Vivir con miedo a ser

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Nº2024 - al de Junio de 2019
por Pau Delgado Iglesias

Ir a la cárcel por amar parece una idea salida de un cuento de terror; sin embargo, es algo que aún sucede en demasiados países: casi 70 estados miembros de la ONU siguen penalizando los actos sexuales consentidos entre personas adultas del mismo sexo.

Esta semana, el mundo se volvió un poquito más justo con la despenalización de la homosexualidad en Botswana, cuando la Corte Suprema puso fin a una prohibición de la era colonial. Según el Código Penal del país, “el conocimiento carnal de cualquier persona contra el orden natural” era un delito que podía implicar hasta siete años de prisión. “La dignidad humana se ve dañada cuando grupos minoritarios son marginados”, dijo Michael Leburu, uno de los tres jueces que emitieron este martes 11 la sentencia por unanimidad. La homosexualidad era ilegal en el país desde el siglo XIX, hasta que Letsweletse Motshidiemang, de 24 años, llevó el caso ante los tribunales. “Lo hice solo porque sentí que era algo que tenía que hacer por mi comunidad”, explicó Letsweletse, que entre lágrimas confesó que, aunque lo deseaba, no se esperaba el triunfo.

La decisión de Botswana es una señal enormemente positiva para la región, teniendo en cuenta que de los 54 países africanos, hay todavía 31 países en los que se criminaliza la homosexualidad, y en algunos con pena de muerte. Apenas un mes atrás, en el mes de mayo, la Suprema Corte de Kenya rechazaba la propuesta de anulación de las leyes que prohíben el sexo homosexual en ese país. Muchas de estas leyes en países africanos datan del siglo XIX, cuando el continente se dividía en colonias europeas. Un dato curioso es que más de la mitad de los países del mundo que criminalizan la homosexualidad, fueron en el pasado colonias británicas. Es que el Reino Unido, con su moral Victoriana, recién comenzó a despenalizar la actividad sexual entre hombres en 1967 (la actividad sexual entre mujeres ni siquiera estaba considerada en esa restricción), lo que resulta una fecha bastante tardía si se considera que en Uruguay el contacto sexual “consentido” entre personas adultas del mismo sexo, había sido despenalizado ya en 1934.

Quizás se pueda identificar alguna herencia de esa moral conservadora en el ataque que el 30 de mayo sufrió, en Londres, una joven uruguaya y su novia mientras viajaban en un ómnibus nocturno. Las jóvenes declaran haber sido molestadas e insultadas durante largo rato por un grupo de varones jóvenes (casi todos con “acento británico”), quienes hacían alusión a la homosexualidad de las mujeres y terminaron agrediéndolas físicamente antes de retirarse del ómnibus robándoles un bolso y un celular. Las jóvenes declararon que, a pesar de haber sido la primera vez que las agredían físicamente, esto no era una “situación nueva”. Según Laura Russell, directora de la ONG Stonewall por los derechos de las personas LGBT, en Reino Unido “una investigación del gobierno encontró que más de dos tercios de las personas LGBT dijeron haber evitado tomarse de la mano con una pareja del mismo sexo por temor a una reacción negativa de otras personas”, y este tipo de agresiones opera como “recordatorio” de la desigualdad que estas personas viven cotidianamente. En apoyo a la pareja agredida, muchas mujeres compartieron en Twitter sus propias experiencias de acoso por homofobia y lesbofobia, evidenciando que se trata de un problema estructural y no coyuntural.

Duele pensar que estas cosas pasan, aún hoy, en una ciudad como Londres. Pero duele también leer tantos comentarios en redes justificando el ataque: hablando de “exhibicionismo” o “atentado al pudor” para referirse a dos personas que se besan o se dan la mano en público. Duele tanta hipocresía, tanta moral conservadora que no soporta que cada quien sea feliz como quiera y pueda. A pesar de la larguísima trayectoria de respeto por los derechos homosexuales que Uruguay tiene como país, muchas de las personas que escribían este tipo de comentarios eran uruguayas. Y aunque por suerte estamos lejos de situaciones como las que viven aún hoy tantos países africanos, todavía falta por recorrer mucho más de lo que parece para llegar a ser una sociedad que realmente respete el derecho de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, a vivir una vida libre de odio.

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