Guido Manini Ríos no descarta incursionar en política; el comandante en jefe del Ejército tiene un perfil alto, es nieto de una figura del Partido Colorado y bisnieto de un jefe saravista

“Noto un ambiente muy favorable a una mayor participación del Ejército en la seguridad”

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Nº2007 - al de Febrero de 2019
por Elena Risso. Fotos Adrián Echeverriaga

Guido Manini Ríos estaba en segundo de liceo cuando decidió comenzar la carrera militar. Fue a principios de los convulsionados años 70, por sugerencia de un conocido que lo llevó a cambiar los salones del Liceo Francés de Carrasco por las instalaciones del edificio del 1910 de la calle Garibaldi, donde hoy funciona el Comando del Ejército y en el que está la oficina que ocupa a diario por su condición de máximo referente de esa fuerza.

Para acceder al Ejército había 500 postulantes que tenían que dar una prueba muy exigente, y las Matemáticas eran de temer. Manini Ríos se preparó con un profesor particular de octubre a enero de ocho de la mañana a dos de la tarde. Trabajó con tanto ahínco que quedó segundo entre los cien seleccionados. Hoy tiene 60 años, de los cuales 46 los pasó dentro del Ejército, con una destacada carrera que lo llevó a convertirse en general en 2012 y en comandante en jefe en 2015. Antes fue director del Hospital de las Fuerzas Armadas, profesor de Historia, y participó como observador internacional durante seis meses en la guerra de Irán e Irak y también en Mozambique por un año.

Manini Ríos es un comandante atípico en muchos sentidos. No sigue una tradición de familia castrense, como ocurre con frecuencia en las Fuerzas Armadas, aunque algunos de sus antepasados accedieron a distintos grados militares en las luchas revolucionarias de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Tampoco es, como buena parte de de los 15.000 integrantes del Ejército, un hombre que viene de un hogar de bajos recursos del norte del país. Creció entre Carrasco y el Centro, en una casa de buen pasar económico de nueve hermanos, en una familia en la que varios de sus antepasados forman parte de los libros de historia.

Su abuelo paterno fue Pedro Manini Ríos, quien impulsó la corriente riverista dentro del Partido Colorado luego de distanciarse de José Batlle y Ordoñez —del que había sido ministro— y fundó La Mañana y El Diario. Su tío Carlos tuvo una larga trayectoria como ensayista y político (entre otras cosas fue ministro del Interior del primer gobierno de Julio Sanguinetti). Su padre, Alberto, fue diputado por la Unión Demócrata Reformista, un sector que se abrió del Partido Colorado para las elecciones de 1958. Ya más cerca en el tiempo, otro Manini Ríos se hizo conocido: su hermano Hugo, un productor arrocero, identificado como integrado a la Juventud Uruguaya de Pie (JUP) de los 70, que luego terminó respaldando al Frente Amplio.

Pero entre tantos colorados, también en su familia hubo quienes defendieron la otra divisa. Su bisabuelo materno fue Abelardo Márquez, hombre de confianza de Aparicio Saravia, jefe del departamento de Rivera en 1903. Tal vez fue ese vínculo con las tradiciones lo que le despertó al comandante su gusto por la historia, algo que fue más allá de la lectura de libros: en 2000 obtuvo una Licenciatura en esa disciplina en la Universidad Católica, que culminó con una tesis sobre la expulsión de los jesuitas de la región. De esos años, cuando era un mayor que acomodaba las guardias para ir a clase, recuerda con entusiasmo las clases con Alberto Methol Ferré —con quien “sintonizaba mucho” sobre la visión “geopolítica” del Uruguay—, Enrique Mena Segarra, Ana Ribeiro o Guillermo Vázquez Franco, del que le gustaba escuchar su visión crítica sobre José Gervasio Artigas.

Si los orígenes y la formación hacen de Manini Ríos un militar atípico, la forma en que dirige el Ejército también llama la atención, porque tiene un perfil mucho más alto que sus antecesores, con declaraciones incendiarias que le valieron un inusual arresto a rigor de 30 días por criticar al ministro de Trabajo, Ernesto Murro. Dicen, quienes conocen del mundo militar, que pocos generales han tenido en los últimos años tanta ascendencia como él, no solo en el Ejército, sino en todas las fuerzas. Tan notoria es su visibilidad, que un grupo de exmilitares y civiles quieren que se vuelque a la política para las elecciones de 2024, cuando ya habrán transcurrido dos años de su pasaje a retiro y quedarán atrás los impedimentos constitucionales de dedicarse a lo partidario.

