Con un discurso radical y contracorriente, la investigadora y doctora en inmunología celular Barbara Ehrenreich abrió el debate sobre el pensamiento positivo, la muerte y el control del cuerpo en la sociedad occidental

¿Morimos obsesionados por vivir más?

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Nº2020 - al de Mayo de 2019
Por Florencia Pujadas

Barbara Ehrenreich está agotada del funcionamiento de la sociedad occidental. A los 77 años, y después de curarse de un cáncer de mama, esta investigadora y doctora en inmunología celular estadounidense cuestiona al sistema de salud y esquiva las consultas anuales con los médicos. También desconfía de las técnicas de meditación como elmindfulness —en sus palabras, “un nuevo negocio”— y critica la obsesión por el cuidado del cuerpo. Pero, por encima de todo, en sus ensayos dice que las personas están oprimidas por el pensamiento positivo, una convicción “antinatural” que despierta deseos y expectativas irreales. Desde que publicó el libro Sonríe o muere, hace más de una década, Ehrenreich trabaja en una nueva corriente para evidenciar las contradicciones de una sociedad obsesionada con la búsqueda del bienestar. Y no deja de despertar alarmas en el mundo académico. Detrás del pensamiento positivo que invade las publicidades, aparece en los espacios educativos y hasta en las etiquetas de los alimentos, se esconde un enorme miedo a la pérdida de control del cuerpo, al paso del tiempo, al lento deterioro y, en definitiva, a la muerte. O al menos eso cree.

Mientras los centros de salud y estética presentan dietas para “ser saludables”, promueven las clases de ejercicio y las cirugías para los casos en que las imperfecciones parecen incorregibles, esta investigadora plantea que la sociedad vive sumergida en un enorme engaño. Y que las personas sienten que son los responsables de todo lo que les ocurre. “Todas las muertes pueden entenderse ya como un suicidio. Seguimos sometiendo a los que se mueren a una edad temprana a una autopsia biomoral: ¿fumaba?, ¿bebía mucho?, ¿consumía demasiada grasa y poca fibra? En otras palabras, ¿se lo puede culpar de su propia muerte?”, dice en su último libro Natural Causes. An Epidemic of Wellness, the Certainty of Dying and Killing Ourselves to Live Longer (que se traduce al español como Causas naturales. Una epidemia de bienestar, la certeza de morir y el matarnos a nosotros mismos para vivir más tiempo).

Una lucha íntima. La carrera de Ehrenreich está marcada por sus experiencias personales, las desilu-siones y un cercano encuentro con la muerte. Después de recibirse como doctora en inmunología celular, esta investigadora —que más tarde se convirtió en activista— hizo un doctorado con una tesis sobre los macrófagos, unas células grandes y hambrientas que están en la primera línea de defensa del sistema inmunológico. “Yo creía que eran una especie de héroes. Los macrófagos siempre se apresuraban para proteger al cuerpo contra las amenazas y los microbios; era fascinante”, recordó en una entrevista con The New York Times. Hace más de una década, sin embargo, un artículo publicado en Scientific American señaló que estas células muchas veces eran las mismas que alimentaban a los tumores. “Fue desilusionante y una muestra de que no podemos controlar cómo funciona nuestro cuerpo”, dijo entonces. Así, empezó a llamarlas “las porristas del lado de la muerte”. Y los macrófagos pasaron de ser un “fascinante objeto de estudio” a su peor enemigo.

A principios de los 2000, y cuando tenía 59 años, Ehrenreich se enteró que tenía cáncer de mama, una enfermedad que motivó Bienvenida a Cancerlandia, un polémico ensayo que transformó su mirada sobre la sociedad occidental. “Cuando me diagnosticaron el tumor, lo primero que hice fue buscar apoyo; necesitaba hablar con otras mujeres que transitaran por lo mismo. Estaba furiosa por lo que estaba pasando. Pero nadie me entendió”, contó en una entrevista en La Vanguardia y recordó en el prólogo de este ensayo. Como si fuera un casete, los médicos le decían que tenía que mantenerse positiva para ganarle al cáncer. “Todos me decían que mi curación dependía de mi actitud. Me llegaron a decir que tenía que agradecer al tumor porque era un regalo para aprender a celebrar la vida”, escribió entonces. Ella estaba rabiosa. Así, después de someterse a un tratamiento y sobrevivir al cáncer, escribió  Bienvenida a Cancerlandia, que luego se convirtió en Sonríe o muere, un polémico libro en contra del pensamiento positivo. “Hoy sabemos, ya hay suficientes estudios hechos en los últimos diez años, que tu actitud no tiene nada que ver con tus posibilidades de sobrevivir a cualquier tipo de cáncer. El mito se ha desautorizado pero siguen diciéndolo”, escribió en una columna para la revista Time.

