Sonidos de una ciudad abandonada, ¿cómo es vivir en Nueva York?

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Nº2066 - al de Abril de 2020
escribe Eloísa Capurro

Esta es mi cuarta semana de aislamiento. Y quedan aún muchas más. Como vivo sola, dejé de ver a otros seres humanos, al menos los que están fuera de la pantalla de mi celular. Es muy temprano en la mañana y ya escuché como mínimo tres sirenas de ambulancias. Muchas más sonarán en lo que queda del día. Algunas seguirán en la noche también. Tengo que acordarme de dejar de contarlas. Esta semana llegó a la ciudad un barco naval hospitalario con 1.000 camas nuevas, y en Central Park están montando un centro médico temporal. Esas son las buenas noticias en el estado de Nueva York, que se acerca rápido a más de 80.000 personas con coronavirus, a más de 12.000 hospitalizados y casi 2.000 muertes. Por lo menos ahora hay más camas.

Yo no entro en esas estadísticas (y esas son las buenas noticias personales). Me recuerdo eso cada mañana, después de una nueva rutina matinal que incluye yoga y meditación para llevar noches en las que duermo poco y mal. Y me lo recuerdo porque a medida que pasan los días me entero de más gente a mi alrededor que cree que tuvo el virus, y no entró en esas estadísticas. Porque no accedió a un test. Porque ni se gastó en pedir un test. La vida aquí ya no es normal. Y no solo porque clases, trabajos y reuniones sociales pasaron a ser virtuales; es que ya no se siente normal.

Salí a la calle la semana pasada. Ahora ir al supermercado es el escape que me permito de mi apartamento. Aquí aún se puede salir a hacer ejercicio, a distancia y en solitario. Pero varios nos preguntamos por cuánto tiempo tendremos esa libertad. Nunca pensé que salir a la calle se sentiría como un acto de coraje. Pero es que ya ni eso es normal. Mis vecinos dejan sus zapatos en el corredor, incluso cuando no está lloviendo. Ahora un empleado del edificio desinfecta todas las puertas del pasillo, porque hace unos días vinieron a testear a alguien, aunque no fue en mi piso. En el ascensor pusieron un cartel recordando las directivas de distanciamiento social. Es decir: no te subas si hay otra persona. El portero ahora usa guantes de látex (mascarilla aún no). Y el silencio de mi barrio se corta solo por el sonido recurrente de más y más ambulancias.

coronavirus
Foto: EFE

Vivo a pocas cuadras del campus de la Universidad de Columbia, donde los cerezos ya están en flor. Pero los jardines donde debería haber cientos de estudiantes tirados al sol están vacíos y en las veredas donde debería cruzarme con otros cientos de estudiantes corriendo de un salón a otro, apenas veo a una, dos, quizás tres personas. Y sí, nos miramos de lejos, a más de un metro de distancia. Y sí, la mayoría lleva máscara (pocos guantes de látex). Al menos yo intento sonreírles.

Los bares y restaurantes de la calle Broadway están cerrados, aunque carteles gigantes recuerdan que aún toman pedidos online. Los supermercados, considerados servicios esenciales, siguen abiertos, pero regulan la cantidad de gente que dejan entrar. Y sí, las filas son de a un metro de distancia. Están prohibidas las reuniones de todo tipo. Hay menos ómnibus y menos frecuencias de subtes. Hasta las iglesias están cerradas. En los parques, donde alguna gente todavía se anima a congregarse (y saltearse la ley), comenzaría el patrullaje policial. Pero en medio de esta pesadilla se escucha mucho más el sonido de los pájaros de Nueva York, porque ya no hay autos, ni aviones, ni helicópteros que los interrumpan.

El social distancing empezó lento a formar parte de nuestra vida, pero escaló de la mano de la cantidad de personas positivas y hospitalizadas. A fines de febrero me reía de mi primer elbow bump, me lavaba más las manos y había comprado toallas desinfectantes para limpiar (cada tanto) el celular. Entonces los casos en el estado de Nueva York se contaban con los dedos de una mano. La Universidad de Columbia (donde estudio) había cancelado todos sus viajes al exterior y mis profesores analizaban la situación de Italia o China. Pero el coronavirus seguía siendo algo que pasaba allá fuera. ¿Y no era que era una gripe? ¿Y no era que atacaba a los mayores?

A inicios de marzo ese huracán invisible había llegado: los supermercados ya no tenían más arroz o cereales o enlatados, era inútil buscar alcohol etílico o alcohol en gel, y las máscaras por Amazon escalaron a cerca de 30 dólares.

Nos acercábamos rápido a los cien casos positivos, pero yo seguía teniendo clases presenciales, iba a las cenas de mi programa, al gimnasio, me tomaba el metro para juntarme con amigos en Midtown, caminaba por el Central Park despreocupada y pensaba en qué paseo dar el fin de semana. Todavía disfrutaba del privilegio de vivir en esta ciudad que “nunca duerme”. Quería comprar entradas para ver Cómo matar a un ruiseñor, con Ed Harris. Una amiga me había recomendado una muestra de pintores uruguayos en el Moma. Planeaba un paseo por los parques de Brooklyn. Sí, problemas del primer mundo. Y sí, son cosas que nunca llegué a hacer.

