Utopías celestes

5min
Nº1977 - al de Julio de 2018
por Fernando Santullo

Se terminó el Mundial para Uruguay y la gente regresó a su vida diaria. Las salas de teatro volvieron a tener gente en la platea, el asado dejó de estar condicionado por la hora de los partidos y solo quedamos mirando fútbol aquellos a quienes nos apasiona el juego aun cuando la patria ya no gana ni pierde nada en él. Las calles, que estaban desiertas cuando jugaba Uruguay, vuelven a tener el sano humo de los bondis y el glorioso ruido de los escapes de las motos.

Después de todo lo que se habló sobre esta selección uruguaya, su espíritu de sacrificio, su orden táctico, su capacidad de trabajar de manera abnegada por el bien colectivo, el plus de pundonor con que jugó cada partido, después de que todo el mundo declarara estar orgulloso de esos gestos, uno podría pensar que algo de eso podía quedar en el aire, que algo podía llegar a la calle. Aunque más no fuera como un poso, como la borra de café que queda depositada en el fondo de la taza. Un restito de algo glorioso que, tras ser declarado ejemplar por todos y para todos, realmente se tomara como ejemplo. Es decir, como algo adoptable, algo que se desea para uno, algo imitable.

Pero no, es salir a la calle y ver que los vivos criollos siguen circulando de manera que logran bloquear dos carriles al mismo tiempo. Que los suicidas de los delivery nocturnos se siguen metiendo a contramano por calles tupidas de tránsito. Que el señor que te atendía desganado en aquella oficina, sigue sin despegar los dedos de la mano de la cara, apenas contenido el gesto de hastío. Que el gobierno aprovechó y te clavó unos puntitos en el precio del combustible mientras vos revoleabas la matraca. Que la revolución de maneras y formas colectivas que auguraban y prometían los hinchas resultó ser solo eso: el gesto vacío de una hinchada y nada más.

Pero en realidad eso no es un problema. En última instancia, eso es lo que hacen las hinchadas: cantar a grito pelado loas a quien es el centro de sus desvelos, sin preocuparse mucho sobre el sentido de su griterío. Ni si sobre lo que gritan tiene efectos en la realidad: no creo que jamás un arquero haya atajado mejor o un delantero metido gol gracias a lo que gritaban los hinchas fuera del campo. En ese sentido, los de afuera seguimos siendo de palo.

Lo interesante en todo caso, es cómo la selección uruguaya fue en determinado momento vista como una suerte de horizonte utópico realizado: ahora sí el Uruguay va a obtener grandes cosas porque ahora sí demostramos que sabemos cómo hacerlas. Eso sería Tabárez en su sentido más profundo y a la vez, difuso: alguien que, usando las herramientas que surgen de “los valores” que se entienden como propios, logró mostrar cuáles son las palancas y las poleas que deben activarse para que las cosas sean como deben ser. Como deseamos que sean. Ese espejo en el que todos queremos reflejarnos, que nos muestra exactamente al revés de como somos: la utopía.

La idea de que es deseable tener ese ideal utópico casi nadie la discute. Quizá sea así porque, al decir del filosofo españól Manuel Arias Maldonado, “es la expresión inevitable del deseo de mejora propio de las comunidades humanas”. Y sin embargo, en su carácter de “buen lugar que no existe” y al que se desea llegar, en oposición al lugar en que realmente se está, está en permanente discusión su existencia. Y, muy especialmente, los métodos para llegar a ella, a la utopía. Métodos que el siglo XX se encargó de mostrar como horrorosos y genocidas, tanto en su versión fascista como en su versión comunista. Y es que al muerto de hambre, al fusilado, al secuestrado y desaparecido, nunca llegan a importarle mucho las ideas que intentan explicar y justificar su muerte.

Como apunta el mismo Arias Maldonado en una dupla de muy buenos artículos sobre la posibilidad de la utopía, “la utopía estructura la realidad como la fantasía según Lacan: para aceptar la realidad, tenemos la fantasía. Representa, ante todo, un horizonte de posibilidad: la posibilidad de la contingencia. Pero la utopía es como el deseo: no puede realizarse sin dejar de ser lo que es. Por eso, la utopía remite a la potencia y no al acto; de ahí que cuando ha intentado llevarse a la práctica su fracaso haya sido disculpado como consecuencia de errores imprevistos de ejecución”.

Por eso fue quedar eliminado Uruguay y que el acto derrotara, inmisericorde, a la potencia. En eso consiste la belleza y el poder de la especulación: cuanto más realista sea, menos necesita de los hechos para proyectarse como lo que es, puro deseo. Cuanto más real es el proceso que debería acercarnos a la utopía, más velozmente esta se desplaza hacia el horizonte. Y más difícil se hace sopesar lo logrado: el impulso utópico siempre es mucho más atractivo que la realidad de las cosas, parca y seca. Por eso todos somos directores técnicos en potencia: porque sabemos perfectamente que nunca vamos a dirigir a la selección de fútbol.

Otra función que cumple la utopía en lo social es la de no considerar el presente en que vivimos, las cosas que tenemos, como algo natural, como aquello que es normal. Cumple con la función de declarar modificable lo que, creemos, siempre ha estado ahí. Y es precisamente en ese sentido que la Selección de Tabarez resulta un ejemplo que es, a la vez que realista, utópico: las cosas en el fútbol celeste no tienen por qué ser necesariamente como en los últimos 40 o 50 años, pueden ser distintas. Hay formas, hay métodos, hay autonomía, hay tiempo y hay conocimiento para cambiar los hábitos instalados. Es decir, es real la posibilidad de cambio que es planteada por la utopía cuando se niega a reconocer el presente como el único posible.

Y, sin embargo, esa segunda pulsión de la utopía siempre tiene problemas cuando se enfrenta a la primera: nunca nada de lo que se obtenga con el cambio va a poder equipararse con aquello que se desea y que es, por definición, lo que no se tiene. Por eso no importa qué tan ejemplar sea aquello que hizo Tabárez, nunca va a estar a la altura de lo que dictan los sueños colectivos. Por eso es increíblemente difícil que el cambio que el DT introdujo en lo que era normal hasta hace poco para el fútbol de la selección uruguaya, se traslade a la realidad diaria de los uruguayos. Eso implicaría asumir que no siempre lograremos ser aquello que deseamos ser. Es difícil convivir con esa idea, implica un montón de madurez que no sé si tenemos. Pero lograr asumir esa distancia, esa frustración que siempre va a estar ahí, es justamente el camino que nos aleja de la hinchada.

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