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    lunes 17 de junio de 2024

    Ana Ribeiro, subsecretaria del MEC, está abocada a temas de patrimonio, archivos y a la presidencia de Unesco en Uruguay

    Alejada de la reforma educativa, piensa regresar a la historia y la escritura

    Es historiadora, académica, docente, escritora, pero desde 2020 es la subsecretaria del Ministerio de Educación y Cultura, un cargo que ha mantenido con perfil bajo y que asumió a pedido de Jorge Larrañaga, a quien comenzó a asesorar en temas de educación desde 2009. “Él me tenía una fe ciega y me hacía sentir que me precisaba y que era necesaria. Pero también asumí el cargo porque uno no puede estar siempre en la comodidad de un archivo”, le dice a Búsqueda en su despacho de la calle Reconquista. Allí, con un hermoso cuadro de Clever Lara detrás de su escritorio, fotos de Jorge Luis Borges y la vista a la rambla por delante, se ha ocupado de tareas diversas, algunas vinculadas a su especialidad, la historia, los archivos y los museos, pero también a otras relacionadas a la Comisión Nacional de Unesco en Uruguay, que preside, que la llevaron a recorrer el país (ver recuadro Ruta de Unesco...). Preside además la Comisión de Patrimonio y atiende comisiones de temas tan inesperados como la de asuntos ecuestres, por la que logró conseguir un pasaporte único equino con respaldo internacional, que el país no tenía. “Estas son tareas que no dan votos”, dice en varios momentos de la entrevista. “Me ocupo de hacer mis tareas más que darlas a conocer”, agrega. Hija de un bandoneonista que tocó en el casino de Rivera, recuerda a su padre cuando limpia el instrumento que le perteneció. “Lo limpio y lloro. Cuando lo hago se van todos de casa. Es como si él estuviera allí”, dice. Otro de sus orgullos fue haber apoyado el Proyecto Bandoneón llevado adelante por la Fundación Cienarte, que recibió el fondo más grande de la Unesco (100.000 dólares) y enseñó a más de 60 niños a tocar el instrumento gracias a un manual del maestro Raúl Jaurena, que murió poco después de recibir el fondo. Sobre su labor en el MEC y su futuro alejado de la política, Ribeiro mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.

    —Desde afuera, su cargo de subsecretaria parece algo desdibujado. ¿Es así en todos los ministerios?

    —Para cualquier ministerio el subsecretario es la persona que sustituye al ministro cuando no puede estar en funciones. Otras tareas específicas quedan a determinar por cada relación entre ministro y subsecretario. No es que tenga una función asignada. Yo tendí hacia los temas que tenían que ver con archivo, con museos y con historia. Lo hice naturalmente porque es mi trabajo, porque tengo la expertise y también el gusto de ocuparme de estas cosas. También me asignaron otras tareas o las fui procurando sola. En todo caso, elegí un perfil muy bajo. No tengo redes ni voy a estar en una campaña política, por lo tanto, no hago la cobertura que de pronto para otras acciones se hace.

    —Antes de asumir, me visitó en casa gente del archivo y su anterior director, el músico Rubén Olivera, para hablarme del archivo. Capaz que porque mi padre era bandoneonista y mi hermano mayor (fue) músico profesional (ambos están fallecidos) el tema de la música me importa muchísimo. Entonces, de las primeras cosas que hice fue ir a visitar el archivo. Me encontré con que estaba funcionando en dos apartamentos en la calle Ponce: uno pequeñito de Secundaria y el otro alquilado por el MEC. Para quienes allí trabajaban era un logro que el archivo existiera y estaban conformes con el lugar. Pero acondicionaban los materiales en la mesada de la cocina y me pareció que no podía estar allí. Comencé a trabajar y hablé con Valentín Trujillo (director de la Biblioteca Nacional), quien me mostró una sala del segundo piso que estaba atiborrada de materiales, pero él me dijo que iban a pedir presupuesto para acondicionarla y para que tuviera luz natural. Los dos investigadores, que son jóvenes, al principio tenían natural desconfianza. Entonces los llevé y les mostré metros y metros de armarios metálicos con control de temperatura para conservar los materiales. Pasaron a estar en un ámbito académico con la mejor hemeroteca del país, con todo el acervo de la biblioteca y con sus investigadores para conversar. De verdad que es un archivo del primer mundo, se multiplicó el espacio y se pudieron recibir otros archivos para los que no teníamos lugar como el de Zitarrosa o el de Renée Pietrafesa. La familia Ayestarán estaba especialmente emocionada cuando lo abrimos. A su frente está el maestro Julio Frade.

