Miles de venezolanos y cubanos abandonaron sus países y se radicaron en Uruguay. Foto: Adrián Echeverriaga

Relaciones Exteriores tiene retraso de un año para otorgar residencias del Mercosur

Una oleada de inmigrantes venezolanos, dominicanos y cubanos sorprendió a Uruguay con buenas leyes pero políticas fragmentadas

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Nº1900 - al de Enero de 2017
escribe Sergio Israel

Era un helado día de agosto pasado, cuando Carmen Fernández y otros cubanos que habían salido tres días antes de Georgetown, la capital de Guyana, llegaron al Chuy. Sabían que la parte más peligrosa del viaje había quedado atrás, pero como los “coyotes” brasileños les habían dicho que si las autoridades uruguayas los descubrían serían deportados a su país, no se lo pensaron mucho y en lugar de un ómnibus de línea tomaron un taxi.

Quedaron tan contentos con el chofer que a los $ 6.000 que costó la carrera hasta Montevideo sumaron U$S 40 de propina.

En fin, ya estaban en la plaza Independencia. Había que buscar un lugar donde dormir y administrar la poca plata que iba quedando. 

Camino entre tiburones. 

Para Carmen, nombre de fantasía para una licenciada en Contabilidad, de 35 años y madre de dos hijos que dejó en casa, la idea de salir clandestina de Cuba en barco y tal vez servir de alimento para tiburones caribeños nunca había sido una opción seria. Tampoco quiso saber nada de una aventura por tierra desde Guyana a Estados Unidos, como hace la mayoría, aun a riesgo de caer en manos de otros  “tiburones”. Era caro y peligroso.

Sin embargo, atravesar los 671 kilómetros entre Georgetown y Boa Vista (la capital del Estado brasileño de Roraima, fronterizo con Venezuela) o ir a Manaos, aunque tenía sus riesgos, sobre todo por el tramo en la selva, le pareció más razonable.

No hubo accidentes y todo salió bien, pero aun así los U$S 6.000 que le pagaron por su casa en Cuba quedaron por el camino. Primero hubo que costear el pasaje desde La Habana a Guyana, por el momento el único país que no les pide visa y donde supuestamente pasaría siete días de vacaciones. Después, el contrato de U$S 400 con el “coyote” que los llevaría, a ella y a otros siete cubanos, camino al Uruguay, en una cómoda Mitsubishi.

Los ocho que se juntaron en Guyana se mantuvieron unidos durante el tenso viaje y así evitaron que los bandidos violaran a las mujeres o asesinaran y desplumaran a los hombres, como había ocurrido.

En Boa Vista no disfrutaron del bello paisaje del río Branco ni del diseño afrancesado de la única capital estadual brasileña situada al norte del Ecuador. Del hotel salieron para el aeropuerto apenas con el tiempo de tomar el vuelo a Porto Alegre. Después vendría el último tramo por tierra antes de comenzar la vida en ese país sin grandes conflictos, relativamente seguro y donde se consigue trabajo, aunque no siempre el que uno quiere.

La licenciada en Contabilidad trabaja ahora como acompañante de enfermos y aún tiene una vivienda provisoria, pero dijo a Búsqueda que está contenta y confiada en el futuro.

Un caso parecido, pero con un viaje menos peligroso, es el de Marisol Placeres, formada en su país en Educación Especial a nivel universitario, pero que debe trabajar como vendedora de carteras en una tienda de un shopping montevideano. Placeres, que comparte una pieza con una compatriota, posiblemente reemigre a Chile porque los uruguayos, en especial en el mundo académico, son menos receptivos con los venezolanos y otros extranjeros que lo que fue a la inversa hace cuatro décadas.

Para Leroy Gutiérrez, que llegó hace seis años con su esposa e hija de dos años, “es como que siempre estás llegando porque hay cosas que no viviste y la experiencia es inútil”.

Después de dos años en el país, Gutiérrez consiguió —gracias a la recomendación de una uruguaya a la que había conocido en un curso en Bolivia— un trabajo en la editorial Random House. Vivir en el exterior es para ambos “como una especie de aventura”. Eligieron Uruguay porque parecía un país fácil con los papeles y en las antípodas de la polarización de su patria.

No es el Paraíso. Incluso hay casos extremos de discriminación, como el de una empleada doméstica dominicana que en Punta del Este recibió una piscina vacía como dormitorio. U otra que debía usar el baño de la portería del edificio y no sentarse en los sillones ni rozar las cortinas para no contaminar el ambiente de sus patrones. 

Los datos oficiales confirman que el número de dominicanos, venezolanos y cubanos que llegan a Uruguay para instalarse va en aumento (ver recuadro). 

La principal motivación que tienen los inmigrantes que conforman una suerte de nueva oleada es el trabajo en el sector servicios en un país que ofrece “estabilidad y perspectivas de crecimiento personal”.

