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    jueves 20 de junio de 2024

    Uruguay: ¿un país caro?

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    Sr. Director:

    “La gente que dice que no se puede hacer no debería interrumpir a aquellos que lo están haciendo” (Thomás Alva Edison).

    Se dice que se vive en un país caro. Se observa el precio en dólares de los servicios, vehículos, combustibles y de otros bienes muebles o de uso y se compara lo que valen acá y en otros países de la región y extrarregionales, se constata que, dejando de lado la coyuntura cambiaria, somos caros.

    ¿Será porque somos chicos, porque somos pocos, porque no tenemos petróleo?

    ¿Por qué somos caros?, miremos el mundo…

    Por similitudes geográficas, poblacionales y productivas, Uruguay siempre ha tenido de ejemplo lo que sucede en Nueva Zelanda (NZ). En virtud de ello, destacados técnicos de aquel país, desde hace mucho tiempo, visitan el nuestro y nos proponen diferentes soluciones para nuestra agropecuaria, ya que, como ellos, también es la base de la producción. En su momento, se llegaron incluso a adoptar algunas de las recomendaciones sugeridas, no adoptándose nunca propuestas más de fondo e integrales que dieran el marco estratégico necesario para la adopción del “modelo neozelandés”, tal como se le conoció en su momento.

    ¿Por qué fallaron las estrategias para implantar ese modelo? Sea cual sea la estrategia con la cual se va a gobernar, se requiere del vehículo capaz de implementar el mayor potencial productivo del país. El vehículo que implanta la estrategia del gobierno es la estructura estatal y ahí es donde quizás se encuentren las razones de un “Uruguay caro”.

    Se necesita un Estado liviano, ágil, un Estado moderno. Entonces miremos lo que ya ha hecho NZ, que ha sido exitosa en lo que respecta a la reforma estatal.

    Donald Hunn, exdirector de la Comisión de Servicios Estatales de Nueva Zelanda, dijo: “Todos nosotros, en todos los países, nos veremos obligados a sufrir estas nuevas presiones y estas nuevas formas de enfrentar el desarrollo económico. De nuestra experiencia en Nueva Zelanda, por lo menos a partir del año 1995, concluimos que si alguien no quiere acelerar el paso, si no quiere cambiar, si no le gusta el nuevo ambiente del sector empresarial público, es mejor que se retire. Respecto de los cambios que hemos efectuado en el sector público de nuestro país, algunos se lograron por medio de la reducción del tamaño de la Administración Federal Central: en cuatro años pasamos de 88.000 funcionarios que había en 1994, a 32.000. Parte de esta reducción se produjo no solo por la necesidad de reducir costos, sino también a raíz de que toda una generación de servidores públicos —de edades que fluctuaban entre 45 y 60 años— se jubiló. En efecto, el perfil de nuestros funcionarios ha cambiado drásticamente. Antes era normal llegar a los 60 años en el servicio público. Eso desapareció, ahora los trabajadores y los gerentes son más jóvenes, vivimos en un mundo nuevo que tal vez no sea del gusto de todos, pero si queremos triunfar en él debemos aceptarlo y asumir las nuevas formas de mirar y de hacer las cosas” (“Directivos públicos para un Estado moderno”, página 35, Dirección y Gerencia Pública, Gestión para el cambio, diciembre de 1998, Santiago de Chile, Dolmen Ediciones).

    En una segunda ponencia (Diseño y conducción de la reforma del Estado, el caso de Nueva Zelanda, página 145) Donald Hunn destaca: “Me referiré ahora a algunos puntos prácticos. El primero es la velocidad del cambio. Yo antes era un gradualista, por lo que mi primera reacción ante los cambios realizados en mi país en los años 1994-1995 fue pensar que eran una locura, que el gobierno no podía esperar que los sectores públicos cambiaran con tal rapidez dada la magnitud y extensión de las reformas que proponía. Pero yo estaba equivocado; después de un año hicimos una encuesta y, para mi sorpresa, los funcionarios opinaron que debía acelerarse más el proceso. Existe una poderosa razón para no dilatar los cambios más allá de lo indispensable: estos generan incertidumbre y es necesario entregar certidumbre lo más luego posible. Además, todo cambio debe enfrentar resistencias, debe vencer la inercia y la oposición con la que siempre se enfrenta; esto constituye otra poderosa razón para acelerar el proceso, especialmente en la primera etapa, en el momento de crear nuevas estructuras”.

