Nein, Herr Trump

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Nº2077 - al de 2020
La columna de Mercedes Rosende

Cuando yo era chica el mundo era sencillo, bipolar, se dividía entre norteamericanos y soviéticos. Era un mundo blanco o negro. Solo había que meditar un poco, elegir un bando y quedarse a vivir en esa idea. Así, tan naïfs como éramos, nos tomó de sorpresa el derrumbe del imperio soviético, nos dejó a unos sin enemigos y a otros sin argumentos. Después de eso nos creímos curados de espanto, y ya no nos sorprendió demasiado el advenimiento de China como potencia mundial. Sí, uno pensaba que había agotado la capacidad de asombro, nadie estaba preparado para lo que vendría, no podíamos imaginar que la estupefacción volvería recargada con el Covid-19, que llegó para patear el tablero ya inestable de la geopolítica.

La pandemia convirtió la política en una arena de lucha por el liderazgo y promovió la idea de que los países capaces de responder a la crisis con mayor efectividad fueran los que resultasen beneficiados en el reparto de poder.

Para empezar a entrever los esbozos de un nuevo orden basta mirar una fotografía, una imagen que tal vez lo anticipó todo: una mujer, los puños apoyados sobre una mesa, el torso que avanza, mira desafiante a un hombre que, sentado y de brazos cruzados, apretados contra el pecho, mira con gesto enfurruñado. La mujer se llama Angela Merkel, el hombre es Donald Trump, y la foto fue tomada en la cumbre del G7 celebrada en Canadá en el 2018. En torno a la alemana parecen estar el resto de los gobernantes, junto con Trump solo su consejero, John Bolton. El documento, que hizo historia y dio vuelta al mundo, es casi un tratado de geopolítica. El lenguaje corporal es elocuente: la intransigencia de Trump, la determinación de Merkel, la condescendencia del primer ministro japonés, Shinzo Abe, y la perplejidad o asombro de todos frente a la situación.

Hagamos un poco de historia: Merkel, de 65 años, doctorada en Física, hija de un pastor luterano y de una profesora de latín, crecida en el este de Alemania, es una mujer que tras 15 años al frente de una gran potencia hace la fila para pagar su compra en el supermercado. Podrá decirse que el historial de la alemana tiene sus claroscuros (basta pensar en su gestión de la crisis del 2008), pero es difícil imaginar un estilo más alejado de la vida de millonario arrogante de Donald Trump, y hoy ella es un referente para los que creen en valores como la moderación, el diálogo y la apertura.

La canciller ha hecho pocos esfuerzos por disimular su desdén por Trump, que llegó a la Casa Blanca apoyado en el discurso de cerrar las fronteras de Estados Unidos y que criticó la política de Alemania de acoger migrantes.

Si antes Estados Unidos y Alemania habían sido aliados tradicionales, la llegada del actual presidente a la Casa Blanca lo situó en un lugar de blanco frecuente de los ataques de la canciller. A poco de iniciado su mandato, Merkel causó revuelo al decir que tanto Washington como Londres (que había decidido irse de la Unión Europea) ya no eran aliados confiables y que Europa debería “asumir su destino con sus propias manos”.

El último episodio se gestó después de que Merkel rechazó o, sería mejor decir, desdeñó la invitación de Trump de reunirse en Washington con los líderes del Grupo de los Siete, del que es la socia principal. Nein, Herr Trump, dijo Angela; Donald tuvo que tragar bilis y postergar sus aspiraciones.  

Tal vez como venganza por el esquinazo el presidente norteamericano anunció que reduciría a la mitad los soldados estadounidenses en Alemania, una decisión que es leída como el corolario de las tensiones entre los líderes. Trump calificó a Alemania de “negligente” en relación a la alianza transatlántica, e hizo referencia a que Berlín no cumple la meta de destinar a defensa el 2% de su PBI a la OTAN. Y agregó: “Nos tratan muy mal en materia comercial”.

La medida de la disminución de tropas también puede ser leída como una guiñada cómplice a Putin, porque uno nunca sabe qué pasa por la platinada cabeza del magnate presidente. No es un dato menor el hecho de que Rusia fue expulsada del G7 en el 2014, después de invadir la península de Crimea en Ucrania, y que ha tenido un rol al menos sospechoso en el ciberataque al Parlamento Federal Alemán del 2015, así como en la ejecución que al mejor estilo mafioso se produjo en Berlín en agosto pasado en el parque de Tiergarten, a pocos pasos del despacho de Merkel, y que desencadenó expulsiones de diplomáticos de Berlín y de Moscú.  “Rusia apoya a los regímenes títeres en partes del este de Ucrania y ataca a las democracias occidentales, incluida Alemania, con recursos híbridos”, dijo Merkel.

¿Y China? China intenta acercarse a la Unión Europea, en especial a Alemania, despliega su maquinaria de propaganda, su relato de eficiencia frente a la crisis con el objetivo aparente de hacer caer el castillo de naipes, de reescribir el orden mundial.La ironía es que la pandemia ha causado una inversión de roles: Alemania, que en otras épocas históricas fue el adalid del nacionalismo más descarnado, se posiciona en la primera fila de la defensa del orden internacional, orden que EE.UU. había impulsado desde 1945 y que Washington, en la actualidad, se apura en dejar atrás para atrincherarse en su nuevo nacionalismo.

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