico es un problema mucho más grueso para Uruguay que para Estados Unidos”, dice el empresario y tecnólogo argentino Santiago Bilinkis

“Los uruguayos educan a sus hijos para el mundo de ayer”

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Nº2038 - al de Septiembre de 2019
entrevista de Juan Pablo Mosteiro

A Santiago Bilinkis, economista de profesión, emprendedor y tecnólogo por convicción, y nerd por naturaleza —está entre el 2% de las personas con mayor coeficiente intelectual del mundo, según la organización internacional Mensa—, siempre le fascinó la tecnología y la ciencia. Y está convencido de que “la educación es la principal herramienta con la que cuentan las sociedades para moldear su futuro”. Sin embargo, para Bilinkis es imprescindible que los sistemas educativos de la región rediseñen sus planes pedagógicos. “Los uruguayos —y también los argentinos— educan a sus hijos para el mundo de ayer”, dice este graduado con medalla de oro en la Universidad de San Andrés de Buenos Aires, que después de recibirse fundó Officenet, un sitio de comercio electrónico de insumos para oficina y creó otras compañías, en su mayoría tecnológicas, como Restorando, con presencia en Uruguay, o Trocafone en Brasil.

En 2010, “gracias al ingeniero uruguayo Pablo Brenner”, Bilinkis fue seleccionado por la prestigiosa Singularity University, en una sede de la NASA en Silicon Valley (Estados Unidos), donde estudió Inteligencia Artificial, Robótica, Biotecnología, Neurociencia y Nanotecnología, una experiencia que le cambió la vida. “Me partió la cabeza, porque hoy los temas de inteligencia artificial y biología sintética están en la agenda, pero en ese momento no estaban en el radar de nadie”. Y entonces empezó a divulgar su conocimiento en radio y en columnas para La Nación, y a dar charlas en foros locales e internacionales. 

Bilinkis visitó Montevideo donde dio una conferencia organizada por Banco Santander, en la que abordó el futuro del empleo, y presentó su nuevo libro, en el que advierte sobre los peligros de las tecnologías del presente. 

Lo que sigue es un resumen de su entrevista con Búsqueda

—Usted dice que la educación atrasa en países como Uruguay o Argentina, donde tenemos “escuelas del siglo XIX, con docentes del siglo XX y alumnos del siglo XXI”, que nacen hiperconectados. ¿Cómo adaptar la educación al mundo que viene?

—La educación tiene un componente inercial brutal porque en nuestros países está apoyada en una supuesta asimetría de alguien que “sabe” y fue formado 20, 30 o 40 años antes y que le transmite lo que aprendió a alguien que “no sabe”. Pero hoy esa asimetría básica está dada vuelta. Hay muchas áreas donde los alumnos saben más que los profesores, y unos y otros lo saben. Y también hay cambios contextuales. Antes tenía sentido memorizar, por si algún día necesitaba un dato. Pero ahora cualquier dato fáctico está a un segundo en el celular, y la memorización perdió su razón de ser. Hoy el alumno se olvida de lo que memorizó un minuto después de que termina el examen. ¡Esto es una farsa! Sin embargo, todos miramos para otro lado y no nos hacemos cargo de eso. 

—Mientras tanto, seis de cada diez uruguayos no terminan Secundaria. ¿Cómo se corta esa hemorragia?

—Es difícil saberlo. Estamos ante un experimento sociológico desafiante y riesgoso, pero inevitable. Vivimos en un mundo que nos ofrece un nivel feroz de estimulación, y nos hemos acostumbrado a ello, casi sin darnos cuenta. Miramos una serie mientras vemos qué se está diciendo en Twitter, opinamos en WhatsApp y damos likes en Instagram. Para los que hoy son chicos, este mundo de hiperconexión es el único que conocen, en aquel que su cerebro fue “cableado”. Yo tengo 48 años y la diferencia con nuestra formación es abismal. Ese es el punto de frustración donde el sistema tiene tanta inercia que cuesta muchísimo cambiarlo.

"Ahora cualquier dato fáctico está a un segundo en el celular, y la memorización perdió su razón de ser. Hoy el alumno se olvida de lo que memorizó un minuto después de que termina el examen. ¡Esto es una farsa! Sin embargo, todos miramos para otro lado y no nos hacemos cargo de eso". 

—¿Y qué alternativa propone?

