De todos modos, no sé si hay una realidad tan biunívoca de que con una mejor situación económica gana el gobierno; también importan el candidato y su propuesta.
—¿Las promesas de campaña incumplidas inciden en el voto? Este gobierno generó ciertas expectativas que…
—… Gobiernos de todos los colores no siempre cumplieron las promesas electorales y en algunos casos el partido fue reelecto. No sé si hay tanta rendición de cuentas y tanta memoria. No creo.
—¿El votante valora la baja de la inflación?
—Eso sí pega en el bolsillo y se percibe. La inflación es el impuesto que castiga a los más pobres, es regresivo y no tiene sanción parlamentaria, lo que todos sabemos.
—Ese, según usted, es un logro. ¿Qué dice sobre la gestión fiscal?
—Fue interesante el derrotero que se siguió. Primero, con una institucionalidad que no es perfecta pero es mucho mejor que la que teníamos y que es parecida a la que propuso (Danilo) Astori en 2005 y el Parlamento no votó. Se puede mejorar; de hecho, hay un trabajo de la Academia de Economía con Gabriel Oddone y todo un equipo de varias universidades que habla de fiscalidad y ciclo presupuestal y propone una regla un poco distinta. En su momento, cuando era candidata a ser ministra, se la llevamos a (Azucena) Arbeleche, la miró y dijo que tenía otras ideas.
Esa institucionalidad, con un Consejo Fiscal Asesor totalmente independiente que saca las tarjetas amarillas o naranjas y advierte “Cuidado, es año electoral, ojo con las tentaciones”, es fundamental.
Lo otro que se vio es que la microcirugía no es despreciable. Siempre se decía que era imposible lograr mejoras fiscales sin grandes recortes, porque el gasto público es muy rígido, bla, bla… Se demostró que se podía ir cortando.
—Algunos analistas señalan que lo que hubo, en realidad, fue una represión transitoria del gasto y no un ajuste estructural. ¿No fue así, según usted?
—Algo de eso hay, pero también es cierto que ahora el ciclo cambió, los salarios están creciendo y se sigue cumpliendo la regla fiscal. Si algo nos caracteriza desde 1830 a la fecha es la indisciplina fiscal. ¡En la Guerra Grande llegamos a hipotecar el Cuartel de Bomberos! Con todos sus matices —que déficit estructural, que déficit coyuntural—, haber cumplido la regla cuatro años es un logro; este es un año clave para ver qué pasa. Que se puede hacer mucho más dura y sostenible la regla, ¡por supuesto!
Haber logrado llevar la inflación al rango meta es, también, un logro; hay que separar la paja del trigo.
—En paralelo a todo esto está la discusión sobre el atraso cambiario. ¿Cómo lo ve usted?
—Es un tema que en la Academia de Economía vuelve un día y al otro de nuevo. Tuvimos conversaciones privadas con directivos de bancos, con las AFAP, con autoridades del Banco Central, para entender. No ha habido un cambio de portafolio, un carry trade que explique el atraso cambiario; todo indica que Uruguay quedó de moda, más en una región inestable, y hay una inversión extranjera directa muy fuerte —no solo grandes capitales— que ha hecho caer el precio del dólar. Y no está claro que haya una política deliberada de contención del tipo de cambio para contener la inflación, al menos en los análisis que hicimos. Sí es cierto que Uruguay está caro, pero no solo por el dólar. Está caro porque, cuando rascás, hay una ineficiencia, hay una transferencia de ingresos de un sector a otro, hay una burocracia excesiva, hay una regulación que no entendés para qué está. Y es un mercado chico y oligopolizado, y todo eso juega.
Por otro lado, si hubiera un superávit fiscal se podría intervenir para sostener el dólar.
—El diagnóstico referido al costo país se escucha desde hace años. ¿Se hizo algo en este período sobre estos aspectos que pesan sobre el sector privado?
—Muy poco. ¿Se acuerda que la inflación se había disparado y se hicieron análisis sobre costos asociados a las importaciones y se bajaron algunos del Latu? Fue puntual, bien como es en Uruguay…
Si vos no cambiás la matriz de costos… Cualquiera que quiera hacer un negocio, una inversión, enfrenta todo un andamiaje de costos indirectos, como la regulación laboral, que agrega costos. No se ven, no están en la góndola del supermercado, pero están en la trama de regulaciones del Uruguay. Un montón de tributos que se pagan porque fueron en su momento un provento para una oficina pública y ahí quedaron. Años atrás hubo un tornado y se creó un impuesto a las frutas y verduras y ahí quedó, por los siglos de los siglos. ¡Uruguay es así, está en la coyuntura! La solución no es atacando lo puntual sino el todo, el costo país.