    —Con motivo del centenario de Adela Reta se hizo una muestra en el Auditorio del Sodre en su mayoría con el archivo familiar porque en el Estado se había conservado muy poco. ¿Sigue siendo un problema mantener este tipo de documentos?

    —Si tenés buenos lugares para conservar, las familias te traen los archivos. Si se cuida, la gente dona y la memoria no se pierde. También es cierto que los archivos son el hilo débil del Estado, cuando hay premuras, se corta por ahí. Su mantenimiento es un problema en general, como sucedía con el Archivo Judicial. Es un archivo de dimensiones inmensas, ubicado en una antigua envasadora de refrescos en la calle San Martín. El techo se llovía y cuando fui a verlo los documentos más antiguos del país estaban cubiertos con nailon. Pivel Devoto había decidido que todos los archivos judiciales del país se concentraran allí, y estaban en riesgo. Alicia Casas, quien dirigió con su mano férrea y muy disciplinada el archivo, había dejado votada una dotación de dinero para solucionarlo. Cuando llegó la pandemia hubo que trabajar mucho para salvar ese dinero. Logramos que se entendiera que era imprescindible, que estaba en riesgo la memoria del país, incluso había riesgo para sus empleados por derrumbes. Se hicieron más de 3.000 metros de techo, ahora ya se pintó todo y se está haciendo la instalación eléctrica y se proyecta una sala de conservación. Pensamos que el año próximo podremos mostrarlo. El Museo del Carnaval, que tiene una de las salas más populares y visitadas de Montevideo, también fue renovado. Pocos saben que arriba de la preciosa sala de exhibición de trajes está el archivo del Carnaval, que también se llovía. El agua caía sobre las partituras y los trajes, entonces cambiamos el techo, aunque no pudimos hacerlo por completo. Ahora hay un archivo donde los estudiosos del carnaval pueden ir. La tarea académica, dirigida por Milita Alfaro y un equipo de la Udelar, ha recibido por segunda vez un fondo de Unesco. Dirás que Ana se ha encargado de los techos, y sí, me encargué en el primer año, pero en materia de archivos duermo bastante tranquila. Por lo menos no se llueven. Estas son cosas que no dan votos, pero al país le da seguridad en sus instituciones y respeto por la memoria.

    —Los temas patrimoniales suelen provocar polémica. ¿Se necesita una nueva ley?

    —La ley ya fue elaborada en la Comisión de Patrimonio y está en el Parlamento. Por sobre todas las cosas incluye un estímulo a las empresas privadas para la conservación patrimonial a cambio de beneficios directos del Estado. Ese es un primer paso importante, el patrimonio debe dejar de verse como algo carísimo de mantener que se visita con mirada nostálgica una vez al año para corroborar cuánto ha avanzado el deterioro. Eso no tiene sentido. Uno de los espíritus que anidan en la ley es reconocer que el patrimonio cultural puede tener rédito y vitalidad económica por sí mismo. Lo otro es la protección del patrimonio subacuático, una vieja demanda que Unesco tiene con Uruguay. La ley quiere terminar con los problemas legales que hemos tenido en los últimos años, en los que el primero que descubre un bien que está debajo del mar se lo lleva. Se quiere pasar al concepto de que todo lo que está testimoniando tiempo es un bien cultural y como bien debe tratarse. Eso está en el proyecto de ley.

