Si ese niño no te despierta amor, que al menos te genere espanto

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Nº2055 - al de Enero de 2020
por Gabriel Pereyra

De pique, el debate o análisis del fenómeno de la violencia doméstica tiene un flanco débil: cualquiera que vaya contra la visión dominante de las organizaciones que dicen defender a las víctimas, cualquiera que ponga en tela de juicio las medidas que se han adoptado para enfrentar el problema, el que vaya contra el discurso dominante será tildado de machista, misógino, etc., etc.

O sea, para avanzar en su discusión sin descalificaciones, el discrepante tiene que apelar a la corrección política. Y no es por ahí. Hay que tener un poco, un poco nomás, de coraje para enfrentar a la intolerancia porque se trata de un asunto que está dejando víctimas fatales año a año, algunas de ellas absolutamente invisibilizadas, precisamente por el discurso dominante.

Es hora de escuchar alguna autocrítica acerca del proyecto de ley de femicidio, que agravó el homicidio por causas de género. Se metió mano a la igualdad de los seres humanos ante la ley en casos extremos de violencia, dejando fuera incluso a los niños. Y esto no es un asunto menor, sino que es sustantivo.

Hay leyes inocuas y están las que empeoran el problema. La de femicidio es una de estas últimas.

Por lo pronto, viola acuerdos internacionales firmados por el país, por ejemplo con Unicef, que dice en sus principios: “Los niños nunca deben recibir menos protección que los adultos”.

Algunas legisladoras, apuradas en entrevistas acerca de este tema, me dijeron que se iba a sumar a los niños a la ley. Una falsedad. Actuaron todos presionados por la corporación, sin analizar desde una perspectiva social y criminológica el fenómeno.

Y la suma de omisiones es una de las principales causas del motor que impulsa la violencia doméstica.

Porque, aunque las corporaciones no los mencionen cuando se habla de denuncias de violencia doméstica o se informe de femicidios, en ese periplo violento con final terrible, los niños de la casa son los innombrados de siempre. Eso sí, no tengan dudas, con el tiempo ellos vendrán a cobrar la cuenta: estudios realizados en Estados Unidos indicaron que los niños sometidos a un hogar violento tienen 10 veces más chances de ser ellos hombres violentos en el futuro. La frasecita: el niño es el padre del hombre.

Pero ¿qué podemos pedir si hay una ONG que no cuenta como víctimas a los niños asesinados si son varones?

Como en otros actos violentos, se sigue poniendo el foco en el momento del disparo. Se desprecia el antes y el después.

Y tratándose de líderes de ONG que tienen una visión ideologizada del asunto, las contradicciones son tremendas.

Estas militantes son las que opinan que el aumento de penas no es una salida al delito, pero solo si se trata de hurtos, rapiñas, etc., donde encuentran incluso una explicación al accionar del victimario, sea en causas sociales, psicológicas, etc. En ese caso, a quienes piden mano dura les dicen fascistas, reaccionarios, etc.

En cambio, a la hora de mirar el fenómeno de la violencia doméstica, esas premisas van al tacho, hay que aumentar penas y el victimario es un ser irredento, del que no se habla. ¿Dónde están ahora los reaccionarios?

La ley se aprobó y nada cambió. Ahora el tema es la falta de recursos, la falta de tobilleras, ignorando que el 70% de los casos se dan en parejas en donde no hubo una denuncia previa. La primera fue la última.

Todo esto es evidente, rompe los ojos. Pero a quienes tienen responsabilidades públicas se les exige ir un poco más allá, y por eso la visión de atender a los niños puede ser la clave, porque no es que los estemos atendiendo poco, los estamos ignorando literalmente.

¿Cuántas veces, lector, le han machacado con las cifras de muertes? Y está bien, pero ¿sabe usted que en un año 20 niños quedaron huérfanos porque su padre, luego de matar a su pareja se suicidó o fue a la cárcel? ¿Qué campaña fuerte hubo para que todos pongamos la atención sobre este punto? ¿Qué presión hubo para encontrar normas que, como en el femicidio, hagan excepciones a la adopción de los huérfanos de la violencia doméstica?

La escritora, directora y pedagoga teatral escocesa Jennifer Hartley, que hace un tiempo presentó en Uruguay su obra Hasta que la muerte nos separe, una historia de amor, dijo: “Yo hice proyectos durante más de dos años en Gran Bretaña con víctimas y victimarios en la cárcel,  y es mucho más complicado que el estereotipo del hombre malo y la mujer buena. Porque a veces la víctima es victimario también”. Una suerte que lo diga ella y no un hombre.

En tanto, Nora Leal Marchena, médica psiquiatra argentina y especialista en temas de violencia doméstica, afirmó a Infobae: “Los niños tienen menos recursos para defenderse que los adultos y cuando la violencia es ejercida por quien debe cuidarlos o protegerlos quedan desamparados y no tiene adónde recurrir”.

Incluso antes de eventualmente convertirse en femicidas o varones violentos, los niños que son violentados o asisten a actos de violencia hogareña son más propensos a consumir drogas, a ejercer bullying, a tener problemas con la ley.

Con la mano en el corazón, ¿alguna vez oyeron a las militantes feministas y a los legisladores que estudian el tema hablar de este asunto con énfasis?

¿No habrá llegado la hora de cambiar el paradigma y pensar más en los verdaderamente más débiles de la sociedad?

Señoras, y también los señores que por convicción o por corrección política se suben al discurso dominante, si los niños no les despiertan esa sensación de debilidad, al menos apelen a ellos para no tener un futuro tan violento. O sea, si no los une a ellos el amor, que al menos lo haga el espanto, o el egoísmo.

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