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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPor estos días hasta puede olerse la expectativa por la Copa del Mundo de Rusia. A la sobreabundancia de información acerca del apronte final de las selecciones se suman los pronósticos —una zafra cada cuatro años para algunos entendidos en estadística—, compulsas inútiles en las redes, así como análisis que vinculan fútbol y economía. Lo que sigue es un poco más de lo mismo.
Aunque lo que pasa en el rectángulo de pasto depende de lo que hagan allí 22 futbolistas y una terna arbitral, además del público, los resultados deportivos parecen estar influidos por varios factores que anteceden a esos 90 minutos. Una hipótesis bastante extendida es que el tamaño de la población y la riqueza de los países juega. Pero no solo eso.
En su libro Soccernomics, publicado en 2009 junto al periodista deportivo Simon Kuper, el economista inglés Stefan Szymanski sostuvo que el Producto Bruto Interno (PBI) per cápita, la cantidad de habitantes y la experiencia de los planteles son tres de las variables clave para que un combinado nacional tenga éxito en el fútbol moderno. “Uruguay es claramente una excepción dado su notable éxito, pero también lo son Estados Unidos y China por la razón opuesta”, dijo a Búsqueda ese profesor de gestión en deportes de la Universidad de Michigan. “Ningún modelo estadístico basado en solo cuatro factores (PBI, población, experiencia y ventaja del hogar) podría explicar algo tan complejo y detallado como la historia internacional del fútbol. Lo que podemos decir es que, primero, estos factores parecen tener una influencia significativa en promedio y, segundo, que combinados representan alrededor del 30% de la varianza en los resultados. Eso es mucho y dudo que otros cuatro factores puedan explicar tanto, pero aún deja un 70% ‘sin explicación’”, afirmó. Para Szymanski, “claramente la cultura —que es tan multidimensional que sería difícil de reducir a una simple estadística— es el gran factor no incluido, y claramente el fútbol está en el centro de la autoidentificación uruguaya. Sin embargo, hay otros países de los que podría decir lo mismo (Paraguay, México, Noruega, Grecia, etc.), pero no han logrado lo mismo. En economía siempre habrá ‘excepciones a la regla’ y Uruguay notoriamente es uno”.
La siguiente cuenta simple —quizás demasiado— hecha por Búsqueda reafirma la idea de que riqueza y grandes poblaciones no son lo único necesario para tener éxito en el deporte más popular del planeta. Si se combina el PBI per cápita expresado en dólares y la cantidad de habitantes de cada uno de los países (a partir de datos de 2016 recopilados por el Banco Mundial), China se ubica primero, sigue la India, y luego Estados Unidos, Indonesia, Brasil, Pakistán, Nigeria, Bangladesh, la Federación Rusa y México. Salvo el gigante sudamericano, pentacampeón mundial, ninguno de ese top 10 ha sobresalido en el fútbol internacional.
Con cinco años, Didier Yves Drogba Tébily viajó aferrado a su juguete preferido cuando lo pusieron en un avión rumbo a París, a donde una década después fue también su padre, tras haber perdido su trabajo en Costa de Marfil. En su autobiografía recuerda que la pasó mal viviendo en un apartamento chico, frío y ruidoso junto a sus hermanos. “Afortunadamente, mi padre me permitió jugar al fútbol otra vez”, dijo. Y eso le cambió la vida: aquel negrito pobre terminó haciéndose rico jugando gran parte de su carrera en el poderoso Chelsea inglés y hoy, con 40 años, sigue haciendo plata corriendo atrás de una pelota —hasta octubre, cuando se retirará— para un club de la segunda división estadounidense. Su historia no es muy distinta a la de muchísimos futbolistas sudamericanos nacidos en cantegriles, villas y favelas o en entornos no tan críticos pero distantes de cualquier cuna de oro. Los casos paradigmáticos son los de Maradona o Pelé.
El fútbol es de los deportes colectivos más económicos y accesibles; alcanza un descampado, una calle y una pelota (de “cinco medias”, como cantaba el Sabalero). Eso lo hace popular en los barrios pobres. Y quienes logran saltar de allí al profesionalismo suelen llevar en sus piernas y la cabeza una historia de sacrificio, así como una carga de agresividad y coraje. Pero, desde el punto de vista cerebral, la mala alimentación durante la niñez puede limitar su desarrollo cognitivo y la inteligencia al momento de tomar decisiones dentro de una cancha.
Sin embargo, en apariencia, la desigualdad de ingresos en los distintos países no tiene una conexión tan directa con el desempeño deportivo, afirma Patrick Rishe, profesor de Economía en la Webster University de Saint Louis, Estados Unidos. Tres de los 10 con más gloria en el fútbol mundial (Brasil, Uruguay y Colombia) estaban entre los nueve peores participantes del Mundial de 2014 en términos de equidad, si bien Alemania, a la postre el campeón, era de los más igualitarios, publicó en la revista Forbes en vísperas de esa copa.
