Columna: Nobleza obliga

Una segunda oportunidad sobre la tierra

4min
Nº2012 - al de Marzo de 2019
por Claudia Amengual

Cada encuentro de un lector con un libro es una aventura diferente. Hay tantas formas de leer como posibles encuentros. En esa interacción irrepetible; rara vez uno lee desde la primera hasta la última letra. La lectura suele ser intermitente, saltarina, incompleta. Una de las secciones más olvidadas es la de los malhadados prólogos, injustas víctimas que en ocasiones pueden deparar la sorpresa de ser lo mejor del texto. Y uno ni se entera. Pero no solo los prólogos sufren nuestra indiferencia. Con frecuencia, sorteamos el aburrimiento que trae alguna descripción extensa y buscamos el guion de diálogo para refrescarnos, evitamos capítulos enteros o ―ya entregados al desinterés o a la pereza― llegamos al colmo de ir derechito a la última página para aliviarnos la ansiedad y decidir si continuar o no leyendo.

Así, de salto en salto andaba mientras leía El cuaderno del año del Nobel, una reciente publicación que recoge las anotaciones que José Saramago hizo durante 1998 y que su viuda, Pilar del Río, descubrió inéditas en una de las computadoras del autor. Siempre es grato recuperar una voz querida ―la de Saramago para mí lo es― pues, de algún modo, significa un triunfo sobre la muerte. Dejé de lado mi recelo hacia los inéditos póstumos ―en este caso atenuado, porque confío en el amor sincero que Pilar pone en su tarea―y fui al reencuentro con el autor que más admiro y quiero. Consecuente con lo que comentaba más arriba, leí el libro sin respetar su cronología, buscando aquello que me resultaba atractivo y obviando lo que no tanto. 

Entre las anotaciones, llenas de lucidez y sabiduría, hubo una que llamó mi atención. Saramago se refería a las consultas de algunos productores de cine que deseaban saber si los derechos de Ensayo sobre la ceguera ―formidable novela― estaban libres. “El cine ataca de nuevo. ¿Tendré fuerzas para resistirme?”, escribía el 2 de marzo y así remataba la anotación del día: “… juro por los dioses de todos los cielos y olimpos que nadie tocará el Ensayo sobre la ceguera”. 

Una década más tarde, el brasileño Fernando Meirelles dirigía el rodaje de Blindness, basada en la novela de Saramago, con un elenco encabezado por Julianne Moore, Mark Ruffalo, Danny Glover y Gael García Bernal. Solo a modo de detalle simpático, cabe decir que algunas escenas fueron filmadas en Montevideo. No recuerdo que la película me conmoviera o me hiciera reflexionar tanto como la novela, aunque me resultó entretenida. Poco después, llegaba el documental José y Pilar, un exquisito recorrido a lo largo de dos años de esta fenomenal pareja. Una de las escenas muestra a Saramago y a Pilar asistiendo al estreno de la película de Meirelles. Cuando las luces se encienden, todos contienen el aliento ―en especial el director, que parece un niño esperando el veredicto de su maestro― y giran la mirada para ver la reacción del gran portugués, al que la emoción apenas permite hablar. “Fernando”, dice, “estoy tan feliz por haber visto esta película como lo estaba cuando escribí el libro”. La tensión se afloja y Meirelles le estampa un beso en la frente.

 Saramago era un hombre de convicciones firmes y carácter fuerte. Como he dicho otras veces, un hombre de una sola pieza. Me pregunto qué lo habrá llevado a violentar su juramento. Pensándolo bien, era ateo, así que de poco valor habrá sido su compromiso ante los dioses de todos los olimpos y cielos. Me alegra que haya vencido ese natural miedo a ver llevada su obra al cine. Y no me sorprende que su agudeza le haya permitido comprender que la fidelidad de una película a la novela que le da origen no se alcanza sino introduciendo cambios. El guionista y el director llenan los espacios que el texto propone, toman decisiones que el escritor ha dejado pendientes y eligen una de las múltiples interpretaciones que las palabras permiten. Es decir, crean. La fidelidad no se logra por la copia, sino en la respetuosa adaptación de dos lenguajes ―el literario y el cinematográfico― que tienen en común un mismo espíritu, esto es, el de la historia que cuentan. Hay casos que ennoblecen la tarea de adaptación. Lo que queda del día, basada en la novela homónima de Kazuo Ishiguro, es un ejemplo. 

Con asombro recibimos la noticia de que Netflix acaba de adquirir los derechos de Cien años de soledad y que la transformará en una serie. De inmediato, nos preguntamos cómo harán los guionistas para dar un orden a ese mundo complejo que es Macondo y los personajes que lo habitan. ¿Qué fragmentos elegirán, cuáles dejarán de lado? ¿Se alzará del suelo Remedios la Bella? ¿Habrá nubes de mariposas amarillas? ¿Mantendrá Úrsula Iguarán su tenaz espíritu? ¿Qué ramas cortarán del intrincado árbol genealógico de la familia? ¿Qué rostro tendrá Aureliano Buendía? Es una pena que García Márquez ―quien se negaba a llevar la historia a la pantalla― no esté para acompañar la producción y ver lo que sale de ella. 

Aquellos de nosotros que debemos a este libro algunas de nuestras horas más plenas, sentimos una ligera angustia, hija de la incertidumbre, ante tamaña empresa. Si la serie prospera y si decidimos verla, ese universo mágico construido en nuestra mente hace décadas ―distinto para cada lector y, a la vez, formador de una comunidad macondiana que en ese lugar se reconoce y encuentra―, de pronto adquirirá una materialidad unificadora. Ya no habrá tantos Macondos como lectores, sino uno solo, el que nos devuelva la pantalla con su poder consagratorio de realidades y su magnífica insolencia. 

Mientras esperamos la serie, la ocasión se hace propicia para regresar al texto, recordar algunos de sus memorables fragmentos e invitar a quienes no lo conocen a que se acerquen. Solo resta cruzar los dedos y desear que Cien años de soledad tenga una segunda oportunidad sobre la tierra. 

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