Daniel Vidart. Foto: Javier Calvelo/ adhocFOTOS

Daniel Vidart, de los cronistas de Indias a la marihuana

Un renacentista criollo, curioso e impertinente

8min
Nº1719 - al de 2013
entrevista de Silvana Tanzi

Mientras se arregla la boina para la foto, dice que todo es gracias a los genes de sus antepasados vascos. “Tuve la felicidad de heredar una gran salud y sobre todo las ganas de vivir. No me achico ante nada”, dice Daniel Vidart, quien hace pocos días remontó el Delta del Paraná. Es antropólogo, historiador, ensayista. Ha sido docente y trabajó para la Unesco, por lo que pudo viajar por el mundo. Habla algo de mandarín y árabe, entre cantidad de lenguas, y le quedan pocos países por conocer. “Me falta la Isla de Pascua y Delfos, allí quisiera estirar la pata”, comenta. Sobre travesías más antiguas trata su último libro Cuando el uruguay era solo un río. Testimonios de los cronistas y viajeros (siglos XVI al XVII) (Ediciones B), que está casi agotado. Cuando Búsqueda llega a su casa de Pocitos, está escuchando a todo volumen una plácida música griega. Las bibliotecas cubren las paredes de la planta alta y entre los libros hay adornos de diversos orígenes y algunas fotografías en las que aparecen dos de sus amigos: el antropólogo Renzo Pi Hugarte, fallecido el año pasado, y el presidente José Mujica. Sobre el escritorio, una carpeta de elástico tiene una etiqueta que dice “Cannabis. Marihuana”. Es abultada y dan ganas de revisarla. “No hablo como un profesor, me divago y distraigo. Así que redactalo lindo. Hacé lo que hizo Marx con Hegel”, le dice a la periodista cuando hacía rato que había comenzado la conversación sobre la marihuana, los charrúas y los cronistas de Indias.

—Usted es  antropólogo, pero sus libros también son de historia. ¿Qué separa a un antropólogo de un historiador?

—Al antropólogo le interesan las singularidades de las diferentes culturas, descubre en la diversidad la unidad. Su punto de partida es aquello que aparece en una de las comedias de Terencio: “Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno”. La pregunta es qué parte de lo humano le interesa al antropólogo, y la respuesta es la cultura, que es la creación de una naturaleza artificial. Porque la cultura es una conjunción mental. Lo dice Marx en el capítulo III de “El capital”: “Si todos los puentes del mundo desaparecieran, se volverían a construir porque no están en los fierros sino en la cabeza de los ingenieros”. La cultura está acá (se toca la cabeza).

—¿Por qué le interesó escribir sobre cartas y crónicas del descubrimiento?

—Mi propósito era ir a las raíces en la Historia del área rioplatense y también mostrar el sueño de Artigas. Aparece más de una vez en el libro y le dará una gran alegría al Pepe (el presidente Mujica), que es un gran defensor del federalismo. En realidad Artigas defendía la confederación, porque en el federalismo hay un peso mayor de la capital. Me interesó mostrar las contradicciones de la Historia. Por ejemplo, todas las versiones que hay sobre la muerte de Solís, al que le dedico un largo capítulo. Algunos cronistas escuchaban mal y escribían peor. Sobre Solís se ven varias mentiras e imprecisiones, por ejemplo, en el número de personas que desembarcaron. El que habló primero de la masacre estaba en España, por lo tanto escuchó hablar de los acontecimientos y los adornó.

—Todas las crónicas cuentan que a Solís y a sus hombres los mataron y se los comieron los indios. ¿Había antropófagos en esta región?

Mujica "es un hombre muy bien intencionado, que vive de una manera ejemplar como algunos patricios romanos, que eran agricultores. Es una rara avis y está más solo de lo que la gente cree. Y está mucho más adelante que el Frente Amplio. Yo digo que es un Quijote vestido de Sancho".

—Hay algunas dudas con respecto a la antropofagia. Es curioso que Francisco del Puerto, el más joven, gordito y sabroso de la expedición, se haya salvado. Lo que sí se sabe es que la antropofagia que existió era ritual. Engordaban a las personas de mayor valor, a los que eran jefes o combatientes eminentes. Les daban las mejores comidas y los trataban con absoluta consideración hasta convertirlos en un ser reluciente y rollizo. Luego, en una ceremonia, los mataban con una maza, los despedazaban y los asaban. Tuve varios problemas cuando dije que era un ritual similar al que la Iglesia hace con la hostia, con la diferencia de que la ceremonia católica no es feroz. Pero lo de ferocidad lo ponemos nosotros, porque para quienes la practicaban, la antropofagia tenía otro valor. Querían tener el vigor, la fuerza y la inteligencia de los miembros importantes de la comunidad.  