Con una fuerte repercusión en la crítica, en este libro denunció la “perversión” que traía la visión “estúpidamente feliz” del mundo. Y formuló una hipótesis clave para el desarrollo de una nueva corriente entre los investigadores estadounidenses. También definió esta ingenua visión sobre la vida como una trampa que promueve el individualismo, limita la expresión de sentimientos negativos— que son naturales en el ser humano— y alimenta la frustración y la culpa por el miedo al fracaso. Así, quiso desmantelar una ideología que hace décadas invita a aceptar con una sonrisa y espíritu de superación las desgracias del hombre. “El constante pensamiento positivo anula el sentimiento de colectividad y, no quiero sonar conspirativa, pero esta actitud recuerda a una forma de control social”, dijo en una entrevista con el diario El País de Madrid. Y lo cierto es que en la sociedad se replican mensajes motivacionales para vivir experiencias traumáticas de una forma menos violenta. Están los que dicen que una grave enfermedad es una herramienta para aprender a valorar la vida y los que repiten en forma sistemática que “todo pasa por algo”. Hasta en los adornos y pizarras de decoración para los hogares se transmiten mensajes que indican que con energía y una mentalidad positiva no hay nada inalcanzable. “Esa es un arma de doble filo”, decía en aquel libro. Y lo repitió en toda su carrera.

La muerte, un tabú inevitable. Hace un año, Barbara Ehrenreich sacudió de nuevo las estanterías con Natural Causes. An Epidemic of Wellness, the Certainty of Dying and Killing Ourselves to Live Longer, un ensayo que se burla del control que las personas creen tener sobre su vida. En más de 250 páginas, esta investigadora aseguró que la sociedad vive con la falsa promesa de que el bienestar y la salud dependen del estilo de vida de cada persona. Así, parece que se pueden mantener alejados el dolor, las enfermedades y, sobre todo, la muerte. Pero este deseo es solo una ilusión. “En la actualidad culpamos hasta a la gente joven cuando se muere. Es una idea que se remonta a las viejas concepciones de que hay un pecado que te lleva a la muerte. Nos aferramos a ese concepto, pero ahora no lo llamamos pecado sino malas costumbres”, contó en este libro. Para distanciarse de este argumento, la investigadora presentó una nueva hipótesis que sostiene que el cuerpo no es un “ejército” capaz de combatir a todos los invasores peligrosos. “El sistema inmunológico puede ser nuestro enemigo, pero nunca nuestro amigo”, sentenció en su libro. Y por eso es necesario abandonar la fantasía sobre el control en el cuerpo.

Desde que presentó su libro, Ehrenreich no se cansa de repetir que no importa a cuántos exámenes y rutinas anuales se sometan las personas porque la muerte siempre es el destino final. Con una mezcla de ironía y humor, también sostiene que la ilusión solo trae consecuencias negativas. “Nuestra sociedad es demasiado individualista y por eso es muy duro morir. Si crees que eres un acontecimiento único en el universo y todo termina contigo, entonces la muerte es trágica. Ahora, y no digo que sea fácil, podemos decidir si nos gobiernan las necesidades de nuestro ego o algo más grande”, escribió en su último libro. Y este imperioso deseo de permanecer en una eterna juventud —y el creciente temor a la muerte— transforma la vida en un camino marcado por angustia, culpa y ansiedad. Así, las enfermedades se transitan como si no fueran naturales, de una manera traumática y con un enorme sentimiento de responsabilidad personal. “Desde los más ambiciosos hasta los más modestos y humildes de nosotros esperamos controlar todo lo que ocurre bajo nuestra piel”, señaló en el libro.

Debajo del miedo. Desde que empezó su carrera, Ehrenreich se dedicó a cuestionar los sistemas de salud de Estados Unidos (y más tarde de todo el mundo) con páginas repletas de críticas a los sanatorios y la industria farmacéutica. Tras décadas de estudio, asegura que el bienestar se convirtió en un negocio rentable para determinar qué se tiene que hacer minuto a minuto para estar mejor. “Esto solo llevó a una automonitorización continua sobre decenas de variables, como la presión sanguínea, el ritmo cardíaco, el consumo de calorías y hasta el estado de ánimo. En vez de vivir, las personas están preocupadas por llegar al máximo de su bienestar”, aseguró en su último libro. Además de provocar presión sobre las personas, este exhaustivo y constante control dispara los niveles de estrés. Es como un círculo vicioso: la persona siente que tiene que seguir todas las normas, cuidar su alimentación, hacer ejercicio y estar de buen ánimo. Y si no lo hace, considera que es responsable — y hasta culpable— de lo que ocurre con su cuerpo. “Es un escenario complicado. Ahora, y a pesar de que existen hace décadas, las técnicas de meditación para aliviar el estrés se convirtieron en el nuevo negocio. Pero muchas veces los que están detrás de estos centros son los mismos que obligan a pensar de forma positiva, a cuidarse y a tener que cumplir con estándares imposibles. En otras palabras, los que ocasionan el estrés de sus pacientes”, concluyó en su último libro.

Ante este escenario, Ehrenreich asegura que en la actualidad es necesario cambiar el pensamiento que moldea las sociedades. Dice que las exigencias sobre el cuerpo se tienen que minimizar porque más que un producto perfecto es “un campo de batalla a nivel celular” que termina con la muerte. Y que es necesario bajar la guardia para poder disfrutar. “Si no, ¿de qué sirve la vida? Hay que borrar algunas presiones. Perdemos más tiempo con preocupaciones y en el médico que nunca antes. Nos encargan un montón de pruebas y exámenes médicos para ver si tenemos algo malo. Yo he dejado de hacerme pruebas. Ya no me hago mamografías. No más colonoscopías, se acabó. En algún momento moriré. Y no necesito en este momento saber de qué ni cuándo moriré”, concluyó en su último libro.

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