A todo o nada

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Nº2029 - al de Julio de 2019
por Andrés Danza

Es mentira que cualquiera puede llegar a ser presidente mediante el voto popular. Sostener eso es menospreciar de la peor manera a la política y también a la inteligencia de las personas. Subir los escalones necesarios para alcanzar la cúspide del poder público sin ninguna caída significativa en el trayecto no es para todo el mundo. Cientos lo intentan, pero solo uno lo logra una vez cada cinco años, así que no hay casi nada de improvisado o azaroso en la elección de un primer mandatario.

Es más, se precisa ser carnívoro para lograrlo. Y de los más feroces. Todos los que sumaron los votos necesarios como para cruzarse la banda presidencial, al menos en las últimas décadas, tienen un pasado de sangre, en el sentido figurado. Cargan en sus espaldas con muchas batallas y, aunque puedan haber perdido algunas, la mayoría son ganadas. De lo contario, es imposible lograr el objetivo. Desde el punto de vista simbólico, en determinado momento de la carrera hay que matar o morir. No hay alternativa.

Quizá la mejor definición al respecto sea la del expresidente blanco Luis Alberto Lacalle. No es la primera vez que la cito, pero vale la pena volver a hacerlo, y más en estos tiempos. Cuando en 1999 estaba compitiendo por ser el candidato único del Partido Nacional con Juan Andrés Ramírez, Lacalle vaticinó que ganaría porque en política es necesario ser “carnívoro” para poder llegar lejos y Ramírez era, a su entender, un “herbívoro”. “Esos siempre quedan por el camino”, aseguró en aquella oportunidad. El tiempo le dio la razón.

Lacalle se ve como carnívoro y en esa condición fue elegido presidente. También lo son o lo fueron los colorados Julio Sanguinetti y Jorge Batlle y los frenteamplistas Tabaré Vázquez y José Mujica, aunque es posible que alguno de ellos no se asuma como tal. Pero los hechos mandan en la historia y basta revisar la trayectoria de los cinco para detectar los muertos por el camino.

Ahora, quien empezó a mostrar los dientes es el candidato oficialista Daniel Martínez. Su principal competidor, el blanco Luis Lacalle Pou, ya lo hizo al dejar a un costado a su propio padre cuando lo entendió necesario, hace cinco años. Era una jugada impostergable, digna de un carnívoro, y así la concretó. El tercero con posibilidades, el colorado Ernesto Talvi, está mostrando sus primeras armas en política y queda claro que aprende rápido, teniendo en cuenta su decisión de dejar fuera de la fórmula presidencial a Sanguinetti.

Pero el que se jugó a todo o nada es Martínez. Una década atrás, cuando intentó una postulación a la Intendencia de Montevideo, fue devorado casi de inmediato y ante la vista de todos. Se mostró un poco ingenuo y débil frente a un mundo de políticos expertos en churrascos. Pareció ser una presa fácil, lejos del verdadero campo de batalla.

Los tiempos cambiaron. Ahora es él quien logró el triunfo en las elecciones internas y, pese a que el apoyo obtenido no fue masivo, resolvió exponerse desde el inicio del lado de los arriesgados. Para lograrlo, utilizó la elección de su compañera de fórmula.

De un solo movimiento, dejó por el camino a los tres principales líderes del oficialismo de los últimos quince años. Optó por no seguir los consejos ni del presidente Tabaré Vázquez, ni del exmandatario José Mujica ni del ministro de Economía, Danilo Astori. Hizo bajar mediante un único golpe una especie de telón frente a la tríada que todavía se encuentra en el principal escenario político uruguayo.

Tampoco se basó en los votos ni en las sugerencias de los sectores frenteamplistas. Eligió como compañera de fórmula a alguien desconocida para muchos de los dirigentes de primera línea de esa fuerza política. A partir de ahora mando yo, pareció gritar Martínez, o al menos así lo interpretaron algunos de los viejos líderes izquierdistas.

Es probable que ese sea el paso fundamental de una estrategia ya planificada. Al elegir a Graciela Villar, optó por alguien que le responderá principalmente a él, que fue quien la colocó bajo los focos. Optó por la confianza y la lealtad antes que por los votos, y eso ya dice mucho.

Como agregado, dejó por el camino a Carolina Cosse, la preferida de Vázquez y Mujica. Martínez sabe que, con esos respaldos y con el caudal electoral que logró en las elecciones internas, Cosse se movería con muchísima más independencia, y siente que no es lo que necesita para su gobierno. En el acierto o en el error, prefiere jugar el partido final a su manera.

Villar, además, cuenta con otra condición que le permite a Martínez cerrar el círculo. Hace unos meses, decidió abandonar el grupo de Astori para apoyar la precandidatura presidencial de Mario Bergara bajo el argumento de apostar por nuevos liderazgos. Eso generó la molestia del ministro de Economía, que se sintió traicionado. Hasta en eso Martínez y Villar se parecen.

Claro que mostrar los dientes no necesariamente significa saber usarlos. Para ser un carnívoro con todas las letras hay que morder bien fuerte y quedarse con el pedazo más grande. Solo de esa forma se puede derrotar a los otros más experimentados, que siguen recordando el gusto de sus presas.

Si Martínez gana la elección y se transforma en el próximo presidente, serán solo para él los laureles y demostrará de esa forma que este era el momento de sacudir la estructura dominante en el gobierno durante los últimos 15 años. En ese caso tendrá el horizonte despejado como para elegir a su gabinete de la forma que él considere más conveniente, como ya lo hizo en la Intendencia de Montevideo. Será el encargado en los hechos de iniciar un nuevo ciclo de liderazgos dentro del Frente Amplio.

Pero también puede ocurrir lo contrario. Puede perder, como sugieren en estos días algunas encuestas. No será el único responsable si eso ocurre, pero, luego de su jugada, las miradas se posarán principalmente sobre él cuando caiga la pesada culpa de la derrota. Allí seguro que serán los viejos carnívoros de su colectividad política los que volverán a mostrar los dientes. 

✔️ Parecido no es lo mismo

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