¿Y los liberales?

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Nº2033 - al de Agosto de 2019
 por Andrés Danza

Libertad es una de las palabras más repetidas en el himno nacional. “Libertad o con gloria morir”, cantan los niños hasta el cansancio como forma de sentirse parte del país en el que viven. “Libertad o muerte” es la leyenda con la que identifican a Uruguay, a través de una de las banderas patrias. Ni vivir tiene sentido sin libertad: así de radical y difícil de olvidar es lo que aprendemos desde los primeros años.

Es irónico que esto ocurra. Tampoco allí está cumpliendo bien su función la enseñanza. O sí, pero desde un punto de vista simbólico, como suele ocurrir con algunos conceptos que incomodan y que por eso la mayoría prefiere dejar solo para el bronce. Suena bien “libertad”, es elegante, brilla, pero su contenido asusta.

La mayoría de los uruguayos, ya adultos, entre libertad y muerte, eligen en los hechos morir, aunque a largo plazo, sin ninguna locura ni excesivo riesgo. Es cierto que hay quienes se definen como liberales, pero suelen ponerle apellido a esa palabra. Lo son o en lo político o en lo económico o en lo social o en lo cultural. Casi ninguno opta por decir liberal a secas, solo y en todo.

No necesariamente es un problema de los dirigentes políticos. Es más: algunos de ellos —de primera línea— alzan a la libertad como una de sus principales banderas. Eso sí, en algún momento se sienten obligados a realizar salvedades. Sobre todo cuando se acercan las elecciones. Porque decir liberal en el sentido más amplio de la palabra no suma votos.

Los últimos días de campaña electoral son un claro ejemplo de ello. El candidato colorado, Ernesto Talvi, siempre ha destacado su condición de “liberal” y es probable que lo sea, pero ahora lo acompaña con la de “progresista”, como forma de suavizar un poco el impacto. El director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Álvaro García, se define en una entrevista con El País publicada el domingo 11 como “liberal” pero solo en lo político y “antiliberal” en lo económico, como si fueran mundos aparte. Y en el Partido Nacional, promotor histórico de las libertades, la palabra “liberal” ni siquiera se menciona.

Es lógico. Cuando las credenciales salen de los cajones, algunas palabras se escabullen y dejan de formar parte del lenguaje político o solo se utilizan para agredir. Quizá la principal sea “impuestos” o “recorte”, pero dentro de ese grupo también se encuentra “liberal” o, peor todavía, “neoliberal”.

Lo importante en los tiempos electorales suelen ser las seguridades y no la incertidumbre que genera sacarse de encima las cadenas. Los candidatos, en especial los que tienen posibilidades reales de ser presidente, priorizan entonces las propuestas y los discursos que no impliquen ningún tipo de locura aventurada para los ciudadanos promedio.

Libre también implica despojado y no hay nada más atado a las estructuras —en especial estatales, pero no solamente— que el uruguayo típico. Primero hay que entenderlo para luego poder ser presidente. Quizá por eso en la campaña se impone lo políticamente correcto. Los sobresaltos o golpes de efecto son mínimos, y se juega al que cometa menos errores dentro de esa disputa por el centro. Por más liberales que sean los líderes políticos en disputa, se guardan sus opiniones para otros momentos porque saben que la verdad los puede perjudicar.

Los librepensadores nunca logran mayorías en un país tan arraigado al promedio, o si lo hacen es simplemente por una casualidad de la historia o porque supieron esconder sus ideas durante un tiempo. Lo que muestra la historia es el constante triunfo del Estado no en su faceta imprescindible, sino en su rol de padre protector y decisor de todas las cosas.

Por eso no parece haber grandes diferencias de fondo en las propuestas de los distintos partidos y casi todas ellas se disputan en el tramo final de la campaña el centro del electorado, aquel que algunos llaman batllista y otros tradicional o estatista. El batllismo no es ni colorado, ni blanco ni frenteamplista, es una forma de ser uruguayo y está muy lejos de perder vigencia.  

La libertad suele asustar a los dignos representantes de la penillanura levemente ondulada. Y llevada al extremo hasta horroriza. Todos la defienden, pero muy pocos la sienten. Hasta la división entre izquierda y derecha es irrelevante en este caso. Porque de un lado dicen luchar por la libertad pero la defienden solo en lo económico y del otro solo se acuerdan de ella cuando la pierden. Y por supuesto que todos se escandalizan cuando se vulnera la libertad de expresión, salvo que sean ellos los atacados. Ahí pasa a no ser tan importante.

Por cada emprendedor que decide transitar su camino con absoluta independencia y pensar con cabeza propia, hay miles que se abrazan a los beneficios de pertenecer a la idiosincrasia de una oficina pública. Esos, los últimos, son los que terminan definiendo las elecciones. No en base a profundas diferencias ideológicas ni a disyuntivas relacionadas con la libertad, la seguridad y la igualdad. Si se tiene en cuenta la historia, y en especial la reciente, lo que realmente genera cambios de gobierno es la situación económica. Una economía en crecimiento y un desempleo bajo son el mayor aliado a un triunfo oficialista. Los opositores suelen imponerse cuando ocurre lo contrario.

  Por eso hoy la oposición es favorita y se pueden producir cambios a partir del 1º de marzo de 2020. Pero no serán demasiados. La negociación necesaria por la falta de mayorías parlamentarias llevará al camino del medio, lejos de reformas profundas y mucho más de revoluciones.

La sorpresa puede llegar a ser la alta votación que obtenga el general retirado Guido Manini Ríos, que pasó de ser comandante en jefe del Ejército a candidato presidencial. Pero de cambio no tiene nada. Y mucho menos de liberal, en el real sentido de la palabra. Los ejércitos son inclusive más antiguos y mucho más conservadores que los estados. Con eso está todo dicho.

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