Todo sigue igual

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Nº1975 - al de 2018
por Carlos Ramela

El sábado 23 estaba en el exterior, emprendiendo mi regreso al Uruguay, cuando accedí por Internet a la noticia de que el Plenario del Frente Amplio había dado su apoyo (en realidad “autorización”) para que sus bancadas legislativas votaran el tratado de libre comercio con Chile.

Más allá de que me parece absurdo e inconveniente el rol que tiene ese plenario en la estructura institucional del Frente Amplio (por algo será que Asamblea Uruguay ya planteó que hay que revisarlo), en función de que es un organismo de escasa representación que limita o condiciona el mandato soberano que recibieron en las urnas sus legisladores a partir de una integración que surge de elecciones internas con escasa formalidad y donde las bases (los militantes adherentes) tienen asignada una participación compleja y desproporcionada, así como me parece también que ha sido desmedida y fatigosa la demora de casi dos años que fue necesaria para tomar esta decisión, debo confesar que, en principio, cuando recibí la noticia sentí algo así como alegría, esperanza, entusiasmo y alivio. Me pareció, equivocadamente como se verá, que por fin había triunfado la sensatez y que la mayoría del Frente Amplio asumía la necesidad de que Uruguay empezara, tarde pero al fin, un proceso de apertura e integración que es esencial.

No sería poca cosa que cayeran algunos mitos y terminaran algunos eslóganes sesentistas, de la mano de una evolución que la izquierda ya ha procesado en otros países. No sería poca cosa, tampoco, que en un país empatado y con indicadores complicados (baja del empleo, de la inversión, de la actividad económica de todos los sectores y del precio de nuestros productos exportables y suba del déficit, del desempleo, de la inflación —costos internos escandalosamente altos—, de las tarifas públicas, de los impuestos y de los empleados públicos), por lo menos tuviésemos el desahogo de abrir nuestros horizontes y sacarnos de arriba el peso de aranceles millonarios y de otras barreras que nos quitan capacidad de competencia, apostando a una apertura comercial que redundaría en mayor actividad, empleo y salario. Sería sin duda bueno que algunos terminaran por entender que con el encierro comercial actual, la suba del gasto público social y el aumento sostenido del salario real, no es ni será nunca posible sino a costo de subir aun más la ya pesada carga tributaria, destruir el país productivo, correr definitivamente la inversión y terminar gastando todas nuestras reservas, al influjo de un discurso agotado que ya destrozó la realidad de otros países que se sumaron a la locura populista.

Daba para estar alegre y entusiasmarse, por eso ya en el avión decidí que ese sería el tema de mi columna de esta semana y que, después de mucho tiempo, tendría la posibilidad de apoyar y aplaudir el rumbo elegido por este inoperante y trabado gobierno en disputa, donde algunos quieren algo pero otros, la mayoría en general, solo ponen palos en la rueda para que todo siga igual y sentirse cada día más cerca de Cuba y Venezuela. Lamentablemente la realidad se impuso rápidamente, demostrando que es peligroso confiar en milagros. Apenas llegué a Uruguay, el domingo de mañana, leyendo el diario El País me enteré de que la mayoría en cuestión se obtuvo a partir de un discurso característico, del inigualable Mujica, que convenció al MPP con frases, entre otras, como estas: “No se puede creer que estemos enfrascados en esta pelotudez”; “déjense de joder y no rompan más”; “no es un tema en el que a Uruguay le vaya la vida”; “no mueve la aguja esto con Chile”. Quizás algo de todo eso se pueda entender muy parcialmente por cuanto con Chile hay ya una serie de acuerdos puntuales que han abierto algunos canales, pero sin duda ese discurso, mediocre y hasta ordinario, está muy lejos de la realidad gratificante que había imaginado.

Aun cuando duela mucho, está claro que no hay nada nuevo bajo el sol. El gobierno puede ser que evite un gran papelón, porque la no aprobación del tratado por su propio partido político dejaría desairados al presidente y a sus ministros de Economía y Relaciones Exteriores, pero los uruguayos en general tendremos poco que festejar. El apoyo, al fin de cuentas, según el hombre que afirmó hace poco con gran autoridad que los tupamaros lucharon contra la dictadura y que en el Uruguay había antes de 1973 un “Parlamento ficticio”, se daría solo y justamente porque en este caso el tratado “no mueve la aguja”; lo que supone afirmar, dejando de lado el lunfardo, que en opinión del MPP si el tratado desplegara muchos de los buenos efectos que la gran mayoría de los uruguayos le reconoce a este tipo de vínculos comerciales y realmente generara el gran cambio cualitativo que todos queremos y necesitamos, ese grupo político, de la mano de Mujica, se hubiera opuesto y hubiese bloqueado el apoyo que se dio por una mayoría ajustada.

Y esa triste realidad quiere decir también, sin duda, que el interés de parte del gobierno por acceder a otros tratados, en la medida que estos sean para Mujica dinámicos y realmente trascendentes, será inevitablemente bloqueado por aquellos que piensen que en esos casos sí “se mueve la aguja”, poniendo de manifiesto, una vez más, que existe en el Frente Amplio una mayoría que sigue sin actualizar sus figurines y apostando a un encierro comercial inconducente. Por lo tanto, nada ha cambiado y este gobierno en disputa sigue sin rumbo y determinación, sin poder escapar a la nefasta y mediocre influencia de Mujica, que sigue moviendo los piolines y mandando con su filosofía de boliche. No hay mitos o leyendas que se derrumben ni eslóganes perimidos que se dejen de lado, sino simplemente —para algunos— meras razones circunstanciales y puntuales que determinan que, excepcionalmente, se pueda aprobar, en 13 años de gobierno del Frente Amplio, el primer tratado de libre comercio. Pero la mayoría de esa fuerza política no cambia su discurso ni su interpretación de la realidad, por lo que este gobierno nos seguirá condenando, hasta el fin de su mandato, a dejar pasar los trenes y aislarnos del mundo, mientras cierran empresas, algunos inversores se retiran y muchos uruguayos emigran en busca de un país con gente más sensata.

Finalmente mantuve el tema de mi columna, pero con otro enfoque y una conclusión inevitable: con este gobierno todo seguirá igual y no podremos superar nunca este modelo perimido que impulsan los más radicales, por lo que la única solución, para cambiar una realidad tan triste como peligrosa, es que la oposición acceda al gobierno en las elecciones del año próximo.

✔️ Yo firmo

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