El domingo 8 de marzo, mientras miles marchaban por los derechos de las mujeres en Montevideo, mi vida cambió. La Universidad decidió que suspendería sus clases presenciales al menos hasta la semana siguiente al receso de primavera. Todavía me es difícil describir la ansiedad de recibir un mail por hora con el anuncio de una restricción más, y otra más, y otra cancelación, y otra suspensión. Pero todavía me acuerdo de esa ansiedad.

“Esto es real” le dije a mis amigos y familia en Montevideo mientras mandaba recomendaciones de cómo lavarse las manos. Algunos harían caso, la mayoría se reiría. Pero el huracán seguía arrasando con la ciudad: mis amigos comenzaron a trabajar desde sus casas, las escuelas cerraron, luego los museos, los teatros de Broadway, los cines. Los rascacielos de oficinas de Nueva York fueron quedando vacíos. Y los casos aumentaban: eran 200 el miércoles 11 de marzo, 400 ese mismo viernes, más de 700 el lunes siguiente.

Decidí dejar de prestar atención a la cantidad de personas positivas y concentrarme en cuántas habían sido hospitalizadas. En condiciones normales Nueva York tiene un poco más de 3.000 camas de cuidados intensivos. Hoy, mucho más de la mitad están ocupadas. Gracias al esfuerzo del gobernador Andrew Cuomo se está ampliando la capacidad hospitalaria, pero faltan ventiladores y máscaras y personal médico. Todo eso se mide ahora en la arena política con la administración de Donald Trump, que quería abrir el país a mediados de abril y ahora extendió el distanciamiento social hasta fines de mes. Los canales de televisión siguen hablando de un video del New York Times, enviado por una enfermera desesperada por la falta de equipamiento y por las decisiones que teme se tendrán que tomar en muy poco tiempo.

Yo estoy entre los privilegiados con seguro médico. Aunque aquí no hay servicios públicos y eso solo significa que pagaría el 10% (quizás más) de lo que pueda salir mi internación. Este es un sistema de salud donde es responsabilidad del usuario exigir ser atendido por profesionales in network para evitar pagar una fortuna. El 18 de marzo (cuando en Nueva York había casi 2.500 casos) el gobierno decidió que el testeo de coronavirus sería gratuito. Hasta entonces solo accedían quienes tuvieran dinero, hubieran viajado a Italia o China, o hubieran estado en contacto directo con un caso positivo. Y a veces ni eso. Son millones los americanos sin seguro, y otros tantos que dependen de trabajos que ya no existen para su cobertura.

Foto: EFE

Durante el receso de primavera la Universidad anunció que el pasaje a Zoom, la pataforma digital que permite videollamadas grupales, sería permanente. Las clases presenciales se cancelaron, los profesores trabajan desde sus casas y los edificios del campus (que ocupa más de una manzana) se mantienen con personal esencial. A los estudiantes que vivían en residencias se les “sugirió” volver a sus casas y luego se les informó que estaban “obligados” a irse. La única excepción fue los que no tuvieran cómo (y hay unos 15.000 estudiantes internacionales). Una residencia cercana al campus directamente echó a sus estudiantes tras confirmar una muerte por coronavirus y al menos otro caso positivo. Cuando llega la noche, las únicas luces prendidas en el edificio del campus al que da mi ventana son las de emergencia de las escaleras. Y eso, dicen, no pasa desde la Segunda Guerra Mundial.

Algunos compañeros diseñan camisetas con el logo “Columbia Zoom Business School”. Y por un momento nos reímos, mientras se cancelan pasantías de verano (cruciales para conseguir trabajo), aumentan los envíos al seguro de paro, aumentan las ayudas fiscales para los desempleados. Y mientras me pregunto cómo van a hacer algunos de esos estudiantes, que se endeudaron por el equivalente a una hipoteca inmobiliaria (la matrícula anual llega a US$ 60.000) para enfrentar su futuro financiero.

Amigos de mis amigos tienen el virus. Otros conocen a gente que ha muerto. Varios se han ido de la ciudad, huyendo a lugares de Estados Unidos que parecen más seguros, por ahora. Ya sabemos que la mitad de los casos aquí son de personas de menos de 50 años. A pocas cuadras de mi casa se instaló un centro de testeo temporal, y otro más se abrió en Midtown. Hay hospitales que reportan 13 muertos al día, y fotos de gente haciendo fila en las emergencias. La ciudad estudiaba cerrar algunas calles y permitir que la gente salga ejerciendo distancia social. Porque los sanos todavía podemos salir, por “breves períodos”. Aunque no conozco muchos que se animen.

A este aislamiento ya no puedo llamarle voluntario. Ya no sé qué va a pasar mañana. Esta nota la tuve que reescribir más de una vez; cada día la ciudad se transforma aún más. Pero sigo sana, y puedo salir a la calle… por unos veinte minutos o para hacer las compras al supermercado.

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