—En la campaña de 2019 los socios de la coalición multicolor proponían actuar sobre ese costo y “aflojar la cincha” al sector privado. ¿Por qué cree que no se logran cambios significativos?
—Había un estudio del Banco Mundial de hace muchos años que decía que, considerando a todos los funcionarios públicos —gobierno central, intendencias, empresas públicas—, aproximadamente el 65% o el 70% de las familias uruguayas de alguna manera estaban vinculadas a esos ingresos. ¿Entonces quién le pone el cascabel al gato? Todo el esfuerzo que hizo (el entonces director de la Oficina de Servicio Civil) Conrado Ramos para racionalizar toda la parte del gobierno central, fundamentalmente. Lo cierto es que tenemos unos 100.000 funcionarios públicos más de los que deberíamos tener. ¿Quién se anima? ¿Qué se ha hecho? No hay que cubrir vacantes y hay que empezar a achicar en serio la plantilla de funcionarios.
Tenemos una población que cada vez es menos —aunque la migración algo balancea—, que en parte son pasivos, niños e informales, y por otro lado están los empleados públicos, que de alguna manera son ciudadanos de primera respecto a los beneficios que tenemos los privados. ¿Qué te queda para sostener todo ese circo? Queda un pobre sector privado que lleva sobre los hombros el peso enorme de la sociedad. ¡Eso no se arregla con un tres por uno (de vacantes de funcionarios cubiertas) sino despidiendo personas! A la uruguaya, no a lo (Javier) Milei; con plazos, transición y reubicaciones. De otro modo, el costo (país) seguirá siendo alto, no hay manera.
—¿La esperanzan las propuestas programáticas que se escuchan en la actual campaña?
—Uruguay es siempre más de lo mismo. Ya probaron todos los partidos políticos y todos, más o menos, fueron lo mismo: un poquito más libertad, un poquito más dirigismo. Muy uruguayo, muy en el centro. No estamos nunca en una crisis espantosa y tampoco despegamos. Habría que llegar a un acuerdo social mínimo en algunos temas; una idea de Carlos Steneri es que a Uruguay tal vez le falte alinearse detrás de un nuevo paradigma, que puede ser bajar la pobreza infantil, duplicar el crecimiento potencial, pasar a tener calificación “AAA” u otro, algo que nos una y trascienda los períodos de gobierno, como cuando nos unimos para que retornara la democracia. A Uruguay le hace falta una clase política más estadista que política, que mire menos el corto plazo pensando en ganar la elección.
—¿Se avanzó en materia de inserción externa, otro asunto crucial relacionado con la competitividad y el largo plazo?
—Hubo un antes y un después de (Omar) Paganini y el subsecretario (Nicolás) Albertoni en la Cancillería en materia de impulso. Ese equipo se come la cancha… Por lo menos en el discurso, cambió radicalmente; que lo logremos o no es otra cosa. ¿No ha logrado mucho? Es cierto. Pero es importante no bajar los brazos diciendo: “No podemos hacer nada, el Mercosur no nos deja, estamos atados de manos”. Ese es un discurso que hemos escuchado desde hace muchísimos años; es otro (el de la actual Cancillería).
—¿Se perdió tiempo al no haber tenido desde el principio del período una Cancillería más activa?
—Es posible, sí. En el CPTPP (Acuerdo Transpacífico), por ejemplo, desde que lo anunció el presidente Lacalle Pou hasta que se mandó la carta (pidiendo la adhesión) pasó muchísimo tiempo. Y en estos temas, no hacer es hacer, porque todos los demás están haciendo. Ahora están Costa Rica y Uruguay en la lista ¡Ojalá! Por lo menos siento que los esfuerzos se están haciendo. Algo tiene que pasar.
—Como liberal, ¿está conforme con lo que hizo el gobierno?
—Y… uno siempre quiere más libertad, más mercado, más iniciativa privada, cosas más al hueso. Pero, claro, desde mi posición es muy fácil decirlo. Le doy mucha importancia a un poquito de avance sobre las libertades, como se vio con el Covid, y replegar un poquito a papá Estado, a ver si nos despertamos un poco.
Economía
2024-04-24T16:37:00
2024-04-24T16:37:00