¿Vivir sin miedo?, quizás; ¿sin peligros?, imposible

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Nº2042 - al de Octubre de 2019
por Gabriel Pereyra

El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) escribió en su obra Miedo líquido: “El miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son; cuando la amenaza a la que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta imposible de ver en ningún lugar concreto. Miedo es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y a lo que hay que hacer —a lo que puede y no puede hacerse— para detenerla en seco, o para combatirla, si pararla es algo que está ya más allá de nuestro alcance”.

Miedo es a lo que apela la campaña de reforma constitucional lanzada por el senador blanco Jorge Larrañaga para modificar aspectos vinculados a la seguridad pública y que, si bien la rechaza buena parte de los candidatos presidenciales, tiene alto apoyo ciudadano, si creemos lo que dicen las encuestas.

La propuesta es una desprolijidad jurídica, una suma de cosas que ya existen y, lo peor, una señal de que estamos dispuestos a echar mano a cualquier medida para, presuntamente, “vivir sin miedo”, aunque termine siendo una señal de debilidad ante la delincuencia.

Antes de repasar algunas normas que propone la reforma: abundan los penalistas y constitucionalistas que desaconsejan aplicar la política criminal por la vía de legislar a través de la Constitución.

¿Allanamiento nocturno? Hoy se puede allanar de noche todo local, salvo el hogar. Es una protección constitucional por si hoy o mañana llega al poder una fuerza autoritaria que hace uso y abuso del irrumpir en ese “sagrado inviolable” que es el hogar. Sería una señal más de que la delincuencia nos hace ceder derechos en aras de una supuesta mayor seguridad.

La reforma estipula la prisión permanente revisable. La cadena perpetua. El Código Penal fija la máxima pena en 30 años más 15 de seguridad. ¡Cuarenta y cinco años! Lo que ocurre aquí es que los jueces aplican esta norma en casos muy excepcionales. O sea, como los jueces no penan a ciertos delincuentes con la severidad que los impulsores de la reforma quieren, entonces, cambiemos la Carta Magna. Vamos a toquetear la Constitución para incorporar una medida que nada indica que los jueces la vayan aplicar.

¿Crear una guardia nacional integrada por militares? Ya existe y se llama Guardia Republicana. ¿Por qué razón crear una nueva repartición que los militares seguramente asumirán con poca emoción ya que nunca les gustó ser “reducidos” a policías? Además, nos encanta crear nuevas oficinas públicas mientras gritamos “¡achiquen el Estado!”.

Si todas estas medidas se aplicaran ¿realmente alguien piensa que a quien hoy vive con miedo se le iría el temor? Les tiro algunos datos que pueden ayudar a ordenar los miedos: si tememos a la muerte violenta a manos de otros, habrá que pedirle a la nueva fuerza policial que vigile, no a los extraños, sean estos rapiñeros o no, sino a nuestros familiares, amigos y conocidos porque, según la estadística, entre estos estarán los responsables si es que morimos en un homicidio. Si vamos a tener miedo a una muerte violenta, los rapiñeros son 10 veces menos peligrosos que los autos y motos en los que circulamos nosotros y nuestras familias. En materia de muertes violentas, no sé qué podrán hacer las fuerzas de elite y las penas enormes ante la imagen que cada mañana vemos ante el espejo: somos nuestro peor enemigo, con alrededor de 750 suicidios al año. Miedo. Miedo a que nuestros hijos no regresen por la noche, miedo al dolor, a la enfermedad, al hambre, a la pobreza, miedo a esos padres que te rompen los brazos a pesar de que sos un nenito, miedo a tu marido que te muele a golpes cada noche, miedo a la oscuridad, a las alturas, a nuestros fantasmas internos. ¿Quieren vivir sin miedos? Quizás lo logren, lo que no lograrán es aventar el peligro. Escribió Bauman: “Nuestra certeza busca y centra nuestros intentos de ser precavidos en los peligros visibles, conocidos y cercanos que pueden preverse y cuya probabilidad puede ser computada, aun cuando los peligros que resultan, con mucho, más imponentes y temibles son precisamente aquellos que son imposibles o terriblemente difíciles de predecir: es decir, los imprevistos y, con toda probabilidad, impredecibles”.

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