Panes & Peces

A pesar de su imagen de balneario adolescente y nocturno, Punta del Diablo ofrece algunas alegrías para aquellos paladares más exigentes

Punta del Diablo también gastronómico

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Nº1853 - al de Febrero de 2016
Marcela Baruch Mangino - Fotos: Adrián Echeverriaga

Pueblo de pescadores de tiburones en los años 40, y destino turístico de los más jóvenes desde hace algunas décadas, Punta del Diablo sumó recientemente nuevas propuestas gastronómicas más formales, que completan la oferta junto a sus clásicos buñuelos de algas y empanadas de cangrejo local sirí para comer a orillas de la playa.

No queda muy clara la razón, pero históricamente en la costa uruguaya es difícil encontrar buenos restaurantes contra el mar, y este balneario no es la excepción. Ubicados camino al bosque, cuesta arriba del pueblo originario, desde hace algunos años funcionan dos restaurantes que eligen pescadores y veraneantes: Il Tano y Panes y Peces. El primero combina pastas artesanales con frutos de mar y pescados a la parrilla, con una propuesta de pequeña posada de dos habitaciones, y servicio de desayuno para la zona. El segundo surgió de la unión de un restaurante y un escenario musical, con una grilla de artistas semanal en enero y febrero, y una cocina que, según su propietario Andrés Carrau, busca servir “comida casera, sin pretensiones, con una carta cuidada” que piensan durante todo el año.  

Il Tano

Como en casa. Hogar de familia durante el invierno y completo restaurante durante el verano, con cocina, cámara de frío, estufa a leña y un generoso salón y galería para mesas, Il Tano Cucina nació de la iniciativa de Luciano Raimondo y su mujer Ximena. Él llegó por primera vez a Punta del Diablo en 2006, venía de la provincia de Santa Fe, en Argentina. Después de tres años sobre el Paseo del Rivero, una de las calles principales del balneario, Il Tano se mudó al bosque, cerca de la intersección de la calle 5 y la 20, a una casa que combina restaurante y pequeño hotel de dos habitaciones, con una propuesta disponible durante todo el año.

Raimondo, que aprendió a hacer la pasta durante su estadía de más de 15 años en Italia, ofrece en su carta una variedad de opciones, entre las que se destacan los ravioles de algas y ricota que sirve con salsa de crema y camarones, y el risotto de frutos del mar. El propietario comentó que intenta ofrecer una carta lo más local posible y, aunque no dispone de todos los ingredientes necesarios, una frondosa huerta orgánica que riega a diario con aguas grises (de ducha, lavaplatos, etc.) le aporta vegetales y hierbas, mientras los pescadores le proveen tiburón, corvina y angelito para asar a la parrilla por la noche.

Il Tano

Il Tano abre también para el desayuno, tanto para los huéspedes de la posada como para visitantes de la zona. La puesta en escena de las habitaciones —matrimoniales, con living y kitchenette— fue tarea de sus dueños, que hicieron hasta la mesa ratona. En cambio, del taller de cerámica Botijo provino la bacha del baño así como también los platos del restaurante. A pesar de su apariencia rústica, de casa del árbol, allí el diseño asoma con pequeños acentos, en la vajilla, en algunas prendas de lana tejidas a mano para la venta y hasta en la decoración del baño. Este cuidado también se ve en la carta de vinos, cuyos ejemplares se ven en una pared que sirve de cava de más de 50 etiquetas —una rareza en el balneario—, tanto nacionales como importadas. De esta manera es fácil disfrutar de una pesca a la parrilla con sauvignon blanc uruguayo del año, o de un tannat al abrigo de la estufa durante el invierno.

Cocinar cultura. Andrés Carrau y su mujer Gabriela Mecoll compraron su primer terreno en Punta del Diablo hace 15 años, cuando decidieron convertir sus periódicas escapadas al balneario desde Montevideo en una estadía permanente. En la calle 3 de la Playa del Rivero construyeron sus primeras cabañas. “No había nada más que arena entre nosotros y la playa”, contó Carrau. Para no vivir únicamente del dinero del alquiler de las cabañas y poder servir desayuno a los huéspedes, en el frente del terreno construyeron una barraca de playa sin paredes, en palafito sobre madera y paja. Entonces solo servían desayunos y almuerzos. Con los años la propuesta evolucionó pero la casa mantuvo su estructura.