En la misma línea, si bien existe la idea de que las personas de contexto humilde son, figurativamente, más “hambrientas” que las ricas para pelear por su futuro, los datos muestran que, en general, la gente y los países pobres obtienen peores resultados deportivos que los ricos (Estados Unidos, URSS-Rusia, Reino Unido, Alemania y Francia encabezan un ránking recogido en el libro de Szymanski que tuvo en cuenta los Juegos Olímpicos de invierno y verano, y las copas del mundo de varios deportes); sí es más frecuente que los inmigrantes pobres tengan éxito en economías avanzadas, la historia de Drogba. Pero, como en su caso, ser negro representa una ventaja genética en lo deportivo. Uruguay fue de los primeros en darle cabida a esa raza en los equipos, lo que según algunos investigadores explica, en parte, las glorias “charrúas” de comienzos del siglo XX.
También en términos generales, en los países populosos existen mayores probabilidades de que surjan deportistas destacados. Szymanski y Kuper señalan que las economías ricas son más eficientes al buscar talentosos, entrenarlos y ayudarlos en su desarrollo. Pero eso no es homogéneo, y conforme con encuestas de la FIFA, federaciones como la de Oceanía trabajan muy poco en selecciones juveniles.
Para Rishe, Sudamérica y Europa son, indiscutiblemente, los dos continentes más prominentes en la historia del fútbol, pero por razones distintas. Para los latinos —que viven en sociedades de las más inequitativas del planeta—, porque el fútbol es una vía de escape de la pobreza. Para los europeos, porque este deporte es el más popular de los jugados en equipo y en él se vuelca un montón de dinero para construir estadios, financiar el crecimiento de los futbolistas y retener a los mejores. Mientras, en Estados Unidos, los atletas jóvenes practican otras disciplinas —más lucrativas, como el fútbol americano, el béisbol, el básquetbol o el hockey— si quieren vivir de eso. Allí el soccer sucumbe.
Más allá de los macronúmeros sobre los países —como el PBI por habitante o el tamaño de una población—, parece claro que los presupuestos volcados a este deporte devenido en negocio millonario muchas veces hacen la diferencia. Incluso, en el modesto fútbol local eso es notorio al comparar las vitrinas llenas de copas de Peñarol y Nacional (ganaron, sumados, 75 de los 84 torneos disputados en la era profesional, desde 1932) con los pocos campeonatos conquistados por los llamados equipos chicos.
En 2016 el fútbol uruguayo movió unos US$ 255 millones, lo que equivale a 0,45% del PBI, según una estimación hecha por el economista Diego Traverso en el marco de una investigación de la Universidad de la República (Udelar) para la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Esa cifra, que no tiene en cuenta los ingresos generados por la selección, se desglosa de la siguiente manera: US$ 70 millones por transferencias de jugadores, US$ 50 millones por aportes de los clubes, US$ 35 millones por televisación y US$ 100 millones de “derrame” a otras áreas relaciondas. Los datos fueron adelantados por el programa Tirando Paredes de la emisora 1010 AM; el sociólogo Felipe Arocena, coordinador de la investigación, dijo a Búsqueda que se realizan “ajustes finales” al trabajo para ser difundido en los próximos días. Acotó que hay impactos generados por el fútbol “casi imposible de estimar”, por ejemplo, la visibilidad que logra el país en el exterior y cuánta inversión atrae eso.
Arocena aseguró que en la región prácticamente no hay investigaciones de este tipo, lo que hará difícil evaluar el peso económico del fútbol en Uruguay en términos comparativos.
El estudio, hecho en su mayor parte por sociólogos y psicólogos, busca además determinar el significado y alcance del fútbol en la sociedad uruguaya: cuánta gente lo practica regularmente o está involucrada directa o indirectamente; la asistencia a los estadios, la frecuencia y su perfil socioeconómico; la importancia para las familias; la imagen de las selecciones nacionales, y la percepción de la violencia en los espectáculos.
