Transfeminismo versión Harvard

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Nº2026 - al de 2019
por Pau Delgado Iglesias

La economista estadounidense Deirdre McCloskey estuvo el mes pasado en Montevideo y su presencia no es simplemente la de una economista más. Formada en Harvard, fue profesora durante 12 años en la Universidad de Chicago en la época en que allí se formaban los Chicago Boys (economistas que, bajo las ideas de Milton Friedman, tuvieron gran influencia en la implementación del neoliberalismo económico durante la dictadura de Pinochet en Chile). McCloskey, que en el correr de sus 76 años ha escrito unos 19 libros y publicado cerca de 400 artículos sobre temas que van desde teoría económica hasta filosofía, feminismo y ética, decidió dejar atrás su identidad masculina a los 53 años, pasar de ser Donald a ser Deirdre y comenzar una nueva vida. Desde entonces, su hija y su hijo no le dirigen la palabra.

Aunque había estado anteriormente en varios países de la región, es la primera vez que se concreta su visita a Uruguay, gracias al esfuerzo conjunto del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) y la Comisión de Doctorado de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS) de la Universidad de la República. Durante su estadía, la economista dirigió un curso breve de Historia Económica y brindó dos charlas sobre temas diferentes: una en el CED, titulada Los fundamentos del progreso, en la que presentó sus ideas sobre los determinantes del crecimiento económico, y otra en FCS titulada Las aventuras académicas de una mujer nueva, donde compartió algunas de las experiencias vividas en la academia frente a su decisión de cambio de género.

El discurso de McCloskey es, básicamente, el de una economista liberal, aunque ella misma se apura en aclarar que eso no implica que sea conservadora: liberal “en el sentido real”, explica, que no es ni el sentido “conservador” que tiene el término en América Latina ni el sentido de “socialismo lento” que el término tiene en Estados Unidos. A lo largo de una charla, basada principalmente en la defensa a ultranza de la propiedad privada y en la necesidad de minimizar el rol del Estado, aparecen apenas algunos guiños esporádicos que recuerdan al público más despierto que McCloskey es una feminista “de la primera ola”: por ejemplo, cuando enfatiza la necesidad de construir una sociedad “sin esclavitud, sin subordinación, sin violencia de hombres hacia mujeres, sin violencia del Estado hacia sus ciudadanos y ciudadanas”. O tal vez cuando habla de la necesidad de una economía de personas libres en la que todos y todas tengan oportunidades por igual (lo que favorecerá una sociedad dispuesta a innovar, clave del crecimiento económico según McCloskey). O hasta quizás cuando menciona al pasar a Mary Wollstonecraft y a John Stuart Mill (el economista “feminista” del siglo XIX). Sin embargo, los guiños resultan demasiado tibios y probablemente hayan pasado desapercibidos para gran parte de los asistentes a la charla —en su mayoría economistas, algunos de los cuales ni siquiera tomaron consciencia de la identidad de McCloskey como mujer trans—.

Por otro lado, su charla en Facultad de Ciencias Sociales tampoco parece haber sido de un gran compromiso político. Algunas de las personas que asistieron manifestaron sentirse decepcionadas ante el exceso de “primera persona” en su discurso, la falta de alusión a los movimientos feministas y cierta falta de interés sobre la situación de las personas trans a nivel nacional. Si bien está, por supuesto, a favor de los derechos de las personas trans, no está de acuerdo con ninguna postura que implique un gasto del Estado en este sentido.

Probablemente, las expectativas puestas en lo que una economista transexual, feminista y egresada de Harvard tenía para decir, eran a priori demasiado altas; en cualquier caso, su paso por Uruguay deja en muchas personas una sensación de desilusión. Su activismo como mujer trans privilegiada y académica la aleja enormemente de la realidad de personas trans con historias de vida muy diferentes. Y sin pretender negar la relevancia de su trayectoria teórica, podría afirmarse que el “liberalismo real” al que McCloskey se refiere, se queda demasiado corto a la hora atender las urgencias políticas del transfeminismo local.

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