—Por ejemplo, en vez de combatir la copia, que sea obligatoria. Que los exámenes no solo sean a libro abierto sino a computadora abierta, como en la vida, donde todo lo puramente informativo se obtiene en segundos en Google. Y establecer ciertas condiciones: que la consigna de los exámenes requiera que el alumno identifique varias fuentes, que valide la credibilidad de los datos y les dé crédito a las fuentes, y que así construya un discurso propio bien expuesto. Un alumno que pueda hacer eso está 10.000 veces mejor preparado para el mundo que viene que aquel que te recite de memoria todos los ríos de Europa. 

—¿Alcanza con incorporar computadoras a las aulas?

—¡No! Si este sistema educativo no adopta herramientas que cautiven el interés y la atención de los alumnos, incorporar computadoras al aula no servirá de mucho. Nadie sabe qué va a funcionar, pero sí que hay que armar un sistema nuevo, para el que no hay una receta única. Es momento de experimentar, de probar cosas, y obviamente asusta un poco, porque son experimentos con seres humanos.

—¿Y qué pasa si estos experimentos salen mal?

—Bueno, este sistema educativo de hoy ya está saliendo mal... Ya no da cuenta de los intereses de los chicos, no los prepara para el mundo que viene. Perdidos por perdidos, probemos cosas distintas. 

—¿Dónde están las mayores resistencias al cambio?

—Por un lado está la brecha generacional entre docentes y alumnos. Una persona que tiene 40 años se formó en un mundo muy distinto al de un chico de 10. En muchos sentidos, el menor está más ajustado a su entorno. Como resultado, docente y alumno hablan dos “idiomas” distintos, y la brecha entre ambos se ahonda con rapidez. Por lo tanto, a menos que los docentes tengan un fuerte reentrenamiento que los familiarice con las tecnologías más avanzadas, la transmisión educativa está seriamente amenazada. Otro dato es que las autoridades que toman las decisiones en política educativa suelen ser aún mayores que los docentes, lo que fortalece tanto esa brecha como la resistencia al cambio.

—¿Cómo debe plantarse el docente en el aula cuando lo tradicional, “la clase magistral”, no va más?

—Hoy el rol del profesor tendría que ser más el de un curador: articular diferentes fuentes y tecnologías disponibles en el mundo para generar una experiencia educativa multimedia, corriéndose del centro, en vez de pararse al frente de la clase y explicar un tema que estudió hace 20 años, que no puede competir con los dispositivos tecnológicos. Pero en las aulas se siguen haciendo las cosas al revés: se usa el tiempo presencial para dictar clase y dar información que el alumno podría recibir en casa; y se ordenan tareas domiciliarias, cuando el ejercicio en clase es la clave para el rol de “mentor” del docente: trabajar con proyectos, en equipos y atento a los intereses y necesidades de los jóvenes. 

"Está la brecha generacional entre docentes y alumnos. Una persona que tiene 40 años se formó en un mundo muy distinto al de un chico de 10. En muchos sentidos, el menor está más ajustado a su entorno. Como resultado, docente y alumno hablan dos “idiomas” distintos, y la brecha entre ambos se ahonda con rapidez".

—Ahora, el docente puede decir: “Todo muy bien, pero me formaron para otra cosa, no para ser ‘mentor’ de mis alumnos”. ¿Qué responde a eso?

—Entiendo que a muchos no les guste cambiar y no quieran aggiornarse. La mayoría de los adultos (sea en el rol de padres o de profesores) tiene la convicción subyacente de que es bueno dar a los chicos lo mismo que funcionó para ellos. Pero es necesario hacer la transición, que es desgastante, pero una vez hecha los docentes estarán mucho mejor. La nueva docencia es mucho más interesante que la tradicional. En el fondo, es una formación dificilísima que debería estar muy bien remunerada porque requiere habilidades muy difíciles de sostener. El problema más complicado que tiene la educación hoy es que te ofrece respuestas para preguntas que no te estás haciendo.  

—Sin embargo, los uruguayos suelen ver estos cambios como “asuntos del Primer Mundo”, lejanos... 