Panes y Peces

En el camino, Mecoll se convirtió en la cocinera, Carrau en el anfitrión y se sumó al matrimonio Federico Massarino como productor cultural. Panes y Peces se convirtió así en un restaurante más formal —sin perder, según su propietario, su carácter “políticamente incorrecto”, pues continúa sin paredes—, y sumó también una sala de espectáculos musicales. Cada fin de semana de enero y febrero el trío recibe a cantautores en un único día, montan un escenario en el salón, bajan las mesas al jardín delantero de la casa y ofrecen un menú de dos platos únicos para comer antes de que comience el show. En febrero los acompañarán Pitufo Lombardo y Pinocho Routin, Larissa Baq de Brasil, Fernando Cabrera, Rossana Tadei y Gustavo Etchenique, por ejemplo. Además, en marzo organizan un ciclo de jazz gratuito llamado “Vientos de Jazz”.

Además de su fuerte impronta cultural, la cocina de Panes y Peces no se queda atrás. “En invierno recolectamos hongos como boletus y deliciosos para hacer el risotto de hongos”, contó la cocinera. De su carta se destacan además, las pescas frescas que prepara con hierbas de su huerta y puré de calabaza y jengibre, o con salsa de puerros y requesón.

Este emprendimiento tiene además la gestión del portal PuntadelDiablo.com.uy, y sirve desayunos para turistas que se hospedan en cabañas asociadas.

PUEBLO DE TIBURONES

Robert Acosta

Robert Acosta es uno de los tantos pescadores que ocupan las barracas frente a la playa de los pescadores del pueblo de Punta del Diablo, donde tienen a disposición freezer y mesadas para filetear lo que capturan. Acosta, un personaje especial en el pueblo, comenzó a pescar de forma independiente a los 16 años junto a su hermano menor, luego de perder a sus padres, y trabaja para preservar la tradición de la pesca artesanal de tiburón, sin intermediarios. “Lo pesco yo y te lo vendo yo”, escribió en la pizarra que ubica frente a su barraca “Federico” (el mismo nombre de su barca). En 2015 su hermano menor logró independizarse, un hecho que afirma con alegría, pues junto a otros llevan adelante una escuela de pesca para salvaguardar su arte.

Tercera generación de pescadores, abuelo y padre de Acosta trabajaban como nutrieros durante el invierno y pescadores en verano. “Nos olvidamos que antes de ser un pueblo turístico Punta del Diablo era un pueblo de tradición en la pesca del tiburón. En los 40, cuando la II Guerra Mundial, se vendía el hígado del tiburón para hacer pastillas de vitamina A, y las mujeres salaban la carne para hacer lo que conocemos como bacalao. Toda la familia estaba involucrada. Donde estamos los pescadores hoy eran saladeros”, contó Robert. En la búsqueda de rescatar la tradición y preservarla, Acosta prepara charque de gatuzo que vende todo el año, principalmente a cocineros de todo el país. “Al gatuzo le llaman cazón”, aclaró.

En verano, la pesca habitualmente involucra la corvina, pescadilla, gatuzo y angelito o pez ángel (una especie de tiburón), tiburón sarda y marraco, pero el pueblo no da abasto. Por esta razón, algunos pescadores incorporan a su venta frutos congelados importados. “Lo ideal sería que congeláramos todo el año para tener stock, pero muchas veces no se logra y el pescador vende lo que saca a intermediarios por la mitad del valor de lo que se consigue al hacerlo directamente”, afirmó Acosta.

Pese a la evolución de un balneario que recibe a más de 30.000 personas en enero, hay tradiciones que se mantienen, como cuando las barcazas se acercan a la playa al caer la tarde y los turistas las rodean para ver su pesca. Si hay suerte saldrán del agua con un gran tiburón que alzarán como trofeo, un símbolo de arraigo en la zona. Esa captura se carga en cajas plásticas y se suben en un carro tirado a caballo hasta las barracas, donde se filetea, vende o guarda. Esta fiesta permite a los turistas comer pescado recién salido del agua con un sutil sabor a mar.

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Il Tano Cucina (Calle 5 y 20, Playa del Rivero, tel. 096 589 389). Abierto todos los días desayuno, almuerzo y cena. Precio promedio por persona: 450 pesos (aceptan Visa y Master Card). Habitaciones: 80 dólares en baja temporada, 110 dólares en media temporada, 150 dólares en verano (incluye desayuno y wifi).  

Panes y peces (Calle 3 entre la 12 y la 14, Playa del Rivero, tel.  091 606 132). Abierto todos los días desayuno, almuerzo y cena. Precio promedio por persona: 400 pesos (aceptan Visa y Master Card).

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