La semana pasada, Manini Ríos recibió a galería en su despacho. Hacía pocos días que se había reintegrado de sus vacaciones, que transcurrieron unos días en Santa Teresa y otros en Punta del Este. También hizo un rápido viaje a Brasil, para la asunción del nuevo comandante de ese país, donde saludó al presidente de ese país, Jair Bolsonaro.

¿Por qué eligió ser paracaidista?

El paracaidismo es una actividad de riesgo, pero además, sus integrantes conforman un espíritu de cuerpo muy unido. Hay que vivirlo para poder definirlo bien, pero uno siente que está entre los mejores soldados. En mayo cumplo 40 años de que hice el curso y pienso saltar para celebrarlo. Es un salto con un paracaídas militar, redondo, el golpe es siempre un golpazo. A la edad de uno hay que estar entrenado; desentrenado es lesión segura.

En su familia hay antepasados destacados colorados y blancos. ¿Tiene hoy una identificación partidaria?

Ese punto es un tema delicado. De familia tengo esa vertiente colorada de mi abuelo paterno y blanca de mi bisabuelo materno. También por el lado de madre tenía un tío del Partido Comunista, que estuvo preso. Cuando era alférez, con 20 años, me tocó ir un mes a cuidar a la cárcel de Libertad. Fue el único contacto que tuve con los presos de esa época. No recuerdo el número, pero creo que había como 3.000 presos. Busqué el nombre, Washington Stratta, y me dicen dónde estaba. Fui a buscarlo en un horario en el que no estaba de guardia. Estaba en un lugar que se llamaba Barracas, en un dormitorio con varias camas, jugando al ajedrez. Me paré al lado y no me reconoció, siguió jugando. Le dije: “Fulanito de tal”. Se paró —era el procedimiento— y le dije: “Soy Fulanito”. Él se emociona y me da un abrazo. Yo lo abracé también. Iba con un sargento y pensé: “Donde el sargento informe que el alférez está abrazándose con un preso...”. Después, cuando iba a visitar a mi madre a casa, él recordaba esa visita.

Es un militar atípico, por familia y formación. ¿Se siente o se sintió sapo de otro pozo?

Capaz por ese entorno, ese background, puedo ser atípico. Pero desde el primer momento cumplí y soy uno más. De repente tenía compañeros que eran hijos de militares y sabían desde hacía años lo que tenían que hacer y yo pagué derecho de piso, sufrí bastante en la Escuela Militar. Pero me integré, tengo muy buenos amigos de aquella época. Siempre estuve en los lugares más complicados. Nunca estuve un paso atrás de ninguno en las cosas de sacrificio.

Hasta los 16 años, Manini Ríos vivió en Carrasco, y la mayor parte de su vida la hizo en el Centro, barrio que abandonó hace un tiempo para mudarse a un apartamento en Punta Carretas. Hoy vive en el Cortijo Vidiella, la unidad militar ubicada en Toledo, junto al Batallón 14 del Ejército. Cada mañana, cuando se levanta antes de que suene el despertador, corre 20 minutos para activar el cuerpo. 

Está casado con Irene Moreira, una edila del Partido Nacional de Artigas que respalda la precandidatura de Luis Lacalle Pou, que es quien más viaja de norte a sur, porque la agenda del comandante está más cargada de compromisos. Se conocieron en un casamiento cuando era un alférez de 22 años, y después de un noviazgo con algunas idas y venidas, se casaron hace 32 años. Tienen una hija de 30 años que está por recibirse de contadora, y un hijo de 27 que es técnico agropecuario y se ocupa del campo familiar que tienen en Artigas, en el cual el comandante nunca trabajó.