Diego Lugano, que pasó por clubes “pobres” del interior y “ricos” para el medio uruguayo como Nacional, además de varios equipos del exterior y la selección nacional, explicó muy claro en La Diaria del 3 de marzo la brecha económica entre unos y otros que termina por reflejarse en las canchas: “Cuando llegué de Canelones a Nacional para mí era el Paraíso. El impacto por venir del interior; era todo lujo, todo positivo. Pero analizando el fútbol uruguayo en general, la situación era muy favorable para lo normal. Al poco tiempo igual, como siempre, comenzaron los atrasos de sueldos. Fue la época de la crisis de 2002, que paradójicamente me ayudó a salir más fácil a Brasil. Plaza Colonia era típicamente del interior, las mismas condiciones que hoy tienen los equipos uruguayos. (…) Las canchas eran duras como el cemento, el agua caliente en invierno era casualidad, y la sala de musculación era un aparato solo, un fierro torcido. Condiciones parecidas no vi en ningún lado, y no solo conocí los países sino las diferentes categorías; en Brasil —acá al lado— no tenés idea de la infraestructura de los clubes, lo avanzado que están respecto de nosotros, al mejor nivel de los equipos de Europa. Turquía, unas comodidades bárbaras para que el profesional se desarrolle. Francia ni que hablar, Inglaterra ni que hablar. España tal vez de todos el menos, pero nada se equipara a Uruguay, porque ellos parten del principio, la lógica, de que cuantas más comodidades hay para el profesional mejor resultado y mejor evolución, mejor venta de los derechos, y así se va armando el círculo que vas alimentando desde hacer las cosas con coherencia y con intención de crecer”.
Según la encuesta hecha por los académicos de la Udelar para la AUF, el fútbol es “bastante” o “muy” importante en su vida para el 44% de los uruguayos, frente a 40% que dice eso mismo respecto de la política.
Pero cuánto incide en los resultados de los partidos de fútbol la importancia —o, emocionalmente, la pasión— que se le asigna al deporte, tanto por parte de quien lo practica como de aquellos que alientan desde las tribunas, es difícil de determinar. Lo cierto es que muchos rivales han destacado la “garra” de los uruguayos como un atributo por la intensidad y entrega que le ponen al juego, una característica que, a nivel de selecciones, ha ido mutando bajo el largo proceso del maestro Óscar Tabárez.
En el caso de los hinchas, una medida del grado de “pasión” puede darla qué tan dispuestos están a pagar una entrada al estadio para acompañar a su equipo, si bien es cierto que inciden aspectos como el precio del ticket en términos del ingreso de las personas (y su sustituto, el costo del acceso a la televisación) o las comodidades y seguridad en los escenarios. Los números de venta de entradas por habitante no deja del todo bien parado a Uruguay: con datos de 2014 referidos exclusivamente a los torneos locales, el cálculo realizado por Búsqueda dio 0,2 boletos por uruguayo al año, frente a 0,53 de los alemanes, 0,57 de los ingleses y 0,54 de los españoles. En Estados Unidos se vendió 0,06 entrada, por persona, mientras en la India, que lanzó su Superliga ese año, fue apenas 0,02.
Pero lo que sugieren esas estadísticas es desafiado por el fanatismo que actualmente muestran los uruguayos buscando llenar un álbum de figuritas o por ganar una encuesta digital organizada por la FIFA sobre los mejores equipos en los Mundiales. Después de una serie de cruces entre selecciones, Uruguay del 2010 perdió con Uruguay de 1950 en la final, informó el organismo el domingo 20. El relativamente bajo tuiteo global (menos de 25.000 en cada cruce) facilitó las cosas a los uruguayos.
Según Joshua Nadel, profesor asistente de historia sobre América Latina y el Caribe en la North Carolina Central University, en términos de lo que una Copa del Mundo significa, para las sociedades y las culturas latinas es una “inmensa cantidad de orgullo nacional”. De hecho, los triunfos futbolísticos han sido utilizados para mostrarles a los europeos que ellos no son superiores y como un signo de desarrollo de sus países. Con el Mundial de Brasil de hace cuatro años, Nadel publicó el libro Fútbol: Why soccer matters in Latin America?
La Tota Lugano comparte ese enfoque. “En Uruguay la cultura del fútbol está arraigada como en ninguna parte del mundo. Yo jugué en OFI (Organización del Fútbol del Interior), fui campeón con mi equipo en Canelones, capaz que ni cuando salí campeón con San Pablo estuve tan contento. Te lo digo en serio: debuté marcando a Wilmar Cabrera, que jugaba en Cerrillos, yo tenía un cagazo que ni marcando a Ronaldo, vomité los fideos del mediodía; tenía 17 años. El fútbol fue utilizado a principios de siglo como argumento para generar una actitud nacionalista que antes no teníamos. Antes éramos la Banda Oriental; cuando les empezamos a ganar a los porteños empezamos a ser Uruguay”. Por no hablar de cuánto marcó, a varias generaciones, hasta hoy, el “Maracanazo” de 1950.
