Presidente insólito (o cómo aprendí a amar la lavandina e inyectarla)

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Nº2074 - al de Junio de 2020
La columna de Eduardo Alvariza

Lo que van a leer es un dislate total producto de una mente díscola, proclive a las ensoñaciones de cuarentena y con dudosas fuentes, como todo lo que se escribe en esta columna. Resulta que en un piso bien alto, el 61, en una amplia oficina de metal y vidrio desde donde se contempla Los Ángeles, un productor y tres guionistas de renombre discuten la próxima superproducción cinematográfica. Volver a filmar películas es fundamental, imperioso, la gente necesita imágenes en movimiento. La propuesta se centraría, faltaba más, en la pandemia y sus consecuencias en la sociedad estadounidense, tan convulsionada por infectados, muertos, millones de ciudadanos en seguro de paro y debacle económica.

Uno de los guionistas propone como base dramática la incapacidad del presidente para enfrentar el espantoso panorama. El mandatario está completamente dislocado ante cada situación de emergencia. En una secuencia, por ejemplo, sugiere ante un comité de científicos emplear lavandina como cura, y no para lavar los pisos. El diálogo incluiría el término “inyección en solución jabonosa” para matar al virus. Al guionista le encantaba, soñaba con ponerlo en boca de algún personaje. Y dejó escapar una risita acompañada por el gesto del dedo pulgar de quien inyecta algo, al tiempo que visiblemente reprimía una cantidad de ideas desatadas por semejante delirio.

Peter Sellers
Peter Sellers (Doctor Insólito)

—Ridículo completamente —opinó el productor—. Nadie se lo creerá. No me hagan repetir la premisa de siempre: el cine es cre-di-bi-li-dad. Semejante estupidez nos descentraría del drama y pasaríamos a la comedia. Y no estamos para comedias. Además, tenemos que tener en cuenta que la nueva normalidad implicará mantener la distancia entre la gente, por lo tanto, será complicado escribir una historia en la que los actores deberán interactuar a una prudente distancia entre ellos, una distancia a salvo de toses y estornudos. Tenemos un presidente incompetente, ese punto de partida está bien, me gusta. Avancemos.

Consciente de la dificultad y sin apartarse de la premisa dramática, el segundo guionista propuso al productor para suprimir la distancia entre los personajes en la nueva normalidad, volver a la vieja.

—¿Y eso cómo sería si ya tenemos la pandemia instalada? —preguntó el productor.

—Olvidemos la pandemia. Metamos el problema racial como en Haz lo correcto, de Spike Lee, que termina con una pizzería prendida fuego y un gran disturbio en el barrio. Echemos mano al consabido grupo de policías blancos, bien racistas e idiotas, de esos que no tienen idea de lo que es tirar un fósforo encendido en un granero. Los tipos apresan al salir de una tienda a un negro con un billete de 20 dólares que en realidad no vale 20 dólares.

—¿¡Qué!?

—Claro, el negro intentaría comprar algo para comer con un billete falso y los policías lo agarran, lo tiran al piso y uno de ellos lo asfixia con su rodilla en el cuello. Se arma el tal quilombo. Y no solo en el barrio, ni en la ciudad, sino en todas las ciudades. Como pasó con Rodney King y tantos otros. Es de cajón: la gente filma todo gracias a los celulares. Y la muerte del negro quedaría registrada globalmente, incluso con una frase que se convertiría en eslogan: “No puedo respirar”. Se desatarían las protestas multitudinarias. A la mierda con el distanciamiento. Ahora tenemos un tremendo conflicto social en todo el país, enfrentamientos con la policía, saqueos. Volvemos a la vieja normalidad. Menos mal que el pobre Jimmy Cobb no vería nada de esto.

—¿Quién?

—Fue un gran baterista de jazz, murió hace poco, tocó en Kind of Blue…

—No jodas con el jazz. Volviendo a nuestro guion, si ya tenemos un presidente estúpido —dijo el productor— y ahora le agregamos a cuatro policías estúpidos, es demasiado. Insisto: cre-di-bi-li-dad.

