Un final a la francesa

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Nº2009 - al de Febrero de 2019
por Andrés Danza 

Hay determinadas señales que muestran que una historia se va acercando a su de­senlace, en especial si es de las buenas. Los mejores relatos, sean en el formato que sean, crecen durante su transcurso, y al concluir fluyen de una forma intensa y armónica, como un río caudaloso que se acerca al mar. Así ocurre en las películas, obras de teatro, novelas, cuentos y también en algunas historias de vida. El final es la parte que eleva todo lo anterior hacia la trascendencia o lo empuja al precipicio del olvido.

La política no es la excepción. Los políticos son más recordados por cómo terminan su carrera que por cómo la empiezan. A esa conclusión llegó el expresidente francés Francois Mitterrand luego de ocupar por años un rol protagónico en el escenario mundial. Se la transmitió a uno de sus excolegas más cercanos del sur, Julio María Sanguinetti, que suele citarla como ejemplo de sabiduría.

Si Mitterrand tiene razón, la pregunta que surge en forma inmediata es de qué forma se pueden leer los recientes acontecimientos políticos en Uruguay. ¿Acaso Sanguinetti dio la espalda a la premisa sostenida por uno de sus referentes? ¿Es su nuevo desafío político un error? ¿Y qué ocurre con sus compatriotas que comparten con él la distinción de haber sido presidente? ¿Eligieron la mejor opción?

Basta sacarse un poco de encima el ropaje partidario o coyuntural para darse cuenta de que todos ellos se acercan al final del camino luego de decisiones acertadas. Todos, sin excepción. Algunos con más tino que otros, pero ninguno de ellos está cayendo por el precipicio. Muy por el contrario, están asegurando su lugar en el mármol de la historia, si se cumple la lógica.

El caso más paradigmático es el del propio Sanguinetti. Ya fue dos veces presidente, por casi dos décadas optó por un rol secundario en su colectividad política y hoy, a sus 83 años, decide volver. Vuelve en uno de los peores momentos del Partido Colorado, que se encuentra tercero lejos en todas las encuestas. Parece una locura total, pero está lejos de serlo.

Aquella reforma constitucional que tanto defendió durante su segundo gobierno será la que quizá lo termine transformando, más de 20 años después, en arquitecto de la derrota del Frente Amplio. Esa posibilidad está muy cercana y sería un excelente punto cúlmine de su carrera política.

En concreto, Sanguinetti va a competir en las elecciones internas del Partido Colorado y lo más probable es que gane. Esa instancia electoral no es obligatoria y los que deciden participar son los que realmente se sienten colorados, lo que le juega a favor al expresidente, como muestran las encuestas.

Luego, en octubre, se elige al nuevo Parlamento y a los dos postulantes que disputarán la segunda vuelta electoral. Con el Partido Nacional cercano al 30%, como lo marcan los sondeos de opinión pública, si los colorados con Sanguinetti a la cabeza logran 15% de los votos, la oposición queda a un paso del triunfo. Esa parece ser la apuesta del expresidente colorado. Busca recuperar algunos batllistas de centro que en las últimas instancias optaron por el Frente Amplio, y especialmente por el ministro de Economía, Danilo Astori.

Si logra su objetivo, Sanguinetti pasará a ser uno de los responsables de desplazar al Frente Amplio del poder luego de 15 años. Y será el conductor natural de la próxima coalición. Es cierto que el Partido Colorado no logrará salir de su tercer puesto, pero volverá a tener un rol protagónico, gracias a un último esfuerzo de quien ya tenía los méritos suficientes como para no exponerse. La jugada puede salirle mal, pero es probable que hasta en ese caso la valoración de su empuje sea positiva. Además, tiene que hacerlo. No le queda otra alternativa y lo sabe. Olfato le sobra y por eso eligió competir.

Algo similar ocurre con el expresidente José Mujica, pero a la inversa. Lo mejor que podía hacer era no presentarse como precandidato presidencial. Es mucho más lo que tiene para perder que para ganar. Por más que haya dudado varias veces, su olfato lo ayudó, al igual que a Sanguinetti, a tomar la decisión final.

Más allá de las diferencias que genera en Uruguay, Mujica ya se ha transformado en un mito viviente en el exterior. Fronteras adentro es amado y resistido casi por igual, pero afuera es visto como un referente y es muy difícil que esa realidad cambie. Por eso, exponerse a una eventual derrota al final de su vida y a una campaña llena de insultos y focalizada en su persona, no era la mejor opción. A sus 84 años, ya las fuerzas no son las mismas y el riesgo es demasiado alto. Hizo lo que tenía que hacer.

Las otras dos personas que comparten posición con Sanguinetti y Mujica son Luis Alberto Lacalle y Tabaré Vázquez. El primero optó por dar un paso al costado para dejar todo el espacio a su hijo, Luis Lacalle Pou, que compite por la presidencia con serias posibilidades de ganar. Padre primero e hijo después en la presidencia ocurrió solo una vez en toda la historia uruguaya, con Luis Batlle Berres y Jorge Batlle como protagonistas. Repetir semejante logro es un estímulo más que suficiente para un político y padre de la estirpe de Lacalle Herrera. Por eso se llamó a silencio. Le debe costar, pero seguro que su olfato, que también es privilegiado, puede más que su ansiedad.

Por su parte, Vázquez ya logró ser dos veces presidente, algo que solo ocurrió con José Batlle y Ordóñez, aunque en su época el voto no era universal, y con Sanguinetti, que la primera vez ganó con algunos políticos proscriptos por la dictadura militar. Ahora solo le resta finalizar su segundo mandato sin demasiados sobresaltos, y a eso está abocado, aunque le está costando bastante. El resto ya está logrado, debe pensar, y es probable que tenga razón.

Todo indica entonces que serán desenlaces a la altura de las circunstancias, a la francesa, como le gustaba a Mitterrand. Con una enseñanza a futuro: Uruguay debería mirar con un poco más de atención a sus viejos caudillos, que por algo llegaron hasta donde llegaron. 

✔️ El pequeño gruñón

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