Rodeadas de caballeros, y en silencio

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Nº2074 - al de Junio de 2020
La columna de Pau Delgado Iglesias

El miércoles 3, en una de las mesas especiales por los 35 años del programa radial En perspectiva, la bailarina María Noel Riccetto expresó, al tomar la palabra: “Me hubiera gustado ser oyente, porque no te puedo mentir que me intimida mucho estar rodeada de todos estos caballeros”. La mesa estaba integrada además por Enrique Iglesias, Carlos Lecueder y Gustavo Poyet, y conducida por Emiliano Cotelo. Y aunque se resaltó como aspecto positivo la diversidad del encuentro (que mezclaba personajes del fútbol, la cultura, la política y el sector empresarial), no se contempló la escasa diversidad que esta presentaba en términos de género, siendo Riccetto la única mujer del grupo. Sin pretender criticar las decisiones de producción del programa, el ejemplo resulta relevante para introducir un tema que durante esta semana se manifestó de muchas maneras.

Lo que expresó Riccetto con espontaneidad inocente, la sensación de “sentirse intimidada” al estar rodeada de varones, es algo vivido por la mayoría de las mujeres en diferentes puestos de poder, en todas partes del mundo. Por ejemplo, Madeleine Albright, la primera secretaria de Estado estadounidense, cuenta que al principio de su carrera asistió a muchas reuniones donde era la única mujer presente, y prefería callar antes que ser juzgada por sus colegas: “Pensaba que si decía algo todos pensarían que era algo estúpido. Y luego un hombre decía exactamente lo que yo tenía en mente y los demás participantes lo encontraban brillante”. Y a pesar de ocupar un cargo de poder desde hace más de dos décadas, confiesa que todavía siente ansiedad cuando en una sala participa de un debate solo con hombres. Algo similar sintió la economista Deirdre McCloskey poco tiempo después de su operación de cambio de sexo: estaba en una reunión con colegas (todos hombres excepto ella) y planteó un argumento que todos ignoraron. Al minuto, un economista varón planteó algo idéntico y todos lo felicitaron. McCloskey recuerda la profunda alegría que sintió en ese momento: “¡Sí! Me están tratando como a una mujer”, pensó, aunque aclara: “Fue la primera vez, y la última, que disfruté de experimentar algo así”.

Es que, como explican Tali Mendelberg y Christopher Karpowitz en su libro El sexo silencioso (2014), “el discurso público sigue siendo un acto de autoridad de género”. A través de sus investigaciones, Mendelberg y Karpowitz demuestran cómo las mujeres que logran romper el techo de cristal todavía no han descubierto cómo “ejercer autoridad con sus voces”. Al estudiar el debate político y el discurso público en Estados Unidos, encuentran que “las mujeres hablan menos tiempo y con expresiones menos asertivas que sus pares hombres por temor a ser criticadas y, sobre todo, interrumpidas”. Las estadísticas reflejan que los varones no escuchan a las mujeres, y esto no sucede solo en política, sino también en centros educativos, ámbitos laborales, negocios y en la vida pública en general. “Acostumbrados a tomar la palabra y a hablar largo, seguro y sin interrupciones —sin miedo a la crítica—, producen el efecto indirecto de intimidar el discurso de sus compañeras, al tomarse la mayoría del espacio y el tiempo”.

Esto es precisamente lo que la diputada Verónica Mato estaba intentando decir el martes en el marco de la “media hora previa” de las sesiones ordinarias de la cámara. En un texto homenaje a los cinco años del movimiento #NiUnaMenos (que se cumplieron este miércoles 3 de junio), la diputada había preparado un discurso conciso y contundente que comenzaba planteando precisamente la tendencia global y sistemática a querer silenciar la voz de las mujeres. Al minuto de haber comenzado su presentación, Mato tuvo que pedir el “amparo de la palabra”, por la dispersión que había en la sala mientras ella hablaba.

Irónicamente, esto era justamente lo que la diputada estaba queriendo plantear en su discurso, al decir: “Queridos compañeros varones, en este corto tiempo que llevo como legisladora he tenido que presenciar cómo la voz de nosotras, mujeres parlamentarias, no es escuchada en este recinto”. Al terminar esa frase, Martín Lema, presidente de la cámara, la interrumpe para pedirle que “cuide las formas” y evite el uso de “expresiones hirientes”. A pesar de la sorpresa por un planteo fuera de lugar, la interrupción no logra desarticular la presentación de la diputada, que sigue adelante y expresa: “¿Y ustedes varones qué hacen? ¿Cómo se sienten cuando saben que varones como ustedes ejercen violencia física y sexual? Son sus pares de género que cometen esos abusos. Y esto atraviesa lemas y sublemas, este es un tema político que no sabe de colores, sabe de dignidad”. En este punto, Lema vuelve a interrumpir a Mato para leerle el artículo 73 del reglamento de la cámara, de “llamado al orden” por expresiones hirientes o indecorosas.

Resulta irritante esa interrupción en medio de un discurso con la seriedad del tema que la diputada estaba planteando y en medio de un contexto nacional de altísima violencia de género. Sin embargo, no sorprende: parecen ejemplos de libro de todos esos estudios sobre el silencio de las mujeres. Ya sería tiempo que todos esos “queridos compañeros varones”, dentro y fuera del Parlamento, en Uruguay y en el mundo, lograran darse cuenta de que no escuchar a las mujeres que los rodean es solo una perla más en el collar de violencias a las que están expuestas las mujeres, día tras día.

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