    —La sociedad civil se ha organizado para protestar por la demolición de edificios. ¿Se puede lograr un equilibrio entre conservación y transformación de la ciudad?

    —Es siempre un dilema muy grande. Obviamente que preservar en buenas condiciones les da a las ciudades un valor extra, pero preservar requiere dinero y compromiso de los particulares y del Estado. Eso cuesta hacerlo. Por otra parte, tampoco podés inmovilizar las ciudades. Hay que saber separar el valor patrimonial que requiere el manto de protección de la mera nostalgia por un lugar que no querés que cambie porque si cambia es una medida cruda del pasaje del tiempo para ti mismo. A veces se debe permitir que el progreso avance y otras se debe detener. Eso requiere siempre un norte muy claro, con un proyecto urbanístico global y un compromiso cultural grande de la población para la preservación. Creo que no lo estamos teniendo mucho, y hablo de Montevideo porque reúne más antigüedad y también más deterioro. Si vas al interior, es distinto. En estos últimos años, recorrí el interior y vi restauraciones y recuperaciones importantes. No hay ciudad capital que no tenga sus teatros recuperados, incluso en las pequeñas localidades hay un lugar bonito para actividades y representaciones. La Comisión de Patrimonio ataja los goles como puede. Nuclea a varios especialistas y asesora, pero no tiene un brazo ejecutor con recursos propios que le permita afrontar todos los problemas de deterioro. Salvamos esto, asesoramos aquí, colaboramos con las intendencias, con los vecinos, pero tendría que estar dotada de muchos recursos para no permitir que se caigan algunas glorias que se están cayendo.

    —¿Tuvo alguna participación en la reforma educativa que se está implementando?

    (Hace una pausa). La reforma era un proyecto de muy larga data de Pablo da Silveira, es su reforma y la está llevando adelante junto con Robert Silva. No tuve participación y no tengo nada que decir sobre esto.

    —Más allá de esta reforma, ¿por qué es tan difícil llegar a acuerdos en educación?

    —Hubo un momento que se hizo un acuerdo de todos los partidos que vieron que la educación estaba en riesgo y que era imprescindible que todos apoyaran. Ese momento fue muy bueno, pero pasó y, lamentablemente, se volvió a fracturar. La educación precisa que constantemente se esté reformando. Ninguna reforma va a durar para siempre. Cada cinco años se multiplica el doble el saber que la humanidad ha venido acumulando. Entonces, ¿cómo no se van a tener que estar haciendo reformas permanentes si todo queda viejo en el momento de instrumentarse como nuevo? Los suecos fueron los primeros en llevar las computadoras al aula y ahora son los primeros en sacarlas. Hay que estar atentos a las experiencias didácticas en el mundo y tener la flexibilidad para el cambio constante. Pero no nos podemos equivocar en el rumbo general, y lo que no se puede dejar de hacer es darle a la educación el lugar que se merece, que es el de la preocupación. Ahora, que hay preocupaciones que podrían llevarse mejor y podría haber un diálogo es cierto. Pero creo que lo que no se ha conseguido del todo es un voto de confianza de unas partes respecto de las otras. Ese recelo con que unas partes y otras se miran, que sin duda debe provenir de un fondo de politización, es malo. Tendríamos que tener la oreja siempre cerca de la madre que sale a trabajar contrarreloj, que confía en el sistema educativo por lo que va a hacer con la vida de sus hijos y que además necesita que le solucione su día laboral. Tenemos que tener una gran generosidad y un compromiso colectivo muy grande. No digo que no lo tengamos, digo que podría ser mejor del que tenemos.

    —En los últimos tiempos ha dicho que no va a seguir en política. ¿Es por una situación de orfandad después de que murió Larrañaga?

