Nobleza obliga

Malcriada

4min
Nº1976 - al de Julio de 2018
por Claudia Amengual

En la ciudad de Buenos Aires, las calles Viamonte, Cerrito, Tucumán y Libertad circundan un espacio donde se cultiva un jardín de belleza. Desde su majestuoso exterior hasta los mármoles del foyer y la gran escalinata, las teselas coloridas de los pisos, los soberbios salones y galerías con influencia francesa, la magnificencia de la sala principal con sus terciopelos y su cúpula pintada por Raúl Soldi, el Teatro Colón se ofrece como una fruta nutricia para el alma y los sentidos.

En sus entrañas ―fuera de la vista del público, en dos subsuelos que se extienden hasta la mitad de la avenida 9 de Julio― late la vida íntima. Allí, un enjambre de artistas de especialidades diversas zumba y revolotea entre los talleres de carpintería, vestuario, maquinaria, escenografía, escultura, maquillaje, peluquería y más. Allí también funciona el centro de documentación, y un piso arriba, a la izquierda del foyer, la biblioteca cuyo acervo asciende a unos siete mil ejemplares. Agregado a todo eso, el Instituto Superior de Arte ―que en 1960 fusionó las distintas academias― constituye un centro de formación para profesionales de la danza, la música, la actuación y el canto. Así, el Teatro Colón se alza como un gigante cultural que abraza, cuida y propicia la mejor versión de los argentinos.

Desde su inauguración en el actual emplazamiento, el 25 de mayo de 1908, el teatro ha sido testigo de la agitada vida bonaerense y ha acompañado el devenir histórico de la República. Por su escenario han pasado figuras de la talla de Igor Stravinsky, Camille Saint-Saëns, Manuel de Falla, Arturo Toscanini, Herbert von Karajan, Zubin Mehta, Claudio Abbado, Daniel Barenboin, Enrico Caruso, Beniamino Gigli, Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, José Carreras, María Callas, Montserrat Caballé, Kiri Te Kanawa, Renée Fleming, Anna Pavlova, Rudolf Nureyev, Maia Plisetskaya, Mijail Baryshnikov, Antonio Gades y, más cerca en el tiempo, Julio Bocca, Maximiliano Guerra y Paloma Herrera, actual directora artística del Ballet Estable. La impactante lista es más amplia y compone una constelación rutilante de estrellas cuyo brillo añade prestigio al teatro. Aunque no es aventurado afirmar que el teatro devuelve la gentileza y también añade prestigio a sus respectivas carreras. Actuar en el Colón no es para cualquiera.

Hace unos días estuve en el teatro, primero en una visita guiada ―interesante y bien conducida, aunque con sabor a poco― y luego durante una función de Coppelia. Fui unos minutos antes con la intención de observar la entrada del público  e iniciar―cómo no hacerlo― la obligada serie de comparaciones entre esa experiencia y la que suelo tener en los teatros de Montevideo. Ingresé por la calle Libertad y ascendí por la escalinata central rumbo a una de las butacas de la platea baja.

En el aire perfumado de la tardecita pasaron a mi lado brillos y pieles, pero también paños, lanas y pantalones vaqueros. La vestimenta ―indicadora de costumbres― parecía haber cedido al proceso de igualación que solo pide corrección y pulcritud, lejos de la exigencia del lujo o la estricta etiqueta. Es posible que aún hoy algunos vayan al Colón a hacerse ver por otros y que en ciertos eventos de gala se extreme el esmero por el acicalamiento, pero en esa función a la que asistí, una función corriente, no sentí que el espíritu primordial fuera el de lucirse, sino el del puro goce estético.

Ese acostumbramiento a lo excelso desarrolla la capacidad de apreciación estética, afina la sensibilidad, entrena los sentidos, permite reconocer lo bueno, nos vuelve más exigentes, pero también apacigua nuestra capacidad de sorpresa.

El espectáculo comenzó con puntualidad y la respuesta del público al esfuerzo de los artistas fue cálida ―quizá no en exceso entusiasta―, respetuosa y agradecida. La perfecta acústica permitió el lucimiento de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires dirigida por Martin West, ¡y cuánto hace la diferencia que haya una orquesta! Al final de los tres actos, después del saludo de los bailarines y extinguidos los aplausos, no me moví de la butaca y me permití unos segundos de recogimiento.

Estaba contenta, pero no me sentía pletórica de bienestar, con esa sensación de felicidad absoluta que he experimentado ante hechos artísticos y que reconozco en mí porque me hace sentir leve, vacía y plena a la vez, como elevada del suelo. Un poco decepcionada ante mi falta de entusiasmo, me pregunté cuál sería la causa y no tardé en saber la respuesta. Sonreí satisfecha.

Había ido al Colón a sorprenderme con una experiencia impactante. Pero la sorpresa es una conmoción espiritual que surge ante lo inesperado, distinto, maravilloso, nuevo. Y la verdad es que, sin dejar de reconocer la monumentalidad del Colón y la grandiosa historia que alberga, debo admitir que llegué a su sala malcriada por la deliciosa costumbre de asistir a los espectáculos que ofrecen nuestro Teatro Solís y nuestro Auditorio Nacional del Sodre Dra. Adela Reta. Ese acostumbramiento a lo excelso desarrolla la capacidad de apreciación estética, afina la sensibilidad, entrena los sentidos, permite reconocer lo bueno, nos vuelve más exigentes, pero también apacigua nuestra capacidad de sorpresa.

Mientras atravesaba la puerta del teatro hacia la noche porteña exaltada por un evento deportivo mundial generador de fervores nacionalistas que comparto hasta cierto punto pero cuyas dimensiones no siempre entiendo, sentí orgullo de ser uruguaya y fortalecí una de mis más fuertes convicciones. Y es que el Uruguay merece ser conocido en el exterior también por sus estupendas manifestaciones artísticas. Tuve el impulso de correr tras las personas que ya se alejaban del teatro y decirles: “Vengo del otro lado del río. Crucen, vayan, vean qué bien sabemos hacerlo”.

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