Mijaíl Gorbachov. Foto: AFP

Una biografía de Mijail Gorbachov, por el Pulitzer William Taubman

Nadando con peces gordos

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Nº2025 - al de Junio de 2019
Sergio Israel

El primer síntoma de que algo grave está pasando es que los teléfonos no funcionan. Llegan funcionarios desde Moscú, por sorpresa y con malos modales, para que tome medidas inaceptables o renuncie y como no acepta ninguna de las dos cosas, queda preso en la residencia de verano.

Vladímir Medvédiev, el jefe de los guardaespaldas, se ha pasado de manera descarada al otro bando. Ya no está al mando del destacamento de seguridad, vigilando desde lo alto mientras dos de sus hombres caminan tras él y Raisa por la playa a orillas del mar Negro, siempre a prudente distancia y atentos, cargados de botellas de agua, los handy y las metralletas.

“Puede que esto termine mal”, advierte Gorbachov a los suyos. Y un prestigioso historiador estadounidense, John B. Dunlop, sostuvo que hizo un juego peligroso dejando seguir las cosas, porque pensó que saldría airoso cualquiera fuera el resultado del golpe.

En todo caso, la familia queda bloqueada por tierra y mar, aunque protegida por custodias armados con Kalashnikov y dispuestos a disparar. Apenas reciben noticias con una vieja radio Sony que encuentran en un cajón.

En Moscú el golpe fracasa, porque los conspiradores son unos chapuceros, el pueblo reacciona, los militares se dividen y finalmente no aceptan un baño de sangre.

“¡Querido Mijail Segueievich, así que está usted vivo!” Esas sinceras palabras de alegría escucha el primer y último presidente de la Unión Soviética Mijail Gorbachov, en agosto de 1991, cuando después de dos largos días son restablecidas las líneas y logra llamar a su archienemigo Boris Yelsin, que ha ganado un enorme prestigio defendiendo las reformas y seguirá de largo.

Los últimos días de esas vacaciones han sido terribles. Los peores desde que en 1985, en la cúspide de su carrera, Gorbachov fue electo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y comenzó a lidiar con “conservadores” y “liberales” de la nomenklatura que maneja el país en nombre del proletariado, más decenas de nuevos movimientos. 

El golpe fue abortado, aunque la capacidad de maniobra del presidente queda tan debilitada que unos meses después renuncia porque su cargo carece de sentido: la URSS se disuelve y el mayor poder, incluyendo el control del famoso maletín nuclear, “la línea”, que puede hacer volar el planeta, queda en manos de Yelsin, electo presidente de Rusia por voto popular.

Los tensos momentos del verano de 1991 ocupan apenas un capítulo de los 20 en que está dividida Gorbachov, vida y época (Debate, 2018), una documentada biografía escrita por el politólogo estadounidense William Taubman, que en 2004 obtuvo un Pulitzer por su obra anterior como sovietólogo: Jrushchov, el hombre y su época.

Arrogante héroe en tractor

En principio, la carrera del hombre que cambió el siglo XX fue parecida a la de cualquier apparatchiki del llamado socialismo real. Pero desde el principio el libro mostrará que el tipo tiene algo especial. No combatió contra los nazis, porque cuando terminó “la gran guerra patria” era un muchacho de apenas 14 años, pero en la década de 1930 sufrió las hambrunas que provocaron la colectivización forzada impuesta por Stalin. Luego, en el verano de 1941, se produce finalmente la invasión de Alemania a la URSS y los sabuesos de Hitler le pisan los talones en su pueblo del Cáucaso septentrional, donde rusos y ucranianos vivían en paz separados por un río.

El niño, que recibió el nombre de Viktor pero luego fue bautizado en secreto Mijail, no tuvo que esperar a leer acerca de los crímenes de Stalin: tres de sus tíos murieron a causa de sus políticas y dos de sus abuelos fueron arrestados antes de la guerra.

En el pequeño pueblo de Privolnoie, a pesar de todo, Mijail —que con su familia comía sapos hervidos para mitigar un poco el hambre— tuvo una infancia feliz. Las abuelas e incluso el abuelo Andréi —un rudo campesino ruso con fama de despiadado— fueron tiernos con el pequeño granuja de la enigmática mancha roja en la cabeza.

En principio, la carrera del hombre que cambió el siglo XX fue parecida a la de cualquier apparatchiki del llamado socialismo real. Pero desde el principio el libro mostrará que el tipo tiene algo especial.

El padre figuró en la larguísima lista de los caídos en combate contra los nazis, pero un día regresó a casa después de cuatro años de guerra.

“Luchamos hasta que ya no quedó más contra quien pelear. Es como hay que vivir”, expresó Serguei a su hijo luego del primer abrazo.

Mijail fue un buen alumno y con 17 años, gracias a su padre, logró un premio muy valorado por los soviéticos: la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, al batir ambos un récord de producción de cereales en largas jornadas arriba del tractor y una cosechadora gigante.

