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    Embajador Gustavo Magariños (I)

    Desde hace cierto tiempo tenía la idea, que iba a concretar esta semana, de dirigir una carta ácidamente crítica sobre la inadmisible y mamarrachesca ley que autoriza la venta de marihuana en las farmacias. Pero el fallecimiento del destacadísimo basquetbolista y brillante diplomático Gustavo Magariños, ocurrida el viernes 17, me lleva a postergar mi catilinaria contra esta insólita ley, propia de gente de muy pocas ideas, pero extravagantes y nefastas, cuando las tienen.

    Gustavo Magariños —“el flaco”, como se lo conoció desde muchacho en su queridísimo club Trouville—, era el decano de este club que tanto ha aportado a la mejor historia del básquetbol uruguayo. Basta con decir, en tal sentido, que es el que registra mayor cantidad de jugadores que han vestido la celeste en campeonatos internacionales oficiales. A saber: Eduardo Cassarino, “Pencho” De Pena, Ruben Ubal, Jorge Zerbino, Jorge Mendiondo, el propio Magariños, Martín “Macoco” Acosta y Lara —un fenómeno sensacional—, Carlos “Lito” González, Carlos Blixen —“el Inglés”, otro crack estupendo—, Daniel Wenzel, Jorge Caresani y Joaquín Izquibejeres y Carlos Miraldi. Trece jugadores, en total. Ningún otro club se aproxima a esa marca. Ni siquiera Sporting, cuna de varios excelentes jugadores, con el formidable Héctor “Guanaco” Costa al frente.

    Pero vuelvo a Magariños. En 1938, la FUBB realiza el primer Campeonato Federal de Menores, que Trouville ganó invicto —por goleada casi todos los partidos—, con “el flaco” de capitán. Tenía entonces 14 años de edad. Esta victoria apabullante no fue el fruto de la casualidad. Es que Trouville tuvo de DT a Héctor López Reboledo, el mejor técnico uruguayo de todos los tiempos, mientras que en los otros equipos fungían como tales unos buenos señores que no eran técnicos, sino entusiastas hinchas o dirigentes de cada club.

    En 1941 Magariños fue ascendido al plantel superior y rápidamente se ganó la titularidad en el primer equipo, así como su capitanato. Ya era entonces una estrella ascendente, más que una promesa, al punto de que al año siguiente —1942— pasó a integrar la selección nacional.

    Con esta fue campeón sudamericano en Lima, en 1943, lauro que volvió a obtener en Río de Janeiro en 1947. Y vistió por última vez la celeste, con la que también había sido vicecampeón sudamericano en Ecuador, en 1945, en 1948, en los Juegos Olímpicos de Londres, en los que Uruguay se clasificó quinto.

    Y vuelvo a su sobresaliente actuación en Trouville siempre bajó la dirección técnica de López Reboledo —quien dirigió a los rojos de Pocitos desde 1932 hasta 1953 —otro récord inigualado, en el mundo entero—, en 1943 se consolida el estrellato del formidable goleador “Macoco” Acosta y Lara, quien secundado en primer lugar por Magariños y también por Alberto Langlade —otro gran jugador Jorge Mendiondo y el veterano Ruben Ubal, ya conforman un gran equipo.

    Luego, a partir de 1944, se suceden los triunfos resonantes y brillantes, siempre con “el flaco” de capitán. Cerebral e innovador, al punto de que fue el primer jugador uruguayo que picaba con ambas manos, Trouville gana en dicho año el Campeonato Invierno y se ubica segundo —a un punto de Peñarol— en un Campeonato Federal que sin duda debió ganar. Me explico.

    En ese año Trouville ganó dos sucesivos certámenes en Buenos Aires, simultáneamente con la disputa del Campeonato Federal. Para lograrlo —créase o no— dejó una parte de su plantel en Montevideo y otra en la vecina orilla, mientras Magariños, “Macoco” y Néstor Antón —otra estrella ascendente, que pronto sería titular del seleccionado— viajaban día por medio de una a otra orilla. Este esfuerzo desmedido provocó el lógico cansancio de sus tres estrellas, lo que determinó la pérdida del Federal, el cual se obtuvo brillantemente en 1945, con el siguiente plantel.

    Magariños, “Macoco”, Antón, Mendiondo, Carlos Miraldi, Roberto Berro, Carlos “Lito” González —un quinceañero que ya demostró dotes de gran encestador—, Jorge Zerbino y Emilio Carrió, entre otros. Langlade había debido retirarse, joven aún, porque al recibirse de profesor de Educación Física, por una absurda disposición se le consideró profesional.

    A principios del año siguiente —1946— se disputó en Mercedes un Campeonato Nacional y Trouville, por ser el equipo ganador del Federal, representó a Montevideo y por supuesto, ganó cómodamente tal certamen, siempre capitaneado por “el flaco”.

    En ese año, así como en 1947, ausentes “Macoco” —que había pedido pase a Peñarol— y Langlade, Trouville sigue siendo un equipo destacado pero ya no puede aspirar a campeonar. Mucho más, cuando al año siguiente —1948— se retiran Mendiondo y Magariños, quien tuvo su canto del cisne en los ya recordados juegos olímpicos de Londres, en 1948 cuando solo tenía 24 años de edad. Consideró del caso colgar los botines, por dos razones.