    —Lo que tengo claro es que, el día que haya que votar, lo voy a hacer por la candidatura que mi partido elija. Y voy a seguir participando en actividades del partido, en la parte cultural, en la parte histórica. Todos saben que cuentan siempre conmigo. Lo que no creo que vuelva a hacer es ocupar un cargo ni a hacer nada por volver a ocuparlo. Hay algo biológico muy simple, tengo 67 años, es un montón.

    —Pero en este país 67 años no es un montón para la política… 

    —No es eso. Tengo un tiempo vital por delante y proyectos intelectuales todavía para cumplir, incluso personales con mi entorno familiar. No fue la mía una vida militante, este cargo fue la excepción. Voy a volver a lo otro, a la historia y la escritura. Pero aprendí mucho en este tiempo y lo agradezco profundamente. Lo que aún no sé es qué tipo de historiadora seré si vuelvo a escribir. Ver por dentro una función de gobierno enseña mucho a propósito de la política, del poder y del factor personal en el poder. Es una cosa que siempre mantuve como tesis interpretativa cuando hacía Historia y que pude reforzar mucho al verlo en uno y mil casos. Con mi tesis reafirmada, volveré a mirar a los personajes del pasado.

    —¿Quiere decir que este cargo le dio otra perspectiva o profundidad para mirar la historia?

    —Claro. Antes leía en teoría política a Umberto Eco y su explicación de la “decodificación aberrante”, sobre cómo los mensajes pueden interpretarse de manera diferente. Los políticos pasan a través de los medios de comunicación cantidad de mensajes indirectos, parecen dirigidos hacia determinado público, pero son para otro. Yo lo repetía en mis clases, pero no había terminado de entender del todo lo que era. Ahora lo entendí porque lo vi. Qué sutileza, por Dios. Cuando ves que no era un mensaje para todos sino para algunos, decís, qué filigrana tan compleja. Entonces, vuelvo a interpretar todo otra vez. Un historiador siempre sabe que el pasado se le escurre como agua entre las manos, pero ahora lo entendí mucho mejor. No sé cuánto va a incidir todo esto en lo que vaya a escribir. Pero sé que esa lección la aprendí.

    —A lo mejor termina escribiendo un libro de memorias…

    —No, para nada. Me daría un protagonismo que no he tenido ni quise tener. Dejame escribir sobre las memorias de otros, no las mías.

    —¿Qué quedó del wilsonismo en Alianza Nacional con el apoyo a Laura Raffo y sin Larrañaga?

    —Creo que lo que quedó al morir Larrañaga es una orfandad muy grande y una obligación de redefinir dónde va a estar Alianza sin la cabeza visible y sin el larrañaguismo, el tronco heredero del wilsonismo. Fue mucho perder eso. No pudo mantenerse la unidad, se fracturó en diversas opciones. No entendí que la opción que tomaron Camy y algunos compañeros de Alianza fuera la más pertinente. Hubiera preferido tratar de mantener la unión y sin la elección de un candidato visible, por lo menos en los primeros tiempos. Capaz que lo mío era muy utópico. Sin Jorge era natural que pasara lo que pasó, pero entendí que no era lo correcto. Lo dije en su momento y no lo volveré a repetir porque puede parecer algo personal contra Raffo, y no lo es. Ellos siguen y ojalá les vaya bien. Todos sentimos la misma falta, es una mezcla de orfandad y viudez, de desamparo. Falta muy fuerte el amigo y el hombre que tenía tan clara las cosas en materia de la opción que siempre fue de centroizquierda. No hay que olvidar que el Partido Nacional nació con un espíritu de rebelión constante. Es el partido del llano. Luego hace su aprendizaje, que lo guía muy bien el herrerismo, y se inscribe dentro de un mundo civil como un partido que aprende a dejar las armas de lado y se mete en el espectro político con otro paso. El wilsonismo mantuvo viva esa primera matriz de rebelión permanente y compromiso con las causas sociales porque tuvo cantidad de gente que salió a pelear al descubierto con un caballo flaco. Pero las dos alas son imprescindibles para el partido. Confío en que saldrá una buena candidatura y que seguirá siendo un partido que además de recordar sus viejas glorias guerreras demuestre que puede ser bueno cuando llega al gobierno por las urnas.