A Manini Ríos le gusta mucho leer. Sobre todo, libros de Historia. Desde joven, cuando sus compañeros militares elegían libros “más light”, él optaba por los trabajos del historiador argentino José María Rosa. En estos días,  terminó un libro de Felipe Pigna sobre José de San Martín, y el último sobre la tragedia de los Andes de Pablo Vierci y Roberto Canessa. Cuando se le pregunta si lee libros de historia reciente, responde que “no tanto”. “He leído Memorias del calabozo (de Mauricio Rosencof) y otros por el estilo. Pero me gusta la historia un poco más antigua”, contó.

Además de ser parte de la política colorada, el apellido Manini Ríos está asociado a la historia del Club Nacional de Football, porque su abuelo Pedro fue uno de los primeros dirigentes de la institución y luego presidente honorario. Pero también en ese punto, el actual comandante es una oveja negra. O, mejor dicho, aurinegra. En 1966 se hizo de Peñarol, gracias a un vecino hincha de ese equipo, y a la Libertadores ante River Plate: “Terminó el partido y dije: ‘Soy de Peñarol’. Me peleé con mis ocho hermanos. Pero hoy no le doy mucha bolilla al fútbol”.

La vida de Manini Ríos transcurre entre el Comando, actividades oficiales, y recorridas a las más de 70 dependencias militares del país, donde intenta conocer de primera mano la situación de sus subalternos.

¿Qué le plantean en esas visitas?

A veces hay carencias, medios materiales que están faltando. Por ejemplo, las botas no son suficientes para que todos tengan sus dos pares, entonces uno pone énfasis en la fabricación de botas en el servicio de intendencia. El tema de los víveres hace tiempo que está arreglado, hoy no hay carencias. Son cosas que hacen a la comodidad de la gente. A veces son temas más militares, por ejemplo faltan municiones o balas, o combustible para mover la flota, o los vehículos están rotos. Pero lo que más me interesa es la parte anímica de la gente, personal, espiritual, y siempre que voy tenemos una instancia con todos los oficiales. Les doy la oportunidad de que le pregunten al comandante en jefe lo que quieran. Si estoy en condiciones, les contesto de acuerdo con mi visión, de hacia dónde vamos, y de la importancia de lo que están haciendo. Es muy importante mantenerlos estimulados, motivados, hacerles saber que uno reconoce el trabajo que están haciendo. Hay soldados que entran de guardia tres veces por semana, que tienen problemas familiares serios, que viven en un rancho de lata. No les puedo mejorar la parte salarial, porque no depende de nosotros. Pasa mucho por tenerlos con el ánimo en alto, hacerles ver la importancia de lo que están haciendo y de que sigan tirando para adelante a pesar de las dificultades. Cada vez que hacemos alguna actividad ellos están motivados.

Algunas fuentes consultadas indican que usted es un caudillo, con una ascendencia poco frecuente dentro de la institución. Por ejemplo, con el arresto a rigor ¿se sintió respaldado?

No me definiría como caudillo, soy el comandante. Desde que somos cadetes, en mi caso hace más de 40 y pico de años, estudiamos en un libro que se llama El arte de mandar, de un francés, André Gavet, que explica lo que es mandar. Mandar es un arte: divide claramente al superior del portagalones. Habla de la importancia de que el jefe —a todos los niveles— tiene que ser respetado por su forma de mandar, por su ascendencia y no por tener los galones. Si hay algo que caracteriza a la escuela militar es la cadena de mando. Gavet lo decía claramente: preocuparse siempre del problema que tiene el subalterno. Ese subalterno que va a tener que responderle en ese momento crítico. En estos momentos es cierto que en el Ejército hay una gran cohesión y un alineamiento de todos atrás de sus mandos, y que es producto también de la preocupación de los mandos por la situación de los subalternos. Acá no hay sálvese quién pueda, que se arreglen como puedan. 

¿Por eso salió tan firme con su posición sobre la “caja militar”?

Por supuesto. Pero lo de la caja fue un hecho coyuntural. Es un elemento más de una serie de problemas, la preocupación siempre fue el bienestar de la fuerza. 

Dicen, por ejemplo, que en el último acto del Día del Ejército fue aclamado como hacía tiempo que no sucedía. ¿Siente ese respaldo?