    Para concluir, de esta misma ponencia de Donald Hunn: “Normalmente las políticas de reducción del tamaño del Estado implican reducción de personal; y es uno de los aspectos más difíciles del proceso de cambios y requiere de una especial atención. Desde luego, se deben considerar los aspectos legales del empleo y la relación con los sindicatos, diferentes en cada país. Sin embargo, por muy duros que resulten estos ajustes a veces son necesarios para el bien futuro del país y de la ciudadanía. En NZ tratamos de atenuar todo lo posible las medidas de reducción del personal mediante jubilaciones anticipadas, pagos extraordinarios —de hasta un año de sueldo—, cursos de capacitación, consejerías, ayuda para encontrar otros trabajos y otra iniciativas. Estas medidas son caras, nos costaron 1 billón y medio de dólares, suma muy alta para nosotros; pero el gobierno consideró este desembolso como una inversión, tanto para el futuro del país como para preservar un buen ambiente dentro de la organización, pues como también los funcionarios que se quedan se sienten mal se producen sentimientos de culpa al pensar por qué le tocó perder el trabajo a tal o cual compañero, un buen funcionario que llevaba tantos años trabajando en la organización”.

    Si se comparan las cifras de empleados públicos en NZ y en Uruguay, con todos los “peros” que explican esas diferencias, igual es una de las razones de “ser más caros”.

    Un Estado más ágil, con menos empleados ayuda mucho a bajar los “costos país”, a ser menos caro.

    También al reformar el Estado el cambio recrea toda la economía. “En lugar de considerar los puestos de trabajo como una cantidad fija que debe ser protegida y aumentada, el Estado debe fomentar el cambio económico recreando continuamente la economía del Estado (Donald Hicks, de la Universidad de Texas, que estudió la vida media de las empresas tejanas, citado por Kelly, Kevin, 1998, Nuevas reglas para la nueva economía, Barcelona, Ediciones Granica S.A.).

    “Irónicamente, la estabilidad a largo plazo solo se puede conseguir promoviendo el flujo (fuerza creativa de destrucción y génesis). Cuando se inhibe el flujo de las cosas, se van produciendo las muertes lentas” (Donald Hicks, op. cit.). Este autor comparó lo que ocurrió entre los años 1980 y 1995 entre la Unión Europea y EE.UU. Europa protegió 12 millones de puestos de trabajo gubernamentales y en el proceso de estancamiento perdió 5 millones de puestos de trabajo en el sector privado. Estados Unidos fomentó el flujo, se perdieron 44 millones de puestos “viejos” pero se generaron 73 millones de nuevos puestos de trabajo, con un beneficio neto de 29 millones de nuevos puestos de trabajo (Donald Hicks, op. cit.).

    Nos oponemos a concebir el desarrollo como un logro nacional deliberado. Este es la consecuencia neutral de la acción humana individual en procura de objetivos independientes. La libertad no puede ser tratada como un conjunto de compartimentos estancos, sino que la libertad política y económica deben transitar en forma paralela, ya que la democracia es ante todo un Estado de derecho que debe ser preservado y que no es lo mismo que el Estado, al que no alcanza con reducirlo en tamaño, sino en roles y reglas que gobiernan la economía y la vida en general y que redundan en menores costos para todos.

    La historia ha probado repetidamente que, mientras más libre es la gente, también es más responsable. Nada desarrolla tanto la fibra moral de la gente como la libertad. También se sabe que no es posible decretar o legislar el desarrollo. Por lo que se debe separar el gobierno del Estado, lo político de lo administrativo, que el servicio público no sea un medio clientelista por el cual los políticos recompensan a escala masiva a quienes los respaldan y asumen sus nombramientos como oportunidades para los negocios y el lucro.

    Bajar “costos país” consiste en un asalto sistemático e integral a la multitud de mecanismos mediante los cuales el poder asigna oportunidades e inviste a determinados individuos y grupos de derechos que excluyen al resto de la sociedad reemplazar una forma de corporativismo, mercantilismo de Estado, privilegio y transferencia de riqueza entre diferentes sectores.

    Existen casos contemporáneos de reformas exitosas, de países en los que se hizo el esfuerzo de avanzar a grandes zancadas en la misión de abolir el privilegio. El caso ya comentado de NZ es uno de ellos. NZ a partir del año 30 había sido uno de los pioneros del llamado “Estado de bienestar”, que asistía a las personas desde la cuna hasta la tumba. El peso del Estado era tan asfixiante que entre la década de los 50 y la de los 80 el crecimiento de ese país fue la mitad de lo que crecieron los demás países de la OCDE, organización de la cual el país participaba. He aquí un buen ejemplo a seguir para dejar de ser un país caro.

    Rafael Rubio

    CI 1.267.677-8