—Ha usado términos como “Charrulandia” para referirse a quienes se consideran descendientes de los charrúas. ¿Se sigue peleando por ese tema?

—En realidad no me peleo, pero creo que es bueno que se discutan las cosas para evitar deformaciones de tipo sentimental o románticas. Los charrúas estaban extendidos en una misma zona con los guaraníes pero caminaban, no estaban como en los mapas de la escuela: acá los guanes, acá los arachanes, acá los charrúas. No era así, los charrúas estaban en Santa Fe, en la Mesopotamia argentina, en el sur de Brasil y en Colonia. Fueron muy escasos y las enfermedades, el nomadismo y el exterminio los redujo a un puñado. Hay gente que cree que fueron nuestros antepasados, pero esa locura vino ahora, antes no existía. Con mi querido amigo Renzo Pi Hugarte enfrentamos a esos grupos. Ellos celebran ceremonias, se visten con quiyapis y usan palabras con las que componen algunas frases, aunque tienen ojos claros. También tocan música charrúa, pero el único instrumento que tienen es el violín bucal de Tacuabé, que está en unos 70 pueblos del mundo. Decilo así: el profesor Vidart, que es un buen viajero, vio en diferentes países violincitos como el de Tacuabé, así que no me vengan con la originalidad. Un día me invitaron a Paysandú a que fuera a escuchar una orquesta charrúa y los mandé a la mierda. Cómo van a venir a insultar la inteligencia de este sanducero viejo. Este fue un país guaraní, que eran miles. Hoy en Uruguay no hay charrúas; la mítica Charrulandia es un invento.  

—¿Tampoco existe la garra charrúa?

—Eso fue cosa de los periodistas deportivos que le decían a Scarone, a Petrone, a Nasazzi, a Piendibene: “Muchachos, muestren la garra charrúa”. Y eran todos tanos, ¡no jodan! Igual pasa con los negros de la costa peruana que vienen a jugar, a quienes llaman “los incaicos”, y no tienen nada que ver con los incas, son descendientes de africanos.

—¿Usted con qué se identifica?

—Mi bisabuela por parte de madre era negra brasileña. Por el lado de padre, mi abuela era bisnieta de Artigas, quien había tenido una hija con una misionera. Y tengo una enorme influencia de los vascos por parte de mis abuelos, que me formaron en la tradición vasca de Iparralde (el país vasco del norte). Por lo tanto soy triétnico. Pero me defino como criollo y sanducero.

—¿Sobre qué está escribiendo ahora?

—Estoy preparando un libro que saldrá en setiembre u octubre sobre la cannabis. Estuve viajando por el Delta de Paraná y comprobé que las islas están llenas de plantas de marihuana. Las plantan los usuarios que han hecho sociedades secretas a las cuales accedí. Hay una especie de fusión, de interrelación entre los cultivadores y las plantas. Se preocupan por limpiarlas, matarles los bichos, por los cogollos. Y también las cruzan.

—¿Ha fumado marihuana?

—Fumo cuando estoy en alguna rueda y viene la vuelta, pero nunca me pegó. Ahora fumé con los círculos que visité para probar diferentes tipos de marihuana. Y estoy acá sano y fuerte, con mi cabeza clara. En cambio, el alcohol destruye igual que el cigarrillo. El humo y el ritual en una ronda van creando una especie de sociabilidad casi masónica, porque están al margen, son clandestinos. Mi novia fuma desde hace 50 años y la llevaron presa por tener cultivo. Ella es especialista y ha escrito varios libros con ediciones en España, Brasil y Argentina.

—¿Quién es su novia?

—Alicia Castilla. Hace cinco meses que estamos juntos, en luna de miel. Ella es argentina, pero vive acá. La fui a entrevistar para mi libro y entonces saltó la famosa chispa. Ella estaba sola y retirada del mundo en el Fortín de Santa Rosa. Es una casa muy linda, yo voy a menudo. Allá hay mucha paz, tenemos dos computadoras, no hay teléfono y podemos escribir tranquilos.

—¿Está de acuerdo con la legalización?