La miseria de la guerra, que vivió tan de cerca y no solo por los cuentos de su padre, que había combatido en la batalla de Kursk, debieron convertirlo en un tipo resuelto, pero contrario a la violencia, algo que luego debió incidir para no tomar el camino chino de la represión. Eso no le impidió afiliarse al Komsomol (liga de los jóvenes comunistas) y convertirse en líder de su escuela secundaria, que tenía cerca de mil estudiantes.

“Desde mi infancia quise impresionar a todo el mundo”. (…) Me acostumbré a mandar a la gente, siempre deseoso de expandir mi temperamento”, confesaría más tarde.

Pero no era un líder bruto sino uno cultivado: descubrió a Visarion Belinski, un filósofo radical y crítico literario de principios del siglo XIX, que se había declarado socialista ya en 1841, al que leyó y releyó como si fuera una biblia, además de pasar por Gógol, Pushkin, Lérmontov —que lo acercó a la actuación al punto de pensar en estudiar arte dramático— y Maiakowski.

Con esos antecedentes, la Universidad Estatal de Moscú recibió a un estudiante de leyes que Taubman describe como alguien fuerte, de espíritu independiente y muy confiado en sí mismo, incluso con una actitud “rayana en la arrogancia”. Era el primero de su pueblo que llegaba a la universidad y no podía defraudar.

Novedades de Moscú

Los moscovitas veían a los campesinos como “gente oscura”, pero Gorbachov al poco tiempo rendía por encima del promedio. El joven pueblerino descubrió el ruido de los tranvías y los paseos en barco por el río. Para llegar a la gran urbe viajó por primera vez en tren y aprendió a vivir con luz eléctrica, cerca del teatro Bolshoi, los museos Tretiakov y Pushkin, el desfile por el aniversario de la revolución, la propia Plaza Roja y el mismísimo Kremlin.

Taubman resume el producto que entregó la Universidad: “Los miembros de la generación de Gorbachov dejaron atrás la horrenda experiencia de la guerra embargados de optimismo y con la firme determinación de mejorar sus vidas. Convencidos aún de la promesa igualitaria de la doctrina comunista, los estudiantes del sector rural empobrecido consideraban que no eran menos valiosos o dignos que los hijos de la elite”.

Aunque no era el más brillante de la clase, además de fortalecer su intelecto y de profundizar en las teorías de Marx y Lenin, la universidad le dio chances de conocer a Raisa, una elegante estudiante de filosofía que se convirtió en su esposa y al checo Zdenek Mlynar, con quien compartió cuarto, grupos de estudio y luego, al principio en voz baja, ideas reformistas sobre la sociedad socialista, la crítica a la falta de verdaderos valores comunistas y la propaganda engañosa del régimen.

Su amigo regresó a Checoslovaquia y se convirtió en uno de los colaboradores cercanos de Alexander Dubcek, que tomó el poder y encabezó un movimiento de ideas revolucionarias de un socialismo democrático, conocido como Primavera de Praga, que se encaminó a descentralizar la economía, habilitar la libertad de expresión, de prensa y de viajar.

Mientras en enero de 1968 los tanques soviéticos y de casi todos los ejércitos del Tratado de Varsovia entraban en Praga, Mijail y Raisa apenas se atrevieron a murmurar en privado. Aunque algunos liberales pagaron con cárcel el deseo de imitar aquella Primavera, en el caso de Gorbachov tuvieron que pasar 17 años para que las ideas de cambio se expresaran en público. Fue cuando tuvo el poder, o al menos comenzó a nadar con peces gordos.

Antes de que todo eso pasara, los soviéticos tuvieron que procesar el duelo por la muerte de Stalin. Hicieron dos minutos de silencio en clase y una larga fila que duró toda la noche en la Casa de los Sindicatos, donde estuvo expuesto el cuerpo ante gente conmovida que alternaba con punguistas y grandes bebedores de vodka a los que cualquier espectáculo de masas les venía bien.

La llegada de Nikita Jrushchov al gran despacho del Kremlin coincidió con la finalización de la universidad. El joven licenciado en Derecho fue enviado a trabajar en la Fiscalía, pero no logró el cargo al que aspiraba en Moscú y terminó a 1.200 kilómetros, en la región de Stávropol, donde había nacido. Raisa tuvo así que postergar sus aspiraciones de un posgrado y cumplió con lo que se esperaba de una esposa soviética: seguir al marido.

En su fuero íntimo Gorbachov aspiraba a “combinar el socialismo con la revolución científico técnica”, pero el terrible atraso de la carrera tecnológica y de desarrollo de las fuerzas productivas estaba perdido de antemano.

Pero apenas llegaron, luego de que en la oficina lo recibieran con frialdad, Gorbachov se presentó en el Komsomol y logró cambiar la Fiscalía por una carrera política.

Comenzó como subdirector del Departamento de Agitación y Propaganda de la región de Stávropol, casi un don nadie en medio de la masa de millones de jóvenes komsomoles que ayudaban al PCUS a construir la sociedad socialista y avanzar hacia el comunismo.

Para entender mejor el ascenso de alguien como Gorbachov es preciso tener en cuenta la apertura que comenzó en 1956 con el famoso informe secreto de Jrushchov sobre los crímenes de Stalin y que siguió durante la primera época de Leonid Brézhnev, que, dicho sea de paso, se mantuvo 18 largos años en el cargo.