—Los uruguayos están equivocados, porque muchos de estos cambios ocurrirán acá antes que en el Primer Mundo. El problema del desempleo tecnológico llegará mucho antes a Uruguay que a Alemania o a Japón, porque la fuerza laboral y el perfil de trabajo acá son más precarios. En cierto sentido esto de “acá todo llega más tarde”, en este caso se invierte: el desempleo tecnológico es un problema mucho más grueso para Uruguay que para Estados Unidos. Si se mira qué porcentaje de la población tiene título universitario y formación para trabajos más avanzados versus que seis de 10 uruguayos no terminan Secundaria, que no comprenden textos, que no tienen una buena base matemática, será muy difícil trabajar con ellos. Los uruguayos, y también los argentinos, educan a sus hijos para el mundo de ayer. 

—¿Qué pasa con la responsabilidad de los padres, por ejemplo, a la hora de hacer respetar su autoridad y poner límites, sin caer en excesos autoritarios? 

—El otro día escuché una frase muy divertida: “La nuestra es la generación más obediente de toda la historia, porque de chicos obedecimos a nuestros padres y de grandes obedecemos a nuestros hijos”. Cada vez más, los chicos deciden todo y los padres obedecen, mientras la escuela necesita del apoyo de los padres y muchas  veces recibe exactamente lo contrario. El caso extremo es cuando los padres se vuelven defensores absolutos de sus hijos y atacan hasta físicamente al docente que reprueba al alumno, o incluso recurren a la Justicia para revertir sanciones por faltas disciplinarias del hijo. Está en el mejor interés de los padres que sus hijos aprendan que los actos tienen consecuencias, y que el aprendizaje de que hay que hacerse responsable de las propias macanas es más importante que la tabla del dos. 

Santiago Bilinkis
Foto: Nicolás Der Agopián

—¿Y entonces qué debería tomar en cuenta un joven al decidir su carrera?

—Hay dos problemas al elegir una carrera: por un lado, no sabemos a dónde te lleva y cómo es la salida laboral hoy; por otro, buena parte de las profesiones actuales van a desaparecer. Hay mucha gente preparándose para profesiones que al momento en que terminen de formarse habrán dejado de existir, al menos como las conocemos hoy. No es que dejará de existir algo llamado Medicina y alguien llamado médico. Pero el ejercicio de esa profesión querrá decir algo muy diferente. Muchos jóvenes ven que la Universidad no les resulta útil, y muchas empresas también: Google, Apple, IBM ya no están pidiendo en Estados Unidos título universitario como garantía de idoneidad; piden que demuestres otras habilidades. Hace 10 años las empresas buscaban candidatos con cualidades duras, como puntualidad, experiencia y conocimiento. Hoy buscan otras características, como flexibilidad, resiliencia y creatividad. 

—¿Pero entonces qué sentido tiene invertir cinco o seis años en adquirir conocimientos que después son poco aplicables al mundo? 

"El problema del desempleo tecnológico llegará mucho antes a Uruguay que a Alemania o a Japón, porque la fuerza laboral y el perfil de trabajo acá son más precarios".

—Hay que tener un enfoque más generalista de la formación. Y claramente hay que dinamitar la idea de que uno solo estudia entre los cinco y los 25 años, y después trabaja; no estudia más, a lo sumo hace un posgrado o toma un curso. Porque los trabajos cambiarán a un ritmo que exigirá adquirir nuevas habilidades permanentemente y el que se duerma está frito. Es un cambio muy grande, desde la política pública, lo actitudinal de las personas y el pensamiento de las empresas, que tendrán que destinar un porcentaje del tiempo laboral a que la gente se actualice y reentrene. 

—¿Cuánto tiempo lleva esa transformación de fondo?

—Para arreglar la educación en nuestros países es necesaria una política de Estado consistente, cambie el gobierno que cambie —sea de izquierda, de derecha o de centro—, venga quien venga. Una transformación profunda requiere de un esfuerzo concertado y sostenido de 25 años. 

—¿Cómo pensar a 25 años cuando la mayoría de los políticos están centrados en la coyuntura? 

—Esa es la pregunta: ¿qué político acepta pagar las cuentas de un cambio que terminará beneficiando a quien gobierne muchos años después? Además, está el alto grado de sindicalización docente, que agita el conflicto con medidas de paro, lo cual tiene un efecto grande sobre la popularidad de un gobernante. Pero, en palabras de Herbert George Wells: “La historia es una carrera entre la educación y la catástrofe”. O como dijo el expresidente de la Universidad de Harvard, Derek Bok: “Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia”. 

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