Mi candidato favorito

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Nº2017 - al de 2019
por Fernando Santullo

El otro día escuchaba en la radio a un candidato que decía que él no quería prometer nada que no pudiera cumplir. Que para él, la idea de que quien aspira a gobernar se dedicara a prometer empleos como quien ofrece bolsitas de sorpresas en un cumpleaños infantil, resultaba absurda y no tenía nada que ver con hacer política. Que la política era antes que nada la compleja tarea de buscar acuerdos entre las distintas visiones de país que tienen los distintos actores sociales. Y que por eso, en el mejor de los casos, un candidato a presidente lo mejor que puede prometer son políticas diseñadas para mejorar las expectativas de empleo de la población.

El político creía necesaria una ley que hiciera transparentes los aportes a las campañas electorales, como forma de evitar que se crearan (y desarrollaran) lobbies­ detrás de los políticos, que usando su mayor capacidad económica instrumentaran dentro de un futuro gobierno una agenda favorable a sus intereses por encima del interés común. Y que él, personalmente, no entendía del todo bien cuál era el sentido de involucrarse en política para aquellos que no se interesan de verdad por la gestión de la cosa pública. A menos que fuera por dinero y/o poder, claro, que son los dos motores preferenciales de quienes se arriman al cortijo político.

Más adelante, en la entrevista que le hacían, el político decía que antes de invertir un peso en infraestructuras que son disfrutadas y utilizadas sobre todo por la clase media y los sectores más pudientes, él apostaba por invertir en garantizar los mismos servicios a todos y cada uno de los ciudadanos del país. Que construir ciudadanía, esa ciudadanía que el debate identitario parece haber tirado al tacho de la basura, comenzaba por que todos los ciudadanos del territorio tuvieran acceso a los mismos servicios públicos. Y recordaba que esos servicios, especialmente la educación, debían ser de calidad.

¿Por qué de calidad? Porque en el caso de que esos servicios sean malos, la brecha que ya existe entre quienes tienen y pueden pagarse algo mejor y quienes no tienen más remedio que usar los servicios públicos, seguirá existiendo. Y el punto de partida de los que están peor seguirá siendo peor. Que esa distancia, hasta donde nos dice la realidad, solo ha podido paliarse cuando las prestaciones públicas son al menos tan buenas como las privadas. Que la tarea de un gobierno es precisamente garantizar que los que arrancan en peores condiciones puedan hacerlo con esa distancia reducida a su mínima expresión, de acuerdo con los recursos públicos disponibles.

El político dijo estar seriamente preocupado con que el sistema educativo sea un expulsor temprano de jóvenes y que quienes completan secundaria sean una minoría por debajo del nivel esperable, dado el Índice de Desarrollo Humano que tiene el país. El candidato dijo estar convencido de que la educación, en especial la pública (por aquello de quienes parten con más desventaja), es la herramienta fundamental que una sociedad tiene para lograr mayores niveles de bienestar y garantizar la igualdad de oportunidades. Y que para esto es necesario que exista un pacto más allá de los partidos para que, gane quien gane, solucionar ese déficit sea prioritario.

Me sorprendía estar escuchando a alguien que, en su apuesta por llegar al gobierno, no tratara a los electores como niños en espera de un helado. Que se animara ya no a ofrecer espejitos y cuentas de colores, sino a detallar con mesura intenciones que a veces tenían poco de luminoso. Un político que trataba a los electores como adultos responsables. Lo nunca visto. Así que seguí escuchando.

Dijo entonces que quería impulsar la transparencia en la gestión, en todos los niveles del Estado. Que esa transparencia es una de las claves para el buen funcionamiento de las instituciones democráticas. Que la opacidad no solo contribuye a la corrupción, al mal uso de los recursos de todos, sino que también contribuye a erosionar el instrumento republicano y democrático. Y es que, decía, cuando se declara que los costos operativos de una carísima infraestructura pública (que obviamente no es gratis, va a ser pagada durante años con los impuestos de todos) son reservados, se le está faltando el respeto al ciudadano, que es quien realmente pone los chanchos para el asunto. Se le está diciendo, de manera poco sutil, que se limite a votar cada X años y que no joda con preguntas complicadas.

Tras una pausa comercial que aproveché para hacerme un café, continuó la entrevista. El periodista le preguntó con qué recursos pensaba hacer todo eso que decía que había que hacer. Y el político, arriesgado, le contestó que entre la batería de medidas que creía centrales estaba la reforma del Estado. En ese momento casi escupo el café: ¿un candidato diciendo que era necesario reformar el Estado y amenazando con que si le damos el voto, lo va a hacer de verdad? Aclaro que me atraganté de risa: todos los candidatos de todos los partidos han prometido siempre lo mismo antes de cada elección pero desde que el país existe a la fecha todos han hecho cero a la hora de llegar al Estado. Peor aún, han desarrollado nuevas formas de usar los empleos en el Estado como moneda de cambio por el voto. Como si esos señores que están temporalmente en unos cargos fueran lo mismo que el Estado.

Y sin embargo, este político parecía serio. Si era capaz de tomar el toro por los cuernos y pedir transparencia en la gestión, transparencia en el financiamiento, reformar radicalmente la educación, quizá era cierto lo que decía sobre la reforma del Estado. El periodista, quizá igual de sorprendido que yo, le preguntó cómo pensaba hacer efectiva esa reforma del Estado. A lo que el temerario candidato contestó que como primera medida pensaba reformar la ley para terminar con la inamovilidad del funcionariado. Y agregó, en el colmo del sacrilegio, que el cargo público debe existir solo para la función y que el Estado de ninguna manera puede ser usado como bolsa de empleo por los partidos. Que no importa el maquillaje que se le ponga a esa forma de usar los recursos públicos: el Estado no funciona si no da los servicios que cobra, por el valor que los cobra, con los recursos necesarios para darlos y nada más. En ese rubro estamos mejor que la región, acotó el periodista. Lo que no es decir demasiado, retrucó el candidato. Siempre depende de con quién se quiera comparar uno, ahí también se define qué clase de país se sueña, concluyó.

A esa altura lo único que quería saber era quién era ese candidato capaz de soltar tantas verdades, de tratar a sus posibles electores como ciudadanos y no como clientes medio lelos. Y aun así pensar, pobre, que alguien lo iba a querer votar. ¿Será de izquierda, de derecha o será de extremo centro? Fue justo en ese momento que empezó a sonar el despertador y me sacó del sueño inquieto en el que me encontraba. Lo apagué de un manotazo y me quedé mirando al techo, pensando que los candidatos imaginarios casi siempre están bien lejos de sus gemelos reales. Me tapé con el edredón y esperé a que volviera el sueño. No volvió.

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