Miserables 2.0

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Nº2025 - al de Junio de 2019
por Fernando Santullo

Tal y como era previsible, una campaña electoral en tiempos de populismo, fake news y antipolítica tenía que tener, aun en nuestro Uruguay amortiguado y amortiguador, algún punto especialmente bajo y transparente. Transparente en su falta de nobleza, quiero decir. Ese gesto fue (hasta ahora, todavía hay tiempo para empeorar) la ya famosa “no tarjeta” del precandidato blanco Juan Sartori, en donde ofrece cosas que ni siquiera un candidato en firme tendría la dignidad de ofrecer con esa crudeza. Y menos aún con ese aire de crápula que vuelve de madrugada de una fiesta. También como era esperable su acción multiplicó los intercambios de insultos, descalificaciones y dio lugar a pedidos de excomunión dentro de su partido. Finalmente, también hizo atronadores los silencios de quienes suelen ser los más ruidosos de la cuadra, llamativos por su sequedad en medio de tanta reverberante indignación.

Confieso que pese a esperar algo así de parte de un paracaidista de la política como el precandidato blanco, no pude dejar de asombrarme ante lo feudal de su gesto. Era como si el señor del castillo pasara por las chozas de los siervos para recordarles que si y solo si le dan su parte de la cosecha, podrán refugiarse detrás de sus muros cuando vengan los bárbaros. Todo maquillado y embadurnado con esa pátina de modernidad marquetinera 2.0 que hace que hasta los supositorios más rústicos resulten apetecibles para el votante. Feudalismo de iPhone, digamos.

Puedo entender el enojo de los otros precandidatos de su partido (los afecta como comunidad política concreta) y también el de otros actores políticos. La distancia que hay entre la propuesta de Sartori y las propuestas de otros políticos más convencionales es la que va entre lo literal y lo ligeramente más sutil. Me explico. Hasta la llegada del joven candidato blanco, en Uruguay las zanahorias que se le ofrecían al votante por lo general venían revestidas de un discurso más o menos ideológico: nuestro partido es parte de la historia, nuestro honor nos ha hecho quienes somos, tenemos un proyecto de país más serio, etc. Y en el medio de ese speech más o menos organizado, viajaban las hortalizas. Sartori es, creo, el primer candidato uruguayo de la era de la literalidad y los golpes de efecto: todo es y debe ser concreto, sin eufemismos ideológicos. Es más, mejor si parece no tener ideología de ninguna clase.

No es tan raro que en un mundo en donde el humor, la ironía y hasta el simple disimulo o la diplomacia han sido desterrados como abominaciones culturales, un candidato le hable de manera literal a quienes considera (y no tan equivocadamente por lo que parece) un hatajo de literales. Ese saltito, esa bajada cruda que convierte el discurso político en mera campaña de venta de electrodomésticos es lo que ha agitado los pastos de la penillanura. En ese sentido, Sartori es un adelantado, uno que nos acerca un pasito más hacia el abismo de la política como puro vacío espectacular. Que la población objetivo de su “no tarjeta” sean ciudadanos en una situación especialmente vulnerable, solo hace más miserable el gesto. Aunque, estoy casi seguro, el candidato ni se debe haber percatado del espanto moral que implica su jugada.

Lo irónico es que todo ese sistema político que salta horrorizado ante su gesto de mercadear con la desesperación ajena no ha sido especialmente ágil a la hora de intentar resolver problemas sanitarios reales y objetivos, que cuestan cientos de vidas y que se podrían solucionar con trabajo y una casi nula inversión. Por eso me quiero olvidar un rato de Sartori para concentrarme en una información de salud que se hizo pública casi al mismo tiempo: la Organización Panamericana de la Salud (OPS) anunció que no se llegará a la meta propuesta para 2020 en materia de reducción de muertes en siniestros de tránsito. Uruguay es parte de esa tendencia: en 2018, los accidentes de tránsito en Uruguay aumentaron un 13,9%. En estos siniestros, fallecieron 514 personas, una cifra mayor a la registrada en 2017, cuando se registraron 470 muertes.

Hasta ahí, algo que cualquier gobierno podría vender (como se estila en estos tiempos) como una simple tendencia global ante la cual no queda más remedio que resignarse y mirarla mientras pasa, como quien mira pasar barcos en un río. El problema es que siniestralidad y muerte por siniestralidad no son la misma cosa. La siniestralidad responde a un cúmulo de factores previos: estado de los vehículos, formación de los conductores, estado y señalización de las vías y también la fiscalización que el Estado haga del uso de medidas de seguridad. Por ejemplo, el casco que deberían usar los motociclistas casi brilla por su ausencia en el interior del país: solo uno de cada dos lo usa.

La mortalidad y las lesiones resultantes de esa siniestralidad son otra cosa y dependen de otros factores. Como bien explicaba en Twitter Julio Trochansky, expresidente del Sindicato Médico del Uruguay, la atención de los politraumatizados “es tiempo dependiente, es decir su posibilidad de sobrevida o de quedar con secuelas depende del tiempo en que se realice o, por el contrario, demore su asistencia”. El objetivo médico con estos pacientes es lograr trasladarlos al lugar correcto en el menor tiempo posible. Y no siempre el lugar más cercano es el correcto. Cuando esos pacientes deben ser trasladados nuevamente, su probabilidad de sobrevivir se reduce en un 50%. “Más grave aún (es) ni siquiera tener la posibilidad de ser trasladado. Esta situación es lo que pasa en todas las rutas nacionales… Eso explica la alta mortalidad en el lugar del siniestro en Uruguay (60% de las muertes)”, explicaba Trochansky en un hilo de tuits, donde también recordaba que Uruguay carece de un protocolo y de un sistema de atención de traumas unificado.

Según explicaba el extitular del SMU, “un sistema de atención a politraumatizados es capaz de reducir un 20% la mortalidad” y agregaba que “solo organizar los recursos con los que hoy ya contamos evitaría que 120 uruguayos murieran y 600 tuvieran lesiones”. Y aquí viene lo bueno: “Existe hace más de dos años un proyecto en el Parlamento y en conocimiento del MSP para la creación del sistema y así atacar a la primera causa de muerte en menores de 40 años”. El proyecto del SMU es la creación de un Sistema Nacional de Trauma y Emergencia, que habilitará la existencia de una red organizada y un protocolo que permita atender de manera eficiente a los pacientes en la llamada “hora de oro”, la primera después del siniestro y que es donde se define su supervivencia y cuales serán sus lesiones.

En resumen, que un proyecto de ley que no implica mayor costo para el Estado (aunque sí trabajo, pero para eso es que se cobran los sueldos) y que cada año podría salvar las vidas de 120 compatriotas y evitar lesiones a otros 600, permanece desde hace dos años en algún cajón ignoto del Parlamento, en manos de los mismos políticos que se escandalizan por las propuestas descarnadamente demagógicas de un precandidato que ni siquiera lidera las opciones en la interna de su partido. Si a lo de Sartori lo podemos llamar gesto miserable 2.0, ¿qué nombre le deberíamos dar a esto?

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