En promedio, estos inmigrantes ganan unos U$S 500 al mes, el doble que el mínimo en otros países y logran mantenerse haciendo malabares con el dinero, viviendo en pensiones donde 40 personas comparten un calefón de 30 litros o agrupados en apartamentos para enviar remesas a sus familias.

Por la Casa del Inmigrante, en Reconquista 471, el lugar que recibió a Carmen Fernández, habrían pasado ya alrededor de diez mil personas desde 1999. La casa, creada cuando comenzaron a llegar peruanos para trabajar en la pesca, sirve como lugar de encuentro y pensión, al menos por unos días, para los que no tienen dónde dormir porque acaban de llegar o fueron abandonados y hasta estafados por agencias y armadores.

La Asociación se define como una institución que “lucha por los derechos humanos de los migrantes y refugiados en Uruguay y también ayuda a ciudadanos uruguayos en situación de precariedad”. 

Brinda asesoramiento, alojamiento, alimentación y apoyo psicológico a inmigrantes de bajos recursos económicos y a uruguayos en situación de calle o con problemas psicológicos, explicó su principal mentor, Carlos Valderrama, un peruano que llegó como refugiado del gobierno de Alberto Fujimori en la década de 1990. 

La demanda de camas aumenta, al punto que hace unos días, el psicólogo peruano Alberto Canale tuvo que ceder el consultorio para convertirlo en dormitorio.

Valderrama, Canale y el uruguayo Gustavo Miraballes dicen que hacen su trabajo sin recibir ningún apoyo estatal, salvo 4.000 euros de la Embajada alemana para construir unos baños, y algunos materiales de la Intendencia de Montevideo. No han logrado, afirman, ni siquiera exoneración de impuestos municipales.

Los curas franciscanos, en especial el fallecido Pedro Frontini, fueron los principales impulsores de esta casa que primero alquilaron y luego compraron en cuotas. Cumplen un papel de contención, pero también han recibido críticas porque de hecho es una pensión que cobra por el uso de las instalaciones.

En rigor, en parte se trata de una misión asignada a los refugios del Mides para personas en situación de calle adonde a veces también van a parar extranjeros no siempre preparados para lidiar con la situación.

Otro punto de referencia para extranjeros no turistas está en la calle Washington 274, vieja sede del Apostolado del Mar. Hasta allí llegan marineros de todas partes buscando un lugar donde comunicarse con su familia antes de pasar al bar.

El cura mexicano de la orden de los scalabrinianos Jesús González está al frente de la reforma de la casa. 

Los scalabrinianos cuentan con vasta experiencia en la materia. Se instalaron en el país en 1983, a instancias del entonces arzobispo de Montevideo Carlos Partelli, pero ya en 1887, su creador, Juan Bautista Scalabrini ofrecía ayuda a migrantes y refugiados políticos en Italia.

Además del refugio para marineros, todos los miércoles a media mañana ofrece un espacio a Idas y Vueltas, una organización no gubernamental (ONG) que comenzó a ayudar a los uruguayos migrantes y en los últimos años se especializó en los extranjeros.

Idas y Vueltas tiene como principal animadora a Hendrina Roodenburg, a quien todos conocen con el sobrenombre Rinche.

Esta holandesa que vivió antes en México y España, reside desde 1985 en Montevideo, donde llegó junto a su pareja, el legendario fotógrafo Aurelio González. 

Los encuentros de los miércoles, alrededor de una mesa donde siempre hay refrescos, café y galletitas, son un remanso para que los migrantes cuenten sus logros y frustraciones de la semana.

Una de las colaboradoras de Idas y Vueltas es la doctora en Psicología Intercultural Gimena Pérez. Ella misma regresó de Francia y Brasil y busca insertarse de nuevo en su país. Sensibilizada por la situación de los migrantes decidió apoyar, de manera honoraria, con sus conocimientos y ayuda a los recién llegados a armar su currículum con el estilo local: sin colores y con los términos precisos, porque si uno trabajó de mozo no es cuestión de poner mesonero.

También son preparados en cuestiones prácticas como llegar a una entrevista de trabajo en hora, sin gorro y con el teléfono celular apagado.

El grupo que trabaja en Idas y Vueltas cuenta con la antropóloga Pilar Uriarte, que representa a la Facultad de Humanidades de Universidad de la República (Udelar).

Uriarte dijo a Búsqueda que Uruguay está muy bien visto y que se ha vendido muy bien, entre otras cosas por el “fenómeno Mujica”, pero que hay ausencia de políticas públicas y además “existe un racismo latente, no reconocido”.        

Olga Alemán, presidenta de la asociación de cubanos en Uruguay, dijo a Búsqueda que alrededor de 700 compatriotas están instalados desde hace años. El grupo más antiguo se formó desde fines de la década de 1980 por diferentes motivos, sobre todo porque algunos eran parejas de exiliados políticos en Cuba.

