Tengo miedo

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Nº2065 - al de 2020
por Gabriel Pereyra

Tengo miedo. Me precio de temerle solo a dos o tres cosas que tienen que ver con la gente que me rodea, pero ahora tengo un nuevo miedo. Y no tiene que ver con la posibilidad de enfermarme; de hecho, si me dan a elegir, prefiero enfermarme ahora, antes de que se dé lo que muchos advierten sobre un sistema de salud que puede colapsarse. Por eso esta columna no abundará en si cuarentena obligatoria sí o no, o en cuál es la mejor manera de achatar la curva de la gráfica de pacientes internados, términos a los que rápidamente nos hemos acostumbrado. Y no refiere a eso incluso siendo de los que piensan que el miedo se combate con información y que el saber no ocupa lugar, porque también vengo a descubrir que la mezcla de ambas aseveraciones puede producir no desinformación, sino sobreinformación, y que esta puede causar más confusión e incertidumbre, y esto provoca, o puede provocar, más miedo.

No necesariamente un miedo que paralice o que ocasione desesperación y, con ella, la tendencia a abrazar las posiciones más proselitistas, fáciles, que levantan aplausos solo porque quien las promueve sabe qué botones apretar para provocar eso.

Me asusta la dimensión sanitaria, sí, pero también la política, la económica, la social y cultural en el sentido profundo de la palabra.

La primera ministra alemana, Ángela Merkel, probablemente la única líder que puede ostentar esa condición en Europa, en medio de un discurso sobre la enfermedad en el que iba a atribuir al coronavirus una dimensión similar a la unificación de Alemania, se corrigió sobre la marcha y dijo que es la mayor crisis desde la segunda guerra mundial, con su holocausto y sus dos bombas atómicas.

“La idea de la normalidad, de la vida pública, de la convivencia social, está siendo puesta a prueba como nunca antes”, dijo Merkel.

Encierro en el hogar, agridulce hogar

¿Cómo no va a estar siendo puesta a prueba si un país que nunca sufrió grandes calamidades (la crisis de 2002, la dictadura militar) ahora tiene que permanecer encerrado, autocoartando la libertad de movimiento, autocoartando la necesidad de afecto expresado físicamente? Vivo abrazando a gente que me hace acordar que no se puede tocar. Vaya cambio cultural.

Aquí no hay vidrios rotos bajo nuestros pies, como dice Pérez Reverte que ocurre en todas las guerras; ni vemos por la ventana rota el agua que vuelve al mar luego de un tsunami; ni hemos tenido que rasguñar las piedras de edificios destruidos por un terremoto. Acá no se ve nada. Nada nuevo parece haber ante nuestros ojos, y sin embargo, como dice Merkel, estamos en el preámbulo de que nada sea igual entre nosotros.

El encierro, algo tan antinatural que el derecho penal (salvo que la ley de urgencia que el gobierno elaboró, y que hoy parece algo que pasó hace décadas, lo cambie) no considera delito que un preso se fugue, porque se basa en que las ansias de libertad son inherentes al ser humano, que no puede evitar buscar la libertad aunque no la merezca. ¿Será que esta es una advertencia de que por nuestro comportamiento con el ambiente y nuestra falta de cuidado nos hace culpables y hay que pagar con la falta de libertad? Falta de libertad, cuánto miedo a eso.

En estos días el psicólogo Roberto Balaguer escribió sobre el coronavirus y el encierro: “Hablamos de salud mental en tiempo de encierro, donde las conductas habituales se alteran y, por tanto, las dinámicas familiares, sociales, barriales, comerciales, también. El miedo al contagio y el encierro producen tensión y estados de alerta generadores de estrés, que nos atraviesan a todos. Todas las medidas y sugerencias deben considerar ese punto ante todo: el contexto de excepcionalidad en el que nos ha colocado el coronavirus, un contexto de estrés. De hecho, en situaciones anteriores de cuarentena obligatoria por virus, como fue el caso del SARS en la ciudad de Toronto, creció la depresión en torno al 31,2% y el estrés postraumático en casi igual dimensión alcanzando el 28,9%”.

Encierro en un país con cifras alarmantes de consumo de antidepresivos y que figura entre los campeones mundiales en cantidad de suicidios.

Un país donde la violencia contra niños y mujeres tiene como principal escenario el hogar. Ahora estas víctimas están encerradas allí. Se supone que es por su bien. Pero, para la vida y para la muerte, el coronavirus es una anécdota. El miedo, en todas sus formas, late en esos encierros.