—Yo incluiría otro elemento para captar al público de La guerra de las galaxias, que es muchísimo —intervino el tercer guionista.

—¿¡Qué, qué!? —gritó el productor, que ya perdía la paciencia.

—Claro. Al drama le agregamos naves espaciales.

—No, querido, por favor, eso ya sería como en Doctor Insólito, de Kubrick, un dislate nuclear, dejemos las armas nucleares, los aviones y los cohetes.

—No va por ahí —lo atajó el tercer guionista—. Lo que digo es inventar un despegue de la Nasa, un emprendimiento puramente científico que la gente disfrutaría en directo como un bálsamo ante tantas penurias económicas y problemas sociales. Los astronautas se dirigen a una estación espacial y cuando llegan, en vez de ser los protagonistas, ellos mismos observan completamente estupefactos desde los monitores de la estación cómo en la Tierra, en los Estados Unidos, se ha desatado un aquelarre de manifestaciones, patrulleros incendiados, saqueos, destrozos y el ejército en las calles. El Guasón hecho realidad. No van a querer volver. Me recuerda al astronauta soviético que quedó varado en la estación espacial: lo subieron cuando existía la Unión Soviética y lo bajaron cuando ya era la Federación de Rusia.

—¡Estás loco, no se lo creerá nadie! Además, son demasiados géneros: drama social, comedia negra, ciencia ficción, serie B para freaks que buscan historias bizarras con inyecciones de lavandina y naves espaciales. No se puede con todo eso.

—Insisto —apuntó el tercer guionista parado en los pedales—. ¿Te acordás cuando me bochaste el guion de dos aviones que se estrellaban contra las Torres Gemelas? Me dijiste que ni Godzila las había derrumbado, incluso citaste Inteligencia artificial para recordarme que, en un mundo del futuro con robots haciendo los trabajos más sucios y pesados, las torres estaban en pie.

—Tengo una idea para la música —dijo el primer guionista, el de la risita contenida.

—¡No jodas con la música! —lo cortó en seco el productor, que ya veía su proyecto naufragar en ideas descabelladas, en situaciones alucinógenas, en payasadas inconcebibles—. ¡Por qué no meten también una rata almizclera gigante que se come a otras ratas y después a los humanos por la falta de alimentos!

—Volvamos al presidente inoperante —intervino el segundo guionista—. Si seguimos su cabecita paranoica, el tipo le tiene que echar la culpa de todos los problemas a militantes anarquistas y a la oposición, y necesariamente seguirá la confrontación y declarará el toque de queda desde el búnker de la Casa Blanca, resguardado por los militares, mientras la gente toma las calles como en Guasón.

—¿¡Pero cómo salimos de esta situación absolutamente inverosímil!? ¿¡Cómo, me quieren decir!?

El productor daba vueltas por la amplia oficina, completamente sacado. Los guionistas se mantenían sentados. El primero de ellos continuaba con la risita sofocada, producto de que su imaginación lo llevaba más y más lejos. Y se atrevió a decir:

—Tengo la solución.

—¿¡Cuál es, me querés decir!?

—Acudamos a la bienamada CIA. Cuando tenemos que cerrar algo siempre viene bien la CIA. Para controlar al loco lo secuestran, lo atan y le meten una inyección de lavandina, al mismo tiempo que le dan otra de piportil y un buen toco de cápsulas de haloperidol.

—¿¡Qué es todo eso!?

—Antidelirantes.

—No, no, no, así no se puede, váyanse y vuelvan con ideas más sensatas, creíbles. Tengo la cabeza revuelta de géneros, lavandina, manifestantes, policías, pandemias, naves espaciales, la rata almizclera…

Los tres guionistas se retiraron y dejaron al productor en su oficina del piso 61, caminando con notoria excitación hasta que se detuvo y más tranquilo contempló, como Orson Welles en El tercer hombre, los puntitos que estaban allá abajo, porque desde las alturas los seres humanos siempre son puntitos.

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