Tampoco a ellos el país los recibió con los brazos abiertos. “Pasé cinco días durmiendo en la calle con mis hijos”, contó Alemán.

Una experiencia también dura para insertarse en Uruguay contó René Fuentes. En sus libros “El mar escrito” y “La ida por la vuelta” este poeta y dramaturgo cubano nacido en 1969 relató la experiencia de vivir en un país lejano llamado Uruguay en el que a cada rato le tomaban el pelo diciéndole: “Oye, chico”.

Otra cubana veterana en Montevideo es Margarita Hernández. Es orgullosa oriunda de Santiago de Cuba, pero dejó la isla para instalarse en la Ciudad Vieja junto a su compañero uruguayo.

Mientras Olga cocina y distribuye pizzas, Margarita es el motor de Chekere de Cuba, una cooperativa gastronómica instalada en el Mercado Agrícola de Montevideo (MAM) que ofrece comida y tragos cubanos y donde trabajan varios compatriotas.

Uno de ellos es Albertico, un nativo de La Habana Vieja que dejó el primer año de la universidad para trabajar en un bar. Llegó a Uruguay con la fuerza de sus 26 años y su mujer. Cuenta que ya tiene un apartamento alquilado en el barrio Goes y que incluso le manda algún dinero de regalo a su madre, aunque ella no lo necesita. Mientras responde las preguntas no deja de envolver cubiertos con servilletas, atender la demanda de algún cliente o de pasar el trapo al mostrador del bar.

Alexei, otro cubano, tiene 42 años y antes de emigrar tenía una confitería en Ciego de Ávila, pero se fundió. “El frío me lo comí con papita”, dice de su primera experiencia montevideana.

Como los trámites para ingresar y conseguir la residencia en Uruguay están muy retrasados, unos 600 se han acogido al estatus de refugiado pensando que así recibirán antes la visa y podrán comenzar una nueva vida aquí o tal vez reemigrando al norte.

El aumento de la salida de cubanos de su país se debe a varias causas: algunos sostienen que la situación empeoró luego de la muerte del presidente venezolano Hugo Chávez, porque su país ya no está en condiciones de realizar un intercambio económico con Cuba.

Además, hasta ahora los cubanos tienen un tratamiento especial al pisar suelo estadounidense, pero existe el temor fundado de que con la normalización de las relaciones diplomáticas entre ambos países y la llegada de un nuevo gobierno las cosas cambien y el ingreso sea aún más difícil.

La característica de los cubanos es que tienen un nivel educativo más alto que el resto de los inmigrantes. Salvo algunos de los venezolanos y colombianos, el resto de los latinoamericanos llegan sin formación y deben conformarse con trabajar en empresas de seguridad, limpieza o gastronomía.

El abogado venezolano especializado en Derechos Humanos Diego Cabrita ha tenido mejor suerte que otros. Hace unos meses llegó de Caracas. Había estudiado Derecho en Mérida y luego de trabajar cinco años en la capital de su país decidió emigrar. Al ver que hacer la reválida del título le llevaría dos años, se decidió por cursar un posgrado en Relaciones Internacionales. Poco después consiguió trabajo en el Parlasur. Ahora está a cargo de una de las comisiones y vive en un apartamento en el Parque Rodó. No por eso se ha olvidado del trabajo que cuesta insertarse en un nuevo país. A menudo ofrece ayuda, que incluye una cama en el living de su casa, para los que recién llegan.

Vanguardia en papeles y discriminación. 

Una ponencia presentada el mes pasado por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y la Facultad de Ciencias Sociales de Udelar en el encuentro Entretierras 2016 reconoció que Uruguay tiene una legislación “de vanguardia en comparación con los demás países de la región”, pero que aún faltan políticas específicas y “existe un accionar fragmentado del Estado en materia de políticas de migración”.

El Mides se presenta como “institución rectora de las políticas sociales”. Sin embargo, la Ley 18.250 de migración promulgada en 2008 tuvo que ser modificada para incluir a este Ministerio en la Junta Nacional de Migración prevista en el texto y en la que participan desde el principio Relaciones Exteriores, Trabajo e Interior.

En 1999 Uruguay ratificó la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares.

La investigación presentada en Entretierras reveló que todos los entrevistados (dominicanos y peruanos) habían tenido al menos un trabajo informal. 

Un ejemplo de que las políticas van muy por detrás de las leyes es el caso de los migrantes de países del Mercosur. Estas personas tienen preferencia para obtener la residencia pero en realidad son los que más sufren; Relaciones Exteriores no otorga turnos para comenzar el trámite para todo el año 2017.

Además de las trabas que pone el Estado, la encuesta presentada al encuentro Entretierras reveló también que los entrevistados mencionaron la existencia de “un alto grado de estigmatización asociado a las diferencias culturales” y la existencia de “situaciones de discriminación” sin diferencia de género, principalmente en “trabajo, pensiones y vía pública”.

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