    —Fue profesora de Guido Manini Ríos. ¿Cómo lo recuerda?

    —Yo era profesora relativamente joven, unos 36-37 años, y había varios militares en la licenciatura de Historia de la Universidad Católica, que después se discontinuó. Manini ya se mostraba muy interesado por temas artiguistas y su trabajo final para mi materia fue un trabajo sobre Artigas. Era buen alumno, aplicado, serio, circunspecto, monosilábico. Hasta el día de hoy cuando me ve me dice: “Cómo le va, profesora”.

    —¿Qué le dejó este cargo?

    —Una mezcla rara de admiración con desesperación. Admiración por el Estado. Cuando ves el mecanismo pensás: “Qué maquinita, hemos inventado un Rolex, cómo está todo previsto y qué garantías hay en el sistema”. Luego, “qué lento, qué trabajoso. Qué capacidad para darle a cualquiera un destornillador y que decida romper un tornillo y parar la máquina”. Admiración y desesperación. No es solo burocracia, es la cantidad de personas que intervienen. Acá atiendo pensiones graciables. ¿Sabés lo que te pasa en el alma cuando llamás a avisar que le fue concedida a alguien una pensión graciable y te dicen: “Qué pena, murió la semana pasada”? Ahora las tengo al día y nos reunimos a demanda, por eso digo que no es solo burocracia. Mi chacra se llama La Retobada y he logrado hacer algunas cosas, retobada.

    Rutas de Unesco y libros viajeros

    “En Rutas Unesco es posiblemente donde más trabajo”, dice Ribeiro y muestra un mapa de Uruguay con los lugares que Unesco reconoce como patrimoniales. Este programa de la Comisión Nacional de Unesco en Uruguay ganó uno de los fondos y quedó como modelo. “Ahora hay un programa Rutas Unesco inspirado en el nuestro. Los escoceses tienen sus propias rutas que son iguales a las nuestras”. El paisaje patrimonial de Fray Bentos, la iglesia de Dieste en Atlántida, los primeros bañados de Rocha, el valle del Lunarejo son algunos de estos lugares a los que se puede llegar por distintos caminos. “Ahora estamos en medio de una gira nacional por todos los sitios. En cada departamento vamos con técnicos de Unesco, por ejemplo, al geoparque de Flores, y los técnicos explican la explotación económica y el beneficio para la ciudad que lo tiene y administra”.

    Otro de sus trabajos es con la RedPEA (Plan de Escuelas Asociadas), integrada principalmente por escuelas rurales asociadas a la Unesco y a los planes de trabajo que establece como educación para el mundo. En general se asocian maestras que quieren trabajar en esos programas.

    La Unesco asesora y da fondos y enseña a ganar apoyos económicos. “Si mostrás preocupación por un bien que está mal, Unesco te da fondos. Pero, si te ganaste una cocarda y no la cuidás, te la puede sacar, como pasó con los muelles de Liverpool. En medio de la pandemia, fue una alegría haber obtenido la declaración de Patrimonio de la Humanidad para la iglesia de Dieste en Atlántida. Pero nadie se imagina lo que es gestionar. Los vecinos deben ser partícipes”.

    También Ribeiro reparte libros por el país donados por editoriales y particulares. Recibió de la editorial Planeta 14.000 libros nuevos de historia y literatura, a los que se suman más de 6.000 de la vieja biblioteca de la ANP (Administración Nacional de Puertos), de ensayo y literatura, y unos 3.000 donados por la antropóloga Teresa Porzecanski que se enviaron a Tacuarembó y Paysandú por su público universitario. Los 20.000 restantes se repartieron en las 116 bibliotecas públicas del país. También se reparten ejemplares en bibliotecas de cárceles.

    Vida Cultural
    2023-08-31T00:13:00