Averno, de Marcos Loayza, una coproducción boliviano-uruguaya

Soñando mitos en La Paz

5min 1
Nº1977 - al de Julio de 2018
Fernando Santullo

Todas las ciudades más o menos grandes y que tienen cierta historia a sus espaldas cuentan con una mitología propia. Con una galería de personajes míticos o mitificados que resumen a la vez miedos y anhelos colectivos. El nuevo filme del boliviano Marcos Loayza, una coproducción entre Bolivia y Uruguay, se preocupa precisamente por los mitos y leyendas urbanas de la noche paceña. Para escarbar entre ellos, para colocar al espectador en su universo, Loayza apela a la mirada ingenua e inocente de su personaje Tupah, un joven lustrabotas a quien es encomendada la tarea de encontrar a su tío músico en un antro nocturno llamado Averno. El viaje iniciático de Tupah, similar al de Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, lo traslada al corazón de esos mitos imaginados o soñados. Eso sí: lo que en Salinger era aprendizaje y reflexión interna, en el filme de Loayza es material de diseño de producción. El arte de Averno (que se exhibe en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño) es el motor real de lo que ocurre en la pantalla.

“Es un viaje al mundo de abajo, lo que en aimara se dice ‘Manqha Pacha’. De alguna manera, el sinónimo más concreto de ese submundo de abajo es ‘Averno’, que no es el Infierno”, decía el director boliviano en una entrevista reciente. En su filme, Loayza traslada al espectador a un mundo de noctámbulos de todo tipo, en donde aparecen pajpakus (palabra quechua que se refiere a los vendedores callejeros, pero que también se usa para aquellos que cautivan con su palabra), lari laris (mítico animal que mata a las embarazadas), anchanchos (duendes mineros), kusillos (bufón de la cultura aimara que utiliza una máscara de lana) y otros personajes de la mitología andina y boliviana. “Es una versión libre, pero todos tienen un ancla en nuestro pensamiento. No hay nada que me haya inventado, que diga es mío. Ese creo que es el valor de Averno”, apuntaba Loayza en la misma entrevista.

En el filme, esa mitología se traviste de bohemia y se empapa de alcohol: los bares y antros nocturnos que Tupah se cruza, siempre siguiendo el hilo de Ariadna que le proporciona la búsqueda de su tío, son una mirada al abismo interior, que es al mismo tiempo abismo colectivo. Pero también al conocimiento. Los personajes que se presentan ante él no siempre son oscuros o peligrosos, a veces son su guía. Y a veces también son de los otros, de quienes intentan llevarlo a la perdición.

Averno es el séptimo filme de Marcos Loayza, nacido en Bolivia en 1959 y que debutó en 1995 con Cuestión de fe, película con la que ganó varios premios internacionales. Averno va en el mismo rumbo: ganó el premio a Mejor película latinoamericana en el último Bafici y está nominada en otros festivales. El filme es una coproducción boliviano-uruguaya y cuenta con la fotografía del uruguayo y también productor Nelson Wainstein.

Mas allá de las referencias a la mitología boliviana, que son las que marcan el carácter de Averno, en su retrato del submundo nocturno paceño aparecen también referencias al cine fantástico en general, apostando por las atmósferas oníricas e irreales. Buena parte de los diálogos carece de sentido narrativo tradicional, lo que no es tan raro si se piensa que el filme se concentra en mostrar esa zona de la irrealidad en donde los muertos toman cerveza y bromean con los vivos, en un mismo bar. El diseño de arte contribuye también a esta atmósfera onírica y siempre nocturna, en donde los pandilleros, los ladrones y los marginales de la calle se cruzan con Tupah en su búsqueda. Hay trazas visuales evidentes del realismo mágico de Gabriel García Márquez y también de aquella versión del barroco latinoamericano que Alejo Carpentier llamó “lo real maravilloso”. No en vano la búsqueda de Loayza pasó por revisar de manera minuciosa los mitos y leyendas locales y regionales, muchos de ellos anclados en el pasado precolombino, para construir su tinglado de personajes fantásticos.

Los principales problemas no son visuales, en donde el filme se desenvuelve de manera atractiva, sino de tono e interpretativos. En cuanto al primer rubro, Averno funciona de manera mucho más redonda y eficiente cuando transcurre en términos de comedia o de parodia. Y es que pese a su aire local, el filme también apela a la estética del videojuego y de las películas de artes marciales. Cuando lo hace en clave paródica, todo lo que podría entenderse como limitación se vuelve recurso: no hay problema si la iluminación de una escena es pobre o anticuada, si se trata de un sueño o de una broma. Pero cuando intenta ponerse más serio y generar tensión a la manera de los clásicos filmes de acción, patina. Y es entonces cuando la realización mediocre de una escena de pandilleros nos coloca en alguna de las muchas películas de la franquicia Retroceder nunca, rendirse jamás. Es ahí cuando Averno no pasa de película de aire pobremente industrial. Cuando aparece el realismo mágico en clave de comedia oscura, la cosa funciona mucho mejor.

El otro problema es su protagonista Tupah, interpretado por Paolo Vargas. Aunque desde tiempos de Pier Paolo Pasolini es habitual encontrar actores no profesionales en la pantalla (una corriente que en América Latina ha sido seguida con buenos resultados en filmes como Historias mínimas, del argentino Carlos Sorín), en este caso lo pétreo del rostro de Vargas resulta un gol en contra de proporciones importantes. Cuando es la atmósfera de la situación la que domina, Vargas funciona: tiene presencia y sabe caminar la escena. Pero cuando el guion le exige expresividad y voz, pierde. Hay varios actores no profesionales que aparecen en escena, a veces diciendo sus diálogos de manera acartonada y sin matices. Pero como son instantes, pasan como un suspiro. Por el contrario, con el peso que tiene Vargas en la película, es inevitable que su aire inexpresivo sea notorio. Es verdad, también aparecen actores profesionales encarnando ciertos seres mitológicos de la noche paceña. Y más allá de que algunos de esos actores deciden usar sus cinco minutos en escena para exhibir todos los gestos que aprendieron en la escuela de arte, su expresividad, que sería más o menos normal con otro protagonista, resulta chocantemente llamativa en el contraste con Vargas.

A pesar de estos reparos, es un filme bastante único, inclasificable, con valores evidentes en lo visual, que pese a no ofrecer mucha explicación de quiénes son los que aparecen en pantalla —al menos para quien no sea natural de La Paz—, vale la pena ver. Por todo lo que tiene de original y para bucear, un rato al menos, en ese mundo tan irreal como boliviano.

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.