—La marihuana no jode a nadie. Estuve once años trabajando en la Universidad Nacional de Colombia y los profesores nos reuníamos y nos mandábamos una vuelta de faso y no pasaba nada. Después íbamos y dábamos unas clases maravillosas. De pronto había alguno que se reía mucho y otro que se ponía muy conversador, pero no pasaba nada. El tema lo he estudiado en profundidad y lo peor que hay es comprarle al narcotraficante. En el norte de Paraguay hay un pueblo que se llama Juan Caballero, con cien mil hectáreas plantadas. Hay una mafia que prepara la marihuana para el comprador, el comprador la estira y el distribuidor la estira de nuevo. En esos ladrillos a veces hay un tercio de bosta de burro, que si la consiguen es la mejor, pero si no la consiguen, le agregan cualquier cosa. Estudié todo: la etapa en que se podía fumar y después la prohibición, que la llevaron adelante algunos jeques árabes porque los safíes, los místicos, se daban cada mano de hachís tremendas. También la prohibió Napoleón y en la Edad Media se quemaba a mujeres por brujas, cuando en realidad trabajaban con la cannabis para curar. Desde antes de Cristo hay tratados sobre el poder curativo de la marihuana.

"Un día me invitaron a Paysandú a que fuera a escuchar una orquesta charrúa y los mandé a la mierda. Cómo van a venir a insultar la inteligencia de este sanducero viejo. Este fue un país guaraní, que eran miles. Hoy en Uruguay no hay charrúas; la mítica Charrulandia es un invento".

—Usted es amigo del presidente Mujica, ¿lo asesora sobre este tema?

—Tenemos un viaje pendiente hacia Hervidero (en Paysandú) en helicóptero para hablar del tema y ver los plantíos. Cuando íbamos a ir, justo se murió Chávez y el viaje quedó pendiente. Tenemos que tener esa charla porque él no tiene una idea muy clara y no ha frecuentado esos lugares.

—¿Tuvo militancia política? ¿Se siente de izquierda?

—Cuando muchacho fui anarquista, pero tenía un trasfondo batllista, del viejo batllismo. Después fui fundador del Frente Amplio e integré el 26 de Marzo. Estuve 13 años exilado en Chile, Venezuela y Colombia. Pero soy independiente, no pertenezco a ningún grupo. Lo que sí tengo es una gran amistad con el Pepe, nos tenemos mucho aprecio. A veces se contradice, como todos, yo también me contradigo. Pero esa es la hojarasca, el tronco del árbol es lo que interesa. Pi Hugarte le decía: “Pepe, te tiran un anzuelo y lo mordés, hablá menos”. Es un hombre muy bien intencionado, que vive de una manera ejemplar como algunos patricios romanos, que eran agricultores. Es una rara avis y está más solo de lo que la gente cree. Y está mucho más adelante que el Frente Amplio. Yo digo que es un Quijote vestido de Sancho.

—¿Cómo fue su formación en Paysandú?

—Mi padre, que era anarquista, aunque se hizo batllista, nos dijo a mis hermanos y a mí que nos podía dejar solo dos cosas: una educación de príncipes, a pesar de que era anarco (se ríe), y el conocimiento del país. Y fue tal cual. Nos puso profesores de lengua, de boxeo, artes marciales, y hasta de gimnasia sueca. Tengo unos músculos bárbaros y todavía me puedo defender. La otra herencia también la cumplí. Recorrí el país a caballo, en auto, en ferrocarril. Como vivíamos afuera, hasta los 26 años monté a caballo, incluso hice el itinerario del Éxodo. Tengo un libro, “Caballos y jinetes”, que es un himno al animal que adoro. Nunca fui un hombre de biblioteca, lo que aprendí lo aprendí en el camino, soy un paisano con lecturas.

—¿Le queda algo por hacer?

—“Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”, eso lo escribió Amado Nervo. Te voy a hacer un relato sobre lo que falta o lo que sobra. Cuando estaba por morirse Menéndez y Pelayo, gran crítico español, lo fueron a visitar los académicos. Él les dijo cuánto le había faltado por leer y aprender. Cuando se fueron, llegaron sus discípulos y le pidieron un consejo y él les dijo: “Yo por estudiar y leer no viví. Vivid, vivid, vivid vosotros”. Yo he tratado de vivir, de ser un renacentista criollo, de ser un curioso impertinente siempre.

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