Sartori, Talvi y dos debates

5min 7
Nº2027 - al de Julio de 2019
por Fernando Santullo

En determinado momento, hace unos meses, decidí que no quería escribir sobre la campaña electoral. Daba por hecho que iba a ser sucia, obvia, barrio bajera. Y de hecho, un poco lo fue. Sin embargo, me fue imposible zafar del vórtice. Más allá de sus bemoles, y de ser una campaña para unas elecciones internas, pronto se empezaron a ver algunas particularidades interesantes. Partidos nuevos y un par de candidatos que “no venían de la política” aparecían en la lidia. En el oficialismo imperó la idea de que lo mejor era poner a cuatro candidatos a competir entre sí, con todos diciendo el mismo discurso: da igual a cual de nosotros votes. De ahí que los focos magnéticos de la campaña estuvieran en otras partes. A bote pronto, se me ocurren tres.

Uno fue la aparición de Juan Sartori, segundo en la interna blanca, con el 20,6% de los votos, de quien se pudo ver más o menos velozmente que era un candidato en el estilo “marketing político puro”: ese que construye una campaña destinada a vendernos un candidato como podría vender cualquier otro producto, detergente, pasta de dientes, un fondo de inversión. Como es sabido, el detergente no tiene ideología. En fin, Sartori fue la llegada a Uruguay de un candidato que declara que la política que le gusta es “así: totalmente pragmática, sin ideología, sin nada”. Aderezando eso con la dispersión de fake news y algunas otras neochanchadas de nombre “pos algo”, el hombre marcó la interna y la “modernizó”.

Sartori se presentó como un gestor de la realidad, eficiente, listo, un empresario que sabe hacer dinero con las intenciones y tendencias de otros. Uno al que si las cuentas le salieran mal, cerraría tal o cual empresa o fondo sin dudarlo un instante. Como debe ser, claro, según la lógica de la eficiencia económica imperante en ese ámbito. Habría que ver si esa lógica funciona igual de bien en una situación social, es decir, en una que involucre a unos ciudadanos con derechos, quienes de ninguna manera pueden ser una cifra más en el balance que decide el cierre. ¿Estoy diciendo que Sartori es “malo”? No, no tengo idea de si es “malo”, no lo conozco. Lo que sí intento es describir cuál es la lógica en que se basa su éxito conocido, uno que hasta ahora no era político. En cualquier caso, es un líder que ofrece satisfacer los deseos del ciudadano partiendo de la lógica del focus group. Juan te pregunta y vos le decís. Él te contesta que sí, que él te va a dar eso que vos precisás. Todo tan puro, tan literal, tan bien gestionado, ¿qué podría salir mal?

El segundo foco fue el economista colorado Ernesto Talvi, el otro “recién llegado” al ruedo. Talvi obtuvo el 53,8% de los votos de su partido, casi duplicando a su competidor, el expresidente Julio María Sanguinetti. De manera especular, donde Sartori era eslogan, Talvi parecía interesado en explicar el eslogan, en lanzarse en largas y entusiastas explicaciones que a veces mareaban al auditorio. Por supuesto, Talvi como cualquier candidato no sale de la casa si no es con el telón de fondo del marketing político encendido detrás. Un marketing que se interesó en presentarlo como una actualización de formas más que como una forma nueva, una nítidamente diseñada, una recién comprada. Un marketing anclado en los resortes de la política tradicional: diagnosticar, pensar, proponer, hacer. De manera explícita, Talvi ha insistido en recuperar ese instante idílico del primer batllismo, trufándolo con señales liberales y social demócratas actuales. ¡Casi un candidato de extremo centro se diría! No sé si esa era su intención, pero en su gesto restaurador, tanto formal como de contenidos, Talvi termina por ser un clásico candidato tradicional. Un buen candidato tradicional, creo. El mejor que los colorados han tenido en mucho tiempo.

No es verdad que Talvi sea un recién llegado a la política. Mirando su CV se ve a un técnico que lleva mucho tiempo cerca del poder político, que es parte de ese poder político, aunque sea desde una perspectiva que hasta hace poco era esencialmente técnica. En cualquier caso, Talvi sí que era una cara nueva para el votante. Ese tipo que con voz de carretero intenta explicar en detalle eso que dice querer hacer. ¿Ponerse a explicarlas hizo mejores las ideas de Talvi? Para nada. Pero las expuso para que pudieran ser debatidas. Y eso, exponer ideas, mejores o peores, discutibles o mejorables, era algo que no estaba ocurriendo demasiado en la campaña. Otra vez, la vieja, muy vieja política. Y acá muy vieja no tiene nada de peyorativo, al contrario. Justamente, como eso de exponer y discutir ideas es algo que entiendo sigue siendo valioso para algunos votantes en Uruguay, es que creo que los dos debates televisivos tuvieron cierta incidencia en la votación. Y ese es para mí el tercer foco interesante de la campaña.

Hubo casi consenso en que el debate entre Talvi y Óscar Andrade fue “mejor” que el de Carolina Cosse y Jorge Larrañaga. Mientras los dos primeros debatieron sobre posibles políticas concretas, usando las herramientas del debate político tradicional, los segundos fue como si se pararan en dimensiones paralelas. Con Larrañaga tirando pelotitas de papel sobre la mampara de taxi que los separó todo el tiempo y con Cosse al otro lado del vidrio blindado, leyendo de un papel un puñado de obviedades más o menos patrióticas que debería poder decir sin leer. ¿Quiere esto decir que Cosse o Larrañaga son peores políticos? No, solo que fueron malos en ese debate. Que mostraron un estilo torpe y poco convincente. Ese es el problema de aceptar debatir: vas a ser juzgado por tu actuación en ese ring, no en otro.

En su debate, tanto Talvi como Andrade (quien tuvo una excelente votación llegando al 23% de los votos del Frente Amplio, apenas atrás de Cosse) fueron articulados e informados. Pareciera que para cierta cantidad de gente esa convicción y hasta lealtad hacia la propia tarea de debatir fue importante: ambos votaron por encima de lo que anunciaban las encuestas, que, es verdad, ya registraban sus respectivos ascensos en sus respectivas internas. Dilucidar cuánto de ese crecimiento (o decrecimiento en el caso de Cosse y Larrañaga) puede atribuirse a los debates y cuánto a la tendencia en que ya venían los candidatos es complejo. Lo que sí parece claro es que ambos debates operaron en el sentido en el que venían las tendencias de los cuatro: a unos los empujó hacia arriba (Talvi y Andrade), a otros hacia abajo (Cosse y Larrañaga).

Obviamente, me resulta imposible cuantificar qué tan realistas son estas impresiones que escribo. Impresionista, justamente, sería la mirada en este caso: solo tiene sentido si uno se para a cierta distancia del cuadro. Como objeto impresionista que es, no intenta reproducir la realidad, sino registrar el impacto de esta en la retina propia. Por eso, aunque no sé cuántos son ni si van a ser más o menos, creo que, a pesar del desembarco de la “nueva política” del candidato detergente blanqueador dos por uno, todavía existen votantes que prestan atención a lo que se dice, dónde se dice y cómo se dice. De ser cierto, todavía hay una sutil esperanza para el republicanismo.

✔️ Miserables 2.0

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.