Editorial

Reducir, reciclar, educar

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Nº2033 - al de Agosto de 2019
por Daniela Bluth

Desde que entró en vigencia la ley del uso de bolsas plásticas me acostumbré a andar con bolsas de tela en la cartera y el baúl del auto. De todos modos, alguna compra no planificada o un olvido me obligaron a pagar, más de una vez, alguna bolsa biodegradable. ¿La explicación? Sobre todo, falta de costumbre.

Es un hábito similar al de usar protector solar mayor a 30 (y no bronceador)  cada vez que vas a la playa o recoger la caca que hace tu perro, ambas actitudes no extendidas hace quizá tres décadas. Ahora, intentar reducir el uso del plástico —en las bolsas, los envases, los utensilios...— es un objetivo en sí mismo, más que nada para las nuevas generaciones. En mi casa, mis hijos prefieren cargar y rellenar termos en vez de comprar botellas de 500 ml y llevar al colegio la ropa de gimnasia en bolsas de tela, que ahora por suerte son cool y las llamamos tote bags.

Desde que los comercios empezaron a cobrar las bolsas, el consumo bajó alrededor de 80%, algunos sostienen que incluso más. “Los uruguayos nos sorprendieron gratamente”, dijo Alejandro Nario, director de la Dinama, a El País. También hubo enojos y críticas. Todo muy normal para una sociedad a la que le cuestan los cambios. Y lo cierto es que ante este tipo de situaciones, muchas veces más que la normativa y las multas, el peso está en la condena social. ¿Quién conoce a alguien que haya sido multado por no levantar la caca del perro? Yo, a nadie; mi entorno cercano, tampoco. Sin embargo, la mirada fulminante funciona tanto o mejor que el castigo en dinero.

En Europa, modelo de muchas de estas políticas, después de más de 20 años ya es costumbre cargar la basura en el auto o caminar varias cuadras hasta encontrar el contenedor adecuado. Acá todavía nos cuesta clasificar. En Montevideo, la intendencia ha tomado medidas; en su web hay un mapa que señala con distintos colores dónde se ubican los contenedores para tirar los distintos materiales que se pueden reciclar. Pero quizás hace falta más. Había uno a tres cuadras de mi casa, y yo recién lo supe a la hora de escribir estas líneas. También hay una aplicación, Dónde Reciclo, desarrollada por la asociación civil sin fines de lucro Compromiso Empresarial para el Reciclaje (Cempre).

Solo en Montevideo generamos 1.956 toneladas de residuos sólidos por día, de los cuales más del 12% son de plástico. Esta semana, el Senado otorgó media sanción a la Ley de Gestión Integral de Residuos, cuya propuesta más fuerte y polémica es ponerles impuestos a los envases no retornables, las bandejas y vasos de materiales descartables, el filme plástico y las bolsas de nailon.

La lógica, dicen sus impulsores, es similar a la que se aplicó con las bolsas plásticas: que los elementos perjudiciales para el medioambiente tengan un costo extra y la población empiece a usar elementos amigables. Desde la industria lo sienten como un golpe que, advierten, seguramente repercuta en el consumidor. El mercado ya se empezó a mover en ese sentido, con una tímida pero cada vez más activa oferta de pajitas de acero inoxidable o bambú, por ejemplo.

Casualidad o no, hacía tiempo que Marcela Baruch estaba trabajando en una nota sobre el tema que publicamos en este número. Allí todas las partes exponen sus argumentos. Más allá de las diferencias de enfoque, situaciones y opiniones, todos coinciden en una cosa: la necesidad de formar al consumidor. La gente todavía no tiene claro qué puede reciclar, cómo y dónde. “Hay plantas de reciclado de PET que están paradas porque no les llegan los residuos, y bidones de agua en contenedores de basura que podrían ser reciclados”, dice el presidente del Centro Tecnológico del Plástico. Después de la votación en el Senado, Nario aseguró que Uruguay recicla apenas 4% de lo que podría. Y allí, entre tanta palabra técnica, aparece la clave: educar. Si es con el ejemplo, mucho mejor. 

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