Resultados de partidos en Mundiales recientes, o también la última eliminatoria sudamericana, evidencian una mayor paridad deportiva que en décadas pasadas. Los campeonatos se han hecho más competitivos, si bien se sigue hablando de favoritos. A los que hoy mencionan casi todos (Brasil, Alemania, Francia, España) Tabárez suma a Bélgica, porque dice que tiene jugadores en etapa de crecimiento y militando en grandes ligas. E Islandia “merece atención... Y a partir de ahora nosotros ya no podremos quejarnos de que somos pocos o un país chiquito: ellos tienen 300.000 habitantes y mire lo que han hecho”, declaró, volviendo al asunto del principio de este artículo, en La Nación del 8 de enero.
Respecto a Uruguay, el maestro ha cuestionado a aquellos que ven una fase de grupos fácil con el anfitrión, Egipto y Arabia Saudita, más allá de que le da tranquilidad que en Rusia 2018 tendrá a mano jugadores con características técnicas para poder atender los dos “aspectos fundamentales del fútbol, la estrategia de defensa y la de ataque”.
Para Nadel, las diferencias entre los futbolistas de los dos continentes con más gloria se han reducido. Es que si bien los latinos tendían a aprender el deporte de manera menos estructurada (lo que los llevaba a adquirir un set de habilidades de improvisación más tempranamente), ahora, crecientemente, empiezan a entrenar antes que en el pasado. Otra razón es que, al emigrar a las ligas europeas, terminan practicando estilos más “híbridos” que luego contagian a sus selecciones; Lionel Messi, que hizo toda su carrera en Barcelona, es un ejemplo claro.
Son otros tiempos en el fútbol. “En mi época planteábamos los partidos en función del contrario, sin derecho a producir ideas, sin libertad. Esa forma de ver el juego duró hasta el año 2000. Ahora los jugadores son más libres y más responsables. (…) Los jugadores deciden cuándo acelerar, cuándo contemporizar, dónde y cómo defienden. (…) Mi definición de táctica moderna es orden en defensa y caos en ataque. Los equipos que son capaces de hacer esto salen a ganar. El Barça, la selección española y los otros equipos españoles han cambiado de mentalidad”, analizó el alemán Paul Braitner, campeón del mundo en 1974 y jugador del Real Madrid, el 20 de marzo en El País madrileño. En los 60, en los 70 “no ganaban nada”, apuntó.
Para él, van 10 o 12 años “en la misma línea: todo el que quiera ganar algo importante debe jugar al fútbol que practica el Barça y la selección española. A eso le puedes añadir la mentalidad alemana, la inglesa o la francesa. Pero la única fórmula de verdadero éxito es esa. Hace 10 años, ahora y en la próxima década”.
Fabián Coito, exjugador y entrenador de la selección de Uruguay en la categoría Sub-20, dijo a Búsqueda que pretender seguir en Uruguay los modelos del Barcelona o el Real Madrid es un camino “muy largo y dificultoso porque, ahí sí, el poderío económico y la población influye enormemente en el porqué existen esos fenómenos” desde el punto de vista deportivo y del negocio.
Algunas de las investigaciones que aparecen en las semanas previas a los Mundiales apuntan a pronosticar el campeón. Los economistas sacan humo de las planillas del Excel y arriesgan un vaticinio. En su negocio, las casas de apuestas hacen lo suyo.
Por ejemplo, en 2014, previo a la Copa de Brasil, Andrés Ramírez Hassan, un profesor del Departamento de Economía de la Universidad Eafit en Bogotá y un estudiante de doctorado de la Universidad Federal de Río de Janeiro hicieron una simulación combinando resultados históricos de enfrentamientos previos y datos de las casas de apuestas, que ya incluyen las probabilidades. Su modelo daba a la selección anfitriona la mayor chance de ganar el torneo (19,95%), frente a 14,68% de Alemania —finalmente, el campeón—, Argentina con 12,05% y España con 6,20%. La verdeamarela de Dani Alves, Marcelo y Neymar Jr. dio lástima, la albiceleste de Messi fue vice y la roja ni siquiera pasó la fase de grupos. Ramírez Hassan dijo a Búsqueda que no tuvo tiempo para actualizar el estudio de cara a Rusia.
Como hacen en cada Mundial, los analistas del área de gestión de patrimonios del banco suizo UBS asignaron probabilidades a cada selección. Para Rusia 2018 Alemania es el favorito (24%), seguido por Brasil (19,8%) y España (16,1%), según el estudio difundido el jueves 17. A Uruguay le dieron una chance de 1,8%, lo mismo que a Suiza y México, pero más que al dueño de casa (1,6%). Calcularon una probabilidad de 1,6% para una ficticia participación de Italia —en lugar de Suecia— como un “tributo” a los azzurri que quedaron afuera.
Cuatro años atrás UBS había predicho que Brasil se sacaría la espina de 1950 y alzaría la copa en el estadio de Maracaná. Eso no ocurrió, aunque sí acertó al señalar a Argentina como uno de los finalistas. Con el fútbol, la lógica de los números no siempre funciona.