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    De las escupidas, de los sudores y de las letrinas

    Al entrar a la sala los intérpretes ya están en acción: los personajes comienzan a desplegar sus alas. Ya sabemos que son arquetipos. Marianella Morena, autora y directora de Muñecas de piel, lo ha explicado una y otra vez: condensan rasgos y conductas de decenas de personas involucradas en la Operación Océano. “De la fiscalía al escenario”, dice el texto promocional. Álvaro Armand Ugón y Sofía Lara componen al hombre abusador y la joven menor de edad abusada. Él, de formales pantalón y camisa, apoltronado en un señorial sillón berger orejero, con cara y actitud corporal de suficiencia. Ella, en ropa interior, se prepara para la noche y baila al ritmo de la música electrónica, que suena fuerte. Completa el tríptico la fiscal (Mané Pérez), de semblante agobiado, sumergida en su escritorio tapado por montañas de papeles.

    La ambientación del espacio (de Ivana Domínguez y Mariana Pereira) se concentra en un elemento de alto poder metafórico: agua. La que fluye de dos grandes tanques y llena la bañera en la que se sumergen los protagonistas; la que desborda como una catarata y hace ruido al caer y ser pisada una y otra vez; la que llega sin cesar al escenario durante la hora de duración de la obra; la que lo inunda todo y se enturbia con la tierra esparcida en el suelo; la que empapa las ropas de los tres cuerpos que luchan en escena; la que salpica todo y a todos.

    Pero además de su dimensión simbólica y poética, el agua también es literal, dadas las circunstancias de la muerte de la joven que generó el inicio de esta llamada “megacausa” judicial, por la que hay decenas de hombres formalizados a la espera de juicio. “La dramaturgia reúne testimonios reales, entrevistas a fiscales, Interpol, víctimas, formalizados, documentos legales,  en un marco performativo musical y teatral”, anuncia la promoción. Y en este rubro fue clave la labor investigativa del periodista Antonio Ladra, integrado al equipo creativo del espectáculo.

    El agua es aquí alfa y omega, y junto a las tres notables actuaciones, es la razón por la que la primera media hora de esta obra es una paliza para los sentidos. La escenificación explícita de la violencia que da forma a estos vínculos acorrala al espectador; lo ahoga sin asco. Las imágenes brutales se suceden en forma vertiginosa; no hay tiempo de procesar una que ya se precipitó la siguiente. Morena dirige con mano maestra en esta cuerda; conoce el desborde, sabe jugar con la exacerbación. Nada se va de sus manos, mantiene el pulso, con las pausas justas. No es sencillo moverse en este terreno, y ella lo hizo en Huele a fiera, en Demonios, en Antígona oriental, en Ella sobre ella. La música original, de Maia Castro, colabora en buena forma para alternar atmósferas frenéticas con breves pasajes que dan un respiro, dentro y fuera del cuadrilátero inundado.

    Otro punto a favor, los diálogos superpuestos: mientras el hombre mantiene sexo en forma por demás violenta con la joven, es interrogado por la fiscal; mientras se bañan juntos, responde las requisitorias de la Justicia y también la desafía y la desprecia con sus alardes de poder.

    Con Muñecas de piel ha ocurrido una —por lo menos desde la vuelta a la democracia— inédita judicialización de un espectáculo teatral. Los padres de la joven fallecida presentaron una acción de amparo contra la obra, que fue interpretada por los artistas como una censura previa. Morena ha defendido a capa y espada su creación como “una ficción inspirada en hechos reales” y ha cuestionado con extrañeza que la demanda sea solo contra su obra y no contra las publicaciones en libros y prensa de los pormenores del caso. La Justicia desestimó el reclamo pero ayer miércoles 4 los demandantes apelaron. Más allá de cómo termine el caso en la esfera judicial, no es nada bueno que una obra deba someterse a la lupa de la Justicia.

    Ahora bien, la inclusión de una escena que alude explícitamente al pedido de no usar el nombre de la joven y en la que sus padres aparecen como personajes en escena se contradice con esa intención aludida de trascender el caso concreto para apuntar al arquetipo. A nivel dramatúrgico, el tratamiento del personaje masculino es incluso bastante más unidimensional que el anunciado hombre de buena apariencia, que puede ser un buen padre de familia, un buen compañero de trabajo y después transformarse en un abominable depredador sexual de adolescentes. Esa contradicción (inquietante y atractiva desde la óptica narrativa) no aparece. Lo que vemos en Armand Ugón es una bestia primitiva y desbocada movida únicamente por sus hormonas, sin el menor atisbo de humanidad.

    El pasaje final, más discursivo, en el que se argumenta sobre la calamidad que se está denunciando, resulta un tanto obvio. Está clarísimo desde donde habla Muñecas de piel. Su alegato, a puro teatro, es por demás elocuente. No hace falta explicarlo.

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