No apto para estúpidos

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Nº2004 - al de Enero de 2019
por Andrés Danza 

La diferencia está en la inteligencia. Esa es la virtud que se termina imponiendo. Es cierto que la belleza tiene una valoración más elevada y muy especialmente en estos tiempos, pero la inteligencia es la que marca el ritmo de la historia. Son los que mejor piensan los que abren paso. Lo que es bello hoy, puede dejar de serlo en un tiempo más o menos prolongado, y perecer. Lo inteligente perdura y su desgaste, por más que existe, es mucho menos perceptible. La esencia se mantiene a lo largo de los siglos.

Esa es la diferencia de fondo. Claro que ambas virtudes no tienen por qué ser contrapuestas y hasta pueden funcionar de forma complementaria, pero representan estados muy distintos. El hedonismo y la trascendencia, el placer y la responsabilidad, la improvisación y la planificación, lo que muestra la superficie y lo que queda en el fondo, lo que soy y lo que puedo llegar a ser.

Por eso lo político tendría que estar asociado a lo inteligente y no necesariamente a lo bello. Los encargados de gobernar y planificar el acontecer de las sociedades deberían ser los más capacitados y no los más atractivos en determinado momento. Lo ideal sería que el poder recaiga en los que pueden llegar a entenderlo y utilizarlo para solucionar los problemas y favorecer el bienestar colectivo, y no en los que solo seducen para llegar a sus cargos.

Así lo ideal, pero la realidad en Uruguay ha sido bastante distinta y en especial en las últimas décadas. Los más inteligentes, salvo algunas excepciones, no se dedican a la política. Optan por desempeñarse como profesionales en la actividad privada o por mantener sus oficios y desplegar sus virtudes lejos de la responsabilidad pública. Solo escuchar la palabra Estado genera alergia en la mayoría de los destacados intelectualmente.

Es un fenómeno nuevo. El punto de quiebre ocurre aproximadamente a los 50 años. Los mayores de esa edad sienten el ejercicio de cargos públicos como un privilegio, como un honor que lucen a los cuatro vientos. Los menores de medio siglo lo interpretan como un peso, como una mancha que a veces hasta les cuesta asumir en sociedad. Pertenezco al segundo grupo y son muy pocos los de mi generación que se han dedicado a la política. Los hay muy talentosos y muy exitosos en sus tareas pero, salvo contadas excepciones, las ejercen lejos del escenario político y más todavía del partidario.

No es una cuestión de falta de compromiso de las nuevas y no tan nuevas generaciones. Lo tienen. El problema es que están muy desencantados con la cosa pública. Sienten que no los representa, que es muy poco lo que se puede hacer desde un cargo de responsabilidad en el Estado. Es como un círculo vicioso. Al no ocupar esos espacios, los que los asumen son los que no destacan por la inteligencia pero sí por la militancia o por la belleza de los votos. Y esas personas, más que construir futuro y resolver los problemas de fondo haciendo al país más viable y eficiente, se centran en mantener y aumentar el caudal electoral a corto plazo.

Entonces, la verdadera revolución, la que debería hacer el próximo gobierno, sería que al menos el 80% de los aproximadamente 250 cargos que tiene que repartir un presidente al asumir sean ocupados por las personas más capacitadas. Eso cambia todo. Apostar al talento y no a la permanencia, a la responsabilidad y la eficiencia y no a la lista partidaria, a los mejores y no a los compañeros, correligionarios, camaradas o como les quieran llamar.

Y es una revolución que nunca se hizo. Ningún gobierno se atrevió a tanto. Ni siquiera estuvo cerca de algo parecido. Así pasan las décadas sin que se solucione ni uno solo de los problemas de fondo. Porque mucho más que el pienso, existe la imperiosa necesidad de mantenerse en el poder, que —según parece— solo se logra dejando todo más o menos como está.

No puede ser que después de casi 30 años de gobiernos del Frente Amplio en Montevideo y cinco del Partido Colorado desde la restauración democrática, no se haya solucionado el problema de la basura. Es inconcebible que hayan pasado seis intendentes y la ciudad siga sucia y manden los sindicatos. No se puede tolerar tampoco que por más que los tres principales partidos políticos hayan tenido la responsabilidad del Poder Ejecutivo en esos años, la educación esté cada vez peor. Las culpas siempre son, según repiten, del gobierno anterior o del posterior, pero lo cierto es que nadie soluciona nada. Y no porque no haya habido ideas, algunas de ellas muy buenas. Es que se eligió mal a los que debían ejecutarlas y siempre se terminó priorizando lo político por sobre lo necesario, sin importar cuál sea el costo. Son solo dos ejemplos pero muy significativos y hay muchos más, en casi todas las áreas.

La mejor forma que tiene un presidente, un ministro, un gerente o alguien con un cargo jerárquico importante de demostrar su inteligencia es rodearse de personas más inteligentes que él. La persona a cargo debe ser la cara visible, la que habla, la que anuncia, la que lidera, pero a su alrededor, y en silencio, deberían ser otros, más capacitados, los que piensen, planifiquen y ejecuten. Con una sola preocupación: mejorar. Lejos del ruido electoral.

La verdadera revolución sería que quien esté a cargo apueste por el talento capaz de superarlo y cuestionarlo, porque es así como se gestan los cambios más importantes. Los cambios no llegan con aplausos ni lugares comunes ni muchos Me Gusta en las redes sociales. Se concretan cuando los que saben trasladan su conocimiento al bien público.

Seguir por el mismo camino de siempre es mucho más riesgoso. Porque los que terminan triunfando son los iluminados, los que supuestamente todo lo saben y no necesitan de nadie a su alrededor, salvo para que les hagan reverencias. Así llegó Donald Trump en Estados Unidos, que dice moverse solo con base en su “instinto” y que desconfía de la inteligencia ajena. También Nicolás Maduro en Venezuela, que solo se rodea de una claque y persigue al que piensa distinto. Algo similar pasó con Jair Bolsonaro en Brasil, que puso por encima el mundo religioso al del conocimiento. Parece que se está derramando río abajo por el continente ese mundo de mesiánicos y, si no intentamos cambiar su curso, terminará desembocando en el Río de la Plata.

✔️ De favoritismos y derrotas

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