    En primer lugar, era taquígrafo del Senado, por cuya causa, a menudo, coincidiendo el horario de los partidos con el de las largas sesiones que solían prolongarse hasta la medianoche, debía contar con la complicidad de sus jerarcas para fugarse del Palacio e ir a dictar cátedra a las canchas de básquetbol.

    Además, Gustavo Magariños era un hombre muy inteligente, con amplias inquietudes intelectuales volcadas en estudios dificultados por largas horas de prácticas y partidos, además de sus ausencias del país, cuando vestía la celeste. En consecuencia, decidió optar por sus estudios, pues como basquetbolista ya había triunfado con creces.

    Principió dichos estudios, a nivel universitario, en la Facultad de Ingeniería, pero pronto los abandonó, al convencerse de que su vocación no iba por el lado de las matemáticas sino por el de las letras. Por consiguiente, se inscribió en la Facultad de Humanidades —creada por ley en 1945—, cuyo decano era nada menos que el Maestro Carlos Vaz Ferreira, de quien conservaban gratos recuerdos.

    Sucedido este por otro príncipe de la inteligencia, el eminente Justino Jiménez de Aréchaga, tuvo con éste un trato más frecuente, siendo muchas las anécdotas que de esa relación volcaba en una conversación interesantísimas, tales como las que en los últimos años mantuvimos en la remozada sede de Trouville, en asados bien regados, donde compartíamos su mesa con Manolo Gil, Pepe Ponce de León, Jaime Cateura, Carlitos Reinante, Marcelo Sasson, Jorge Bartesaghi y hasta, en una oportunidad, Alejandro Végh Villegas.

    Fue el primer egresado de la Facultad de Humanidades, allá por 1952, como licenciado en Letras —o Literatura— y con una brillante tesis sobre la obra del poeta romano Ovidio.

    Data de aquel entonces —1951 o 1952—, su ingreso a la carrera diplomática, en la cual a poco andar, demostró dotes extraordinarias. En efecto, ya en 1953 integró una delegación de la Cancillería que viajó a Rusia y a los demás países ubicados —por desgracia para sus pueblos— tras la Cortina de Hierro—, a fin de concretar acuerdos comerciales con sus gobiernos.

    Magariños, de apenas 29 años de edad y recién ingresado al Ministerio, viajaba prácticamente en calidad de “pinche”. O casi de amanuense. Sin embargo, al leer algunos memorandos redactados por los negociadores uruguayos, se atrevió a formular algunas agudas observaciones y sugerencias, que sorprendieron muy gratamente a sus superiores, quienes lo creían casi ignaro —o un principiante— en las arduas cuestiones del comercio internacional.

    Pero la sorpresa no quedó solo en tal. Sus sugerencias fueron atendidas —en general— y además (de esto último no estoy muy seguro) se le incorporó al equipo de negociadores, obteniéndose, en los distintos países visitados, resultados harto superiores a los esperados. Todo ello constó en el informe elevado al ministro de la época y dio como resultado que Magariños fuera ascendido de inmediato y asignado al departamento o dirección competente en materia de comercio exterior.

    En las mismas siguió destacándose singularmente, dentro y fuera del país, lo que valió nuevos y merecidos ascensos, siendo ya conocido como uno de los jóvenes diplomáticos de más brillante futuro.

    A tal punto era así, que con apenas 35 años de edad, en 1959 fue designado subdirector general de la naciente Alalc y, pocos años más tarde, en director general, cargo en el que se desempeñó —creo— hasta que la ineficiente Alalc —no por su culpa sino por la torpeza y el egoísmo de casi todos los gobiernos latinoamericanos—, llevó a que fuera sustituida por la Aladi, que tampoco casi nada ha aportado a una efectiva integración económica de las naciones latinoamericanas.

    Y del Mercosur mejor no hablar.

    A esa altura, alrededor de 1970, Gustavo Magariños ya había ganado —por méritos bien acreditados— el rango de Embajador, con apenas 45 o 46 años de edad. Todo un récord. No vamos, para no abusar de la paciencia de los lectores ni del espacio de Búsqueda, a citar todas las embajadas que desempeñó, pero sí la de Buenos Aires, que le tocó ocupar en los siniestros tiempos en que los militares argentinos se habían adueñado de un poder irrestricto y criminal.

    En suma, su trayectoria diplomática fue un ejemplo de eficiencia, de profesionalidad y de dignidad, volcadas siempre sin estruendo ni alharacas —como debe hacerlo un diplomático cabal—, en beneficio del país. Justo es que lo sepan quienes solo lo conocieron como un brillante jugador de básquetbol: Roberto Lovera —el gran capitán de las selecciones celestes, que tantas jornadas triunfales compartió con él—, entre ellos.

    El 31 de diciembre había cumplido 91 años, vividos todos con éxito y con gran amor a su país. Su ejemplo magnífico no debiera ser olvidado.

    Gonzalo Aguirre Ramírez

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