Sobre gigantes y cómo no bajarse de sus hombros

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Nº1994 - al de Noviembre de 2018
por Fernando Santullo

Un amigo sube a Facebook una nota sobre Pier Paolo Pasolini, una cariñosa y justa semblanza sobre uno de los intelectuales y artistas que siempre he considerado de “alto riesgo”. Es decir, uno que no tuvo miedo de rectificar sus ideas cuantas veces lo consideró necesario y a quien tampoco le preocupó incomodar a quien fuera cuando así lo creyó pertinente. Un intelectual que ejerció de tal y no como funcionario del gobierno de turno, fuera este cual fuera. Es decir, una figura que en la actualidad resulta prácticamente inexistente: hoy, el que piensa, pierde y si se mueve, no sale en la foto ni llega nunca a ese carguito anhelado.

La nota que leo me hace recordar una serie de artículos de Pasolini que reunió Editorial Grijalbo a comienzos de los 80 en el libro El caos: contra el terror. Esos textos, escritos por el italiano a finales de los sesenta y comienzos de los setenta, muestran a un artista y pensador que no se ataba a ortodoxias de ninguna clase. Uno que ya había sido expulsado hacia tiempo del Partido Comunista Italiano por “indignidad moral y política”, es decir por ejercer de manera más o menos transparente su homosexualidad. Uno que en su lejana juventud había coqueteado con las ideas del fascismo, como Jurgen Habermas, como Gunter Grass, como un montón de jóvenes europeos educados de entonces que en los gestos antisistema de los fascistas creyeron encontrar una alternativa a la denostada democracia burguesa. Es decir, a la democracia liberal en la que vivimos.

Entre esos textos, a veces dispersos, a veces escritos con la urgencia del instante, casi siempre lúcidos y punzantes, hay uno que me interesa porque resume en una frase una sensación que, en coordenadas tecnológicas e históricas distintas, me ataca cada vez que entro en las redes, cada vez que se plantea la posibilidad de disentir con otros para después intentar construir juntos. El texto se llama Droga y cultura y en él Pasolini se pregunta: “¿Por qué se drogan las personas? No lo comprendo, pero en cierto modo me lo explico. Se drogan por falta de cultura”. Y agrega: “En realidad nos drogamos todos. Yo (por lo que se me alcanza) haciendo cine, otros aturdiéndose en cualquier otra actividad. La acción tiene siempre una función drogadicta. El ‘Che’ Guevara se drogaba con la acción revolucionaria (la teorizada por el castrismo romántico: actuar antes de pensar); también el trabajo que sirve para ‘producir’ es una especie de droga. Lo que salva de la droga auténtica y verdadera (es decir, del suicidio) es siempre una forma de seguridad cultural”.

Más adelante, Pasolini lanza la frase que me interesa: “Los jóvenes ignorantes que no se drogan y que tal vez se droguen mediante la acción política especializada (que es una forma particular de ignorancia) son, con notable frecuencia, individuos perversos, inhumanos, hostiles y desagradables: precisamente tal y como la cruel cultura técnica neocapitalista (contra la que luchan) los quiere”.

Esta última frase me resulta una especie de premonición, como si Pasolini hablara en diciembre de 1968 de la experiencia de entrar en Twitter tras comentar algo que cuestione el presente statu quo. A veces ni siquiera hace falta que lo cuestione de verdad, a veces basta una palabra irónica para que la presente Iglesia de la Santa Literalidad Consagrada saque las antorchas y desate una shitstorm sobre quien emite ese mensaje. Para, una vez amansadas las ráfagas de caca, retirarse a descansar en espera de otra persona a la que agredir e intimidar virtualmente. Siempre personas, nunca ideas, siempre destruir, nunca cuestionar en diálogo franco.

Hablo de esto con un amigo encima de una cerveza y me dice algo que me deja pensando: “Bueno, no deja de ser un avance: la generación de nuestros padres directamente salía a la calle y le rompía la cara al que no pensaba como ellos”. Y en cierta medida es verdad: de la misma manera en que es mejor un gobierno que opere sobre las cosas de la realidad y no sobre su propia nube de pedos simbólica, siempre es preferible que unos ciudadanos agredan simbólicamente a otros en las redes sociales a que les rompan la cabeza con un ladrillo en persona.

Por eso conviene recordar que el lugar en que nos paramos hoy fue construido sobre un sinfín de debates más o menos ásperos y violentos en el pasado. Debates que a veces terminaron en millones de muertos. Debates cuya cara más oscura fueron esos muertos pero cuya cara más luminosa estamos perdiendo la costumbre de recordar. Debates que dieron lugar a cada una de las libertades y garantías que hoy tenemos y que, entre otras cosas, nos permiten expresarnos y, dentro de ciertos límites legales, incluso agredir simbólicamente a terceros en las redes.

Hay una frase que se atribuye a Isaac Newton en una carta dirigida a Robert Hooke: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”. Si hoy podemos cuestionarnos sobre todo aquello que nos cuestionamos en ámbitos más o menos civilizados, de maneras más o menos civilizadas, es porque nos sentamos en los hombros de esos gigantes. Muchos de ellos con nombre y apellido y muchos de ellos tan anónimos como el soldado desconocido. Los hombros de gente que no dio la libertad por sentada. Que sabía, por pura experiencia personal, que la libertad era una conquista que podía ser arrebatada sin que existiera ley histórica alguna que lo impidiera. Que en el mundo de las voluntades humanas solo los hombres pueden torcer las cosas hacia aquí o hacia allá.

Por eso la frase de Pasolini me resulta de una vigencia escalofriante: cuando quienes se han autoadjudicado la tarea de quemar herejes son los mismos que se han autoadjudicado la tarea de transformar el mundo, pareciera solo cuestión de tiempo que el problema pase de lo simbólico a lo real y que los ladrillos retóricos se conviertan en ladrillos materiales. Y es así, creo, porque quienes han vivido siempre en libertad son los más proclives a perderla. O a destruirla sin tener la menor noción de estar haciéndolo. No es lo mismo ir a una marcha en la que se sabe que la Policía te va a venir a romper un palo en el lomo que ir a una marcha avalada por el gobierno al que responde esa Policía. La primera es un test muy realista de los límites de la libertad; la segunda, un ejercicio más o menos laxo sobre los límites de la agenda de intereses personales y en donde la libertad no está amenazada de ninguna manera.

No estoy diciendo que sea deseable volver a los palos de la Policía, válgame dios y la Iglesia de la Santa Literalidad Consagrada. Todo lo contrario; estoy diciendo que debemos ser conscientes de que esa posibilidad no deseada existe y que se conecta directamente con el hábito de incendiar en las redes a quien no nos gusta. Que los límites de la libertad real son testeados cada vez que se pone a un señor a la parrilla en el mundo virtual. La hosquedad de la turba, la violencia anónima, la agresividad del colectivo contra los individuos han sido desde siempre la droga que más entusiasma a los intolerantes. Por eso, bajarse de los hombros de los gigantes que nos trajeron hasta acá es un lujo que la democracia simplemente no puede permitirse.

✔️ Esperando el futuro en una sillita de playa

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