Columna: Nobleza obliga

Nuestro Everest

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Nº2021 - al de Mayo de 2019
por Claudia Amengual

En estos días se cumplen sesenta y seis años de la primera conquista documentada del monte Everest. En la mañana de aquel 29 de mayo, el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa nepalí Tenzing Norgay, miembros de una expedición a cargo del británico John Hunt, alcanzaron la cima a ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros sobre el nivel del mar. No habían sido los primeros en intentarlo. Otros esfuerzos ―en su mayoría protagonizados por británicos― se remontan a los inicios del siglo XX y en más de una ocasión cobraron la vida de los valerosos expedicionarios. Cuatro días más tarde, la actual soberana británica recibía el regalo de esta espléndida noticia el mismo día de su coronación. 

La expedición de Hunt estaba impelida por ese fuerte espíritu competitivo que tantas veces llevó a los británicos a llegar antes a la meta. La situación política, por otra parte, empeoraba las cosas y no permitía la menor pérdida de tiempo. El camino a la cima por el lado norte estaba cerrado por el gobierno chino y Nepal solo autorizaba una expedición al año. Francia ya había comprado su permiso para intentar el ascenso en 1954 y Suiza tenía reservado su turno para 1955. Si los británicos no lo lograban, quizá perderían su oportunidad de escribir otra página de la Historia. 

Según cuenta la crónica, Hunt armó su equipo con cuatrocientas personas, de las cuales veinte eran sherpas y más de trescientas, porteadores que cargaban las casi cinco toneladas de equipaje. Llegar a esa cima implicaba mucho más que una proeza física. Era el triunfo de lo humano sobre la naturaleza, una muestra de coraje y poderío, un trofeo que trascendía la satisfacción inicial de haber logrado una meta y que se cargaba de connotaciones simbólicas. 

El Everest es el pico más alto del planeta y forma parte de la cordillera del Himalaya que se extiende a lo largo de unos dos mil seiscientos kilómetros y atraviesa territorios de Bután, Nepal, China e India. Con más de cien cimas que acarician los ocho mil metros parece justo que se la conozca como “el techo del mundo”. Alcanzar ese techo es el equivalente a tocar el cielo, es decir, acercarse todo lo posible a Dios. Quizá por ese hondo significado tantos han estado dispuestos a emprender tamaña aventura con altísimos costos en dinero, un esfuerzo físico sobrehumano y el riesgo de perder a cada segundo la vida. Ese influjo mágico que atrae a miles a conquistar el Everest continúa hasta nuestros días. 

Un reciente artículo de El País de Madrid, bajo el título Pedir turno en el Everest y firmado por Óscar Gogorza, da cuenta de que el año pasado ochocientas dos personas alcanzaron el extremo más alto del pico. Una de ellas, sin el auxilio de oxígeno embotellado, una osadía temeraria a la que pocos se animan. Según el artículo, algunos escaladores consideran que la única forma ética de domeñar la montaña es hacerlo desde la pasión, como un enamorado que enfrenta ―sin más armas que la confianza en su destreza― todas las dificultades y todos los obstáculos, por infranqueables que parezcan. Estos puristas del alpinismo se oponen a que la actividad que practican con tanta devoción se torne un negocio. Y se molestan ante la afluencia cada vez mayor de turistas que no siempre están preparados para emprender el ascenso, pero tienen el dinero suficiente.  

El artículo proporciona cifras impactantes. “Escalar el Everest cuesta entre 26.000 y 115.000 euros”, dice, “solo el oxígeno embotellado cuesta unos 5.300 euros y da para unas 20 botellas, la medida perfecta para no congelarse, dormir plácidamente y no comprometer el viaje de ida y vuelta”. Está claro que, llegar al techo del mundo, requiere algo más que voluntad y preparación mental y física. 

Escalar la montaña más alta del planeta es un desafío sustentado en una postura filosófica, haya o no mediado una reflexión previa. En esa lucha entre el hombre y la naturaleza se ponen a prueba la capacidad de resistencia, el deseo de superación y la confianza. Quizá nunca tanto como en circunstancias así de extremas el alma se funde con el cuerpo y ambos conforman una fuerza única capaz de hacernos alcanzar lo que a priori parecía imposible.

Reinhold Messner ―uno de los dos primeros hombres que ascendieron hasta la cima del Everest sin oxígeno embotellado, y que el año pasado recibió el Premio Princesa de Asturias de los Deportes― declaró que “una persona que escoge la ruta normal, una ruta previamente equipada, acondicionada por otros, debe saber que no está haciendo alpinismo, sino turismo. El alpinista va allí donde no hay nadie, allí donde no llegan los demás”. 

Las personas somos a veces turistas; otras, alpinistas. Día a día trepamos colinas y cerros, incluso una montañita, cada tanto. Lo hacemos solos o acompañados y no hay en esto ninguna hazaña por cuanto recorremos un trillo conocido que ya ha sido abierto. Las metas cotidianas suelen ser accesibles y no están demasiado lejos. Pero allá en lo alto, cada uno de nosotros tiene su Everest, un punto de excelencia que visualizamos desde el llano y al que se accede por ese camino virgen, nunca transitado, que es la propia vida en su manifestación más excelsa. El único camino que podemos recorrer porque es el que nos pertenece. Siempre será original nuestro modo de ganar la cima e iremos abriendo huella. Si el compromiso ha sido honesto y hemos dado lo mejor en el intento, aunque no lleguemos, bien habrá valido la pena. 

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