La pandemia sin fin

Y si viésemos y viviésemos el fin de la crisis, estaríamos en el preámbulo de una nueva sociedad, según un artículo publicado en The New York Times por el oncólogo Ezekiel Emanuel, la bioestadística Susan Ellenberg y el epidemiólogo Michael Levy, todos de la Universidad de Pensilvania. Cuando se haya disipado el riesgo y el miedo a sistemas de salud colapsados en los que los médicos, erigidos aquí sí en penosos dioses con orejeras y agotados de luchar contra el monstruo invisible, deberán decidir a quién le ponen el respirador con que cuentan, o sea, decidir quién vive y quién muere. Aunque pase esa etapa, el coronavirus “aún afectará la vida de las personas y la economía. Todavía tendremos canceladas conferencias y eventos deportivos.  La gente no frecuentará restaurantes y no viajará. La industria de servicios se verá severamente restringida. Y va a suceder una y otra vez”.

“Sería necesario mantener el distanciamiento social hasta que no haya más casos y luego cerrar las fronteras a todos los viajeros, sin contacto con el mundo exterior, durante 18 meses o más. Mientras que Estados Unidos y muchos otros países, como Dinamarca y Alemania, han instituido prohibiciones de viaje, el cierre del país durante más de un año hasta que se descubra una vacuna contra el coronavirus parece inverosímil. Pero quién sabe. Si la situación se vuelve lo suficientemente grave, lo que antes era imposible podría volverse inevitable”.

Qué otra afirmación puede ocasionar más incertidumbre para algunos y miedo a otros que “lo imposible se puede volver inevitable”.

“Todos (…) debemos prepararnos para un viaje lleno de baches”, afirman los científicos.

Controlados en un mundo diferente

El historiador israelí Yuval Noah Harari (autor de Homo Deus y de Sapiens, de animales a hombres) escribió en Financial Times: “La humanidad enfrenta una crisis global. Tal vez la más grande de nuestra generación. Las decisiones que la gente y los gobiernos tomen en las próximas semanas no solo formatearán nuestro sistema de salud, sino también nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura”.

Harari pide “tener en cuenta las consecuencias de largo plazo de nuestras acciones” y preguntarnos “no solo como superar la amenaza inmediata, sino también en qué clase de mundo viviremos cuando pase la tormenta”, porque “viviremos en un mundo diferente”.

Esta historia de un gobierno pidiendo sin éxito a los ciudadanos que se guarden en su casa o haciéndolo por la vía de una cuarentena obligatoria encierra un debate sobre la “vigilancia totalitaria o empoderamiento de los ciudadanos”, el “aislamiento nacionalista o solidaridad global”, sostuvo el historiador.

“Si no somos cuidadosos, la epidemia puede marcar un hito en la historia de la vigilancia, no tanto porque podría normalizar el despliegue de herramientas de vigilancia masiva en países que hasta ahora las han rechazado, sino más bien porque representa una dramática transición de vigilancia ‘sobre la piel’ a vigilancia ‘bajo la piel’”, afirma en referencia a que hay dispositivos que sabrán antes que nosotros si tendremos fiebre u otras anormalidades. “El uso masivo de esas técnicas permitirá en un futuro cercano que gobiernos y corporaciones sepan si una persona está enferma antes que la propia persona, y dónde y con quiénes estuvo”, dice, y advierte que en tiempos de “normalidad”, esto “puede legitimar un temible sistema de vigilancia en el que gobiernos y corporaciones no solo podrán saber las preferencias políticas de un ciudadano, sino también sus reacciones emocionales al mirar, por ejemplo, un videoclip, lo que les permitirá vigilarlo y manipularlo mejor”.

“El enojo, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos, como la fiebre y la tos. La misma tecnología que identifica un estornudo puede identificar una sonrisa. Si los gobiernos y las corporaciones empiezan a acumular nuestros datos biométricos en masa, llegarán a conocernos mejor que nosotros mismos y podrán no solo predecir nuestros sentimientos, sino también manipularlos y venderlos”, advierte Harari.

Por todo esto, no se trata solo del coronavirus. Quizás este enemigo invisible sea solo un detalle en la peripecia humana, sobre todo en la de aquellos pueblos que llevan miles de años sufriendo cosas inenarrables.

Pero cuidado, porque hoy, aquí y ahora, el miedo sí se trata del coronavirus. Y sino solo basta con leer este mensaje que un señor de nombre Jorge Díaz publicó en Twitter: “El miércoles falleció mi suegro por coronavirus y hoy ha fallecido mi suegra. Mi mujer tiene que estar 14 días aislada sin salir de la habitación y la niña y yo empezamos anoche con fiebre. Esto es muy cruel, ni siquiera podemos abrazarnos para llorar los cuatro juntos. Es la peor pesadilla imaginable. Tengo mucho miedo”.

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