Sí, sí. Me siento respaldado, por eso a veces yo hablo llegando al límite de lo que puedo hablar, pero yo sé que tengo el respaldo de toda la institución. Y sé que todo el mundo sabe eso. Eso a uno le da una fuerza diferente a si uno estuviera en una situación débil.

Hay ocasiones en que podría decirse que usted cruzó con amarilla. Por ejemplo, cuando escribió el tuit sobre los “mercaderes del odio”, que generó cuestionamientos. ¿A quiénes se refería?

Prefiero no hablar de eso. Eso es literal, mercaderes del odio que negocian con la fractura, pero no quiero hablar.

Hay quienes dicen que está siempre al borde con lo que dice o hace. ¿Cómo se siente?

Estoy totalmente tranquilo. Casi todo lo que he hecho o todo lo que he hecho lo haría de nuevo de la misma manera.

Cuando ocurrió el arresto a rigor, y en otras ocasiones, surgieron voces en distintos ámbitos que dicen que usted va a dedicarse a la política. ¿Se imagina haciéndolo?

No es mi plan hoy. No lo descarto. Pero habría que ver cuál es el escenario. Creo que el militar tiene una formación diferente que la del político, toda una vida ejecutando y hablando poco es la característica más del militar. A veces, para dedicarse a la política como que hay que vencer determinadas barreras, determinados usos y costumbres. Es un tema para pensarlo. 

Su padre fundó un partido y fue diputado. ¿Se imagina haciendo algo así?

Bueno, en la vida todo es posible. Hoy no puedo decir que lo descarto, no está en el plan inmediato. Pero no lo descarto para el futuro y habrá que ver el escenario, porque cada cosa tiene su momento.

Usted es joven, el año que viene deja el cargo, pasa a retiro, y más arriba que comandante no puede llegar. 

Lo mío ahora si no hago nada de esas cosas es irme a Artigas a atender por primera vez el campo al que nunca le di bolilla. La verdad es que no tengo respuesta clara de qué es lo que voy a hacer en el futuro. Ahora, yo digo una cosa: estoy en un cargo en el cual mi función o mi gran misión, si es que cabe el término, es pelear por mejorar las condiciones del Ejército. En todos los aspectos. Si yo mañana me convenciera de que la única forma de mejorar las condiciones del Ejército sería jugar en otra cancha, en una cancha en la cual no haya que pedirle al político que contemple tal cosa del Ejército sino estando en el lugar del político para mejorar las cosas del Ejército, no voy a renunciar a jugar en una cancha si veo que tengo posibilidades de cumplir, de terminar de hacer lo que quise hacer toda mi vida, que fue mejorar las condiciones del Ejército. Soy comandante en jefe, un cargo muy importante y todo, pero siempre dependo de la buena voluntad del sistema político, o de la mala voluntad. Capaz que algún día, cambiando de cancha, jugando en la cancha de la política, se pude hacer lo que no se puede hacer desde el cargo de comandante.

Desde el general Hugo Medina no hay un ministro de Defensa militar. Edgardo Novick dijo que le gustaría que ocupara ese puesto. Dejando de lado a Novick, ¿le gustaría ocupar ese cargo?

No sé. Nunca lo pensé. Capaz el que venga, que puede ser, yo qué sé, Daniel Martínez, puede ver que tenga el perfil de ser ministro y me lo pueda ofrecer. Hoy por hoy, no me lo imagino.

En todo momento habla de defender al Ejército y hace un tiempo difundió datos sobre la buena imagen de la institución, a la que se termina recurriendo cuando hay problemas, por ejemplo, con inundados, o la basura. Sin embargo, muchos siguen asociando al Ejército con lo ocurrido en la década de los 70. ¿Falta comunicar mejor?

El Ejército ha hecho un gran esfuerzo de comunicación en estos últimos años. En la página web está todo, estamos con los inundados, salió en todos lados el Ejército sacando gente. El común de los uruguayos sabe las actividades que hace el Ejército. Lo que pasa es que hay también elementos del pasado que todavía son causa de fricciones y hay gente como que hace uso de esos elementos con otros fines, con fines políticos internos o lo que sea, que siguen machacando con cosas que pasaron hace medio siglo. Pero en realidad, al Ejército actual esas cosas le son, más allá de la responsabilidad institucional, a quienes integramos hoy el Ejército, totalmente ajenas. Por supuesto es una institución que se continúa en el tiempo que en una época realizó determinadas cosas, pero que no necesariamente tiene que seguir permanentemente dando cuenta de lo que pasó ahí. Si no, también tendríamos que dar cuenta de por qué fuimos a la Guerra del Paraguay en el siglo XIX, somos culpables de todos los que matamos en el genocidio paraguayo. O si en la batalla del Sauce el ministro de Guerra que era el general Suárez mandó a degollar a 400 prisioneros. Una cosa terrible, más terrible que cualquiera de las cosas que podamos imaginar hoy. Pero no podemos estar toda la vida haciéndonos responsables. La historia lo juzga a Suárez por lo que hizo en el Sauce, a los que fueron al Paraguay. Las cuentas las dieron en su momento, las dará la historia si ya se murieron, pero no necesariamente tenemos que condicionar la vida de la institución en el presente y en el futuro.

¿Nota en la calle que hay más afinidad con el Ejército? Por ejemplo, hay quienes dicen que con los problemas de seguridad el Ejército debería colaborar.

Yo noto un ambiente muy favorable a una mayor participación del Ejército en el tema público, en el tema seguridad. Lo noto en mucha gente, no solo en las redes sino en lo personal. “Ustedes tienen que hacer esto, tienen que hacer lo otro”. Como que ya la gente lo que quiere es que se le solucione el problema que ellos sienten hoy y ya no están condicionando eso a prejuicios de lo que pasó antes. Creo que hay un vuelco grande en eso, es una percepción. Uno lo ve porque está uniformado, pero creo que es real que hay un sentimiento de la gente diferente al que había hace diez o veinte años. En los años 80 yo —y todos— andaba de civil. Hoy voy al supermercado uniformado y no se me ocurre que nadie me mire feo. O tengo que hacer la cola en el Abitab para pagar una cuenta y salgo de acá y voy así. Alguno me mira como bicho raro pero no veo hostilidad.

¿Le tocó sufrir agresiones o insultos?

En lo personal no, pero ha habido insultos y agresiones, sobre todo en los años 80, en la salida de la dictadura hubo algunas. Ahora no.

Cuando estuvo en Sanidad Militar impulsó la construcción de la capilla, estuvo en misas, y es creyente. ¿Cómo es su vínculo con la Iglesia?

Con la misa del 18 de mayo de 2016 hicieron tanta alharaca que todo el mundo se hizo la idea de que yo soy religioso. Soy católico, pero católico a la uruguaya, no de ir todos los domingos a misa. No me confieso ni cosas por el estilo. Cuando la Iglesia uruguaya dice que el 18 de mayo le va a hacer un homenaje al Ejército, en la Catedral donde están enterrados Fructuoso Rivera, Juan Antonio Lavalleja y Joaquín Suárez, capitanes de la Batalla de Las Piedras. me invitan, yo voy. Y voy uniformado porque voy representando al Ejército. Iría igual si lo hacen en una sinagoga, en el Templo Inglés, donde quieran. Hicieron todo un circo pero no tengo otra opción.

¿Cómo imagina las Fuerzas Armadas del futuro?

Muy profesionales, totalmente alejadas de la política partidaria. Comprometidas solo con el Estado y con quien represente al Estado de acuerdo con la Constitución. Creo que hoy está alejada, no es conversación de cuarteles hablar de tal partido, tal otro, estamos a favor o en contra del gobierno. Para mí tienen que ser Fuerzas Armadas profesionales, cohesionadas, bien equipadas y bien retribuidas para cumplir sus misiones con justicia. Con nuestra participación en las misiones de paz estamos dándole una misión muy importante a la política exterior del Estado. Las Fuerzas Armadas son una herramienta para todos. El Ejército es lo primero a lo que echa mano el Sistema Nacional de Emergencia. Si hay emergencia, que puede ser con la basura, una inundación, un tornado, siempre estamos. El Ejército podrá tener mucha o poca actividad pero todo el mundo sabe que está. Tiene que ser creíble, sobre todo por profesionalismo y equipamiento. No puede haber militares de un partido ni de otro porque sería el principio del fin de la institución. 

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