No solo Brézhnev era al final un viejo achacoso que se quedaba dormido en medio de las reuniones y que falleció en el cargo. Los otros miembros del buró político del PCUS no estaban mucho mejor, de modo que la llegada a Moscú, en setiembre de 1978, de un lúcido “jovenzuelo”, fue un acontecimiento.

Gorbachov, al que un viejo amigo definió como “Narciso de Stávropol”, lisonjero con los superiores pero “envidioso y vengativo” con los rivales, logró el respaldo del exdirector del KGB Yuri Andropov y comenzó a vivir la vida de los jefes, pero tomando distancia de las prebendas más groseras.

Por ejemplo, su hija Irina iba a los trabajos voluntarios como cualquier hijo de vecino y en lugar de una limusina tomaba el tranvía.

Aunque compartía con un grupo selecto, como el secretario del partido en Georgia y futuro ministro de Relaciones Exteriores Eduard Shevardnadze que en la URSS “está todo podrido”, al principio se limitó a trabajar mucho y a escuchar. Los temas realmente escabrosos los hablaba con su esposa caminando “en privado”, lejos de oídos indiscretos y micrófonos ocultos, porque junto con el cochazo ZIL con chofer, cocineras, asistentes, guardaespaldas, secretarias, el acceso a la policlínica y el hospital del Kremlin y otros beneficios, venía también la falta de privacidad.

Cuando tuvo la botonera de mando, su padrino Andropov comenzó a tomar medidas para mantener orden y disciplina, como detener a los que estaban en peluquerías y baños públicos durante el horario de trabajo.

Gorbachov
Gorbachov en el funeral de Ronald Reagan, en junio de 2004. Foto: AFP

El mundo

“¿A Canadá? ¿Se ha vuelto loco? Este no es el momento de viajar al extranjero”, le dijo Andropov cuando Gorbachov, encargado de los temas de agricultura, le presentó la idea.

Finalmente aceptó un apretado programa de siete días, que comenzó a abrir más la cabeza del nuevo secretario preocupado por cosas que la agricultura canadiense había resuelto: abundancia de comida para la gente común.

Después viajó a Italia con la excusa de la muerte de Enrico Berlinguer, el líder del Partido Comunista que se había enfrentado a Moscú. “No podemos descartar a un partido así. Tenemos que tratarlo con sumo respeto”, señaló a la vuelta en el Politburó.

Cuando la primera ministra conservadora Margaret Thatcher recibió a Mijail y Raisa en Londres, buscaba poner paños tibios a la nueva guerra fría. Ambas partes salieron contentas: “Me gusta el señor Gorbachov, podemos hacer negocios juntos”, dijo ella al final de la visita de ocho días.

Su esposo ayudaba. “El pobre y viejo Denis solo quería salir pronto de allí e ir a jugar al golf en el jardín. En vez de eso, estaba allí varado, en compañía de esa dama algo dogmática, muy inteligente y ligeramente didáctica en su tono”, recordó uno de los asesores ingleses acerca de un encuentro del esposo de la primera ministra con Raisa.

Luego hizo muy buenas migas con el presidente del gobierno español Felipe González, el francés François Mitterrand (socialistas) y con Helmut Kohl, para el que fue un verdadero héroe al habilitar la reunificación alemana y el ingreso a la OTAN a espaldas de sus hasta entonces socios de la República Democrática Alemana (RDA), a cuyo líder, Erich Honecker, despreciaba.

En su fuero íntimo Gorbachov aspiraba a “combinar el socialismo con la revolución científico técnica”, pero el terrible atraso de la carrera tecnológica y de desarrollo de las fuerzas productivas estaba perdido de antemano.

La perestroika nunca logró un desarrollo sano de la economía y la glasnost abrió las compuertas de la libertad de expresión trancadas durante 70 años, pero hizo saltar todo por los aires, en particular porque las góndolas de los almacenes y supermercados estaban vacías y Gorbachov, aunque ganó un gran prestigio en el mundo, no pudo finalmente liderar a su propio país.

La guerra en Afganistán, que él no comenzó pero que no logró terminar a tiempo, el brutal accidente de la central nuclear en Chernóbil, que desnudó carencias de todo tipo y los nacionalismos reprimidos durante años en las repúblicas del Báltico, pero también en Armenia y Ucrania, fueron escollos insalvables sin aplicar la fuerza, que preanunciaron el fracaso.

Con dos presidentes de Estados Unidos, Ronald Reagan primero y George Bush después, logró serios avances en desarme, una genuina preocupación. Mientras Estados Unidos destinaba cerca de un 6% del presupuesto a defensa, la URSS gastaba el 20%.

Sin embargo, a pesar de los buenos vínculos personales, por más elogios que cosechó en Occidente, ganó la lógica de no ayudar al enemigo y eso redujo al primer presidente en un tipo famoso que da conferencias por causas justas.

“La Unión Soviética se desintegró cuando Gorbachov debilitó al Estado en su intento de fortalecer